UNA MIRADA AL FONDO by Esther Bajo

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A  José Luis Estrada, que hizo del amor –no sólo hacia su familia, sino hacia el ser humano, cuyos desatinos y debilidades conoció mejor que nadie- la filosofía de su vida; una vida de lucidez y generosidad.

 

Como escribió Simone de Beauvoir después de morir su madre, la muerte es algo tan brutal e imprevisto como un motor que de repente se detiene en el aire.

Vivimos un tiempo en el que el dolor está mal visto. De hecho, lo primero que suele hacer una persona que pierde a su ser amado, es tomar un somnífero, un ansiolítico, un antidepresivo o cualquier otra droga que le impida sufrir. Se pasa el duelo así, drogado, como si se tratara de un dolor reumático o una ciática.

Otras veces, los psicólogos hacen el trabajo de esas drogas. De hecho, cuando hay una catástrofe, en el contingente que se envía para paliar el desastre, siempre hay un equipo de psicólogos. Un avión se ha estrellado y ha muerto toda tu familia; un terremoto ha dejado a tus hijos sepultados bajo los escombros de tu casa; una inundación se ha llevado por delante a tus padres… y allí están los psicólogos para ayudarte a superarlo. Ésa es la expresión: superarlo.  Esta palabra, que viene del latín superare, significa literalmente sobrepasar: de superus, lo que está arriba; así que supongo que los psicólogos lo que quieren es que las víctimas se vengan arriba, lo que es un desprecio irracional de lo que está abajo, en el fondo, y es que ahondar en las cosas es la única forma de conocerlas; ahondar en nuestros sentimientos, la única forma de conocernos.

Personalmente,  no he rehuído mi propio dolor, sino que he ahondado en él, no sólo para conocerme a mí misma, sino para reconocerme en la persona amada, porque en ese amor estoy yo y en este dolor está también él, la persona por la que me duelo, pues el dolor es tan parte de uno como la alegría (no sabríamos siquiera lo que es la alegría, si no conociéramos el dolor), y él tan parte de mí como yo de él. Buceando allí, en lo profundo, en las aguas oscuras del dolor, se puede salir a flote con la alegría intacta; no la alegría de la pose, la risa forzada y los filtros. La alegría que se exhibe en las redes sociales es tan falaz como el dolor de una plañidera. Hablo de la verdadera alegría, que no es otra sino la de estar vivo; no en vano la palabra proviene de la latina laetitia, que se refiere a lo que se mueve de manera vivaz, lo que está animado, con alma.

Además de al dolor y al combate -el reto a la muerte- duelo se llama al tiempo que sigue a la muerte de un ser amado, una circunstancia muy estudiada. Si se abre un buscador y se pone la palabra duelo aparecerán cientos, si no miles, de páginas, todas de psicología, porque el duelo es tratado como una enfermedad o un trastorno. Hay incluso un algoritmo para identificar el tipo de duelo y decidir el tratamiento. Y es que, al parecer, hay muchas clases de duelo: el anticipado, el agudo, el tardío, el latente… También hay fases, aunque en esto no se han debido de poner muy de acuerdo los psicólogos porque algunos especialistas señalan cuatro, otros cinco y otros hasta siete. Y cada fase, claro, tiene un tiempo asignado.

Cuando murió mi amado, acudí a un psicólogo para que me diera algunas pautas de cómo abordar tal tragedia ante mis hijas y durante toda la entrevista, estuve llorando. Entonces él me dijo algo así como: veo que le quería usted muchísimo, pero no se preocupe porque este dolor dentro de un año o, como mucho dos, ya habrá desaparecido por completo. Sin embargo y en mi opinión –y experiencia personal- el duelo no termina, porque no termina la ausencia que lo causa. Lo cual, desde luego, no es incompatible con el amor a la vida o a otras personas, porque el dolor no es melancolía, no es abatimiento: es, muy al contrario, un sentimiento activo, abrasador a veces, pero siempre un motor.

No, no creo que haya fases, tiempos ni recetas para el duelo. El duelo no tiene fin, como no lo tiene el amor, aunque el objeto de ese amor haya muerto. No hay cura para lo que no tiene remedio; ya lo dice una canción de Leonard Cohen, “There ain’t no cure for love”; del mismo modo, cuando pierdes a tus padres puedes seguir con tu vida, pero siempre serás y te sentirás huérfana.

No pasa, porque todo queda: somos lo que pasa, somos lo que nos falta; somos ese ser, hecho de innumerables seres, que ha vivido hasta el instante que acaba de morir, hasta este segundo que ya se ha ido. Y no es ésta una idea deprimente; lo sería más, en mi opinión, pensar que nacemos a cada instante, que hacemos tabla rasa a cada paso que damos. Nuestra vida es una continuidad, no sólo de nuestras experiencias, sino de las de los demás, al igual que lo es tanto del amor que damos como del que recibimos.  Como dijo el filósofo franco-argelino Jacques Derrida, “el ser de lo que somos es, ante todo, herencia».

No sé quién lo diría en primer lugar –creo que parte de la frase de Ghandi de que debemos vivir como si no fuéramos a morir nunca-, pero está muy extendido ese lema de que hay que vivir como si fuéramos a morir mañana. Yo creo más bien que hay que vivir como si las personas a las que amamos fueran a morir mañana.

 

 

Esther Bajo


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