sábado, julio 18 2026

EL JUGADOR by Daniel Cuñarro Bango

     Cuando David entra en casa ni Laura ni las niñas han llegado todavía. Revisa el salón y las habitaciones para asegurarse y la única que sale a recibirle es Numa. David la acaricia y la gata se frota contra sus pantalones. Cuelga la americana en el respaldo de la silla y se afloja el nudo de la corbata antes de entrar en su cuarto. Levanta la persiana y abre las cortinas para encontrar la claridad que necesita. Busca la caja de madera en su lado del armario, detrás de la ropa de invierno. La saca con delicadeza y se acomoda en la cama. La caja tiene cuatro  agujeros en cada lateral y está cerrada por un candado que él mismo instaló. Lo abre y al levantar la tapa le asalta el temor de costumbre: descubrir que el hombrecillo haya muerto. Pero no, todavía vive y permanece sentado en la esquina donde lo dejó atado con una brida. El hombrecillo mide menos de un palmo y lo mira con desafío. No ha probado la comida y el tapón de agua se ha derramado. Numa salta encima de la cama.

     —¡Numa! —dice David. Pero la gata se limita a observar al hombrecillo —. Necesito más.

     Lo tienes. Las palabras flotan en la mente de David. Es capaz de leerlas como si tuviera un sistema informático en el cerebro. Sobre la cama aparecen fajos de billetes de cincuenta euros porque en el Casino es lo único que admiten. Hay tantos que Numa sale huyendo.

     —¡Para, para! —dice David. Si Laura apareciese en ese momento sería incapaz de darla una explicación razonable. Cierra la caja para evitar una travesura de Numa y guarda el dinero en la bolsa del gimnasio, entre la ropa y la toalla. Hay suficiente para saldar la deuda y volver a jugar si lo desea. Pero no quiere hacerlo. No volverá a jugar nunca más. Se lo ha jurado a sí mismo. Deja la bolsa en el suelo y se encara al hombrecillo consciente de lo que va a ocurrir.

     Lo prometiste dice el hombrecillo. Prometiste liberarme. Y David le hace la misma promesa de siempre.

     —Una última vez y te suelto.

     El hombrecillo habla en un idioma desconocido y David devuelve la caja al fondo del armario. La cubre con dos jerséis y se cuelga la bolsa del hombro. Regresa al salón, se aprieta el nudo de la corbata y se pone la americana. Escribe a Laura un mensaje para avisarla de que pasará la tarde en el gimnasio. Laura contesta que en media hora llegará a casa.

     —Perfecto —dice David. Baja a la cochera y conduce hasta el Casino. Hace tiempo que tiene plaza de aparcamiento reservada y el vigilante se apresura a abrirle la puerta. David coge la bolsa y saluda a los porteros y a la joven de la taquilla. Pero en lugar de marchar en dirección a las salas de juego gira a la izquierda, hacia un pasillo de paredes acristaladas. En el otro extremo está Mat, el guardaespaldas del señor Valencia. Permanece apostado frente a la puerta que David conoce demasiado bien.

     —Buenas tardes caballero —dice Mat. Y la cortesía y la amabilidad que demuestra chocan contra el tamaño de sus músculos.

     —Hola Mat. ¿Podrías decirle al señor Valencia que estoy aquí?

     —Por supuesto.

     Mat desaparece al otro lado de la puerta y David revisa el teléfono móvil. Laura y las niñas ya tienen que estar en casa y a punto de merendar.

     —El señor Valencia le está esperando —dice Mat.

     —Gracias —dice Raúl. Mat le sostiene la puerta para que pueda pasar y la cierra a sus espaldas. El señor Valencia abandona el sillón en el que estaba sentado y se acerca a David con una mano extendida.

     —Me alegro de verle —dice el señor Valencia.

     —Traigo… —Pero el señor Valencia le interrumpe con un gesto.

     —No se preocupe por eso —dice —. Estamos a punto de empezar una partida, así que si desea unirse a nosotros aún está a tiempo.

     No, piensa David. No lo haré.

     —Arrancamos con quinientos —dice el señor Valencia —. A lo grande. —Y sonríe como si le estuviera ofreciendo un pacto, como si la última frase tuviese la virtud de convertir a David en un héroe o en un cobarde. Y David acepta el trato, por supuesto que lo hace. El señor Valencia le conduce al salón privado y David se deja guiar. Hay cuatro jugadores sentados alrededor de la mesa, todos fumando y bebiendo. David no reconoce a ninguno y nadie le saluda. Pero a una señal del señor Valencia mueven las sillas para hacerle sitio. David deja la bolsa de deporte a sus pies y se siente ridículo por llevarla. Kate, la camarera, le sirve un Jack Daniel´s porque sabe que es lo único que bebe. David le da las gracias y la habitual propina de cincuenta euros.

     —Bien —dice el señor Valencia. Y reparte las cartas en silencio.

     Dos horas y cuatro Jack Daniel´s más tarde David regresa al coche y arranca el motor. Y a pesar de que su cuerpo se encarga de conducir su mente continúa sentada en la mesa de juego, mirando las cartas y sopesando las cantidades que puede apostar. Porque lo ha perdido todo. Incluso el dinero que llevaba para saldar la deuda anterior. El señor Valencia le recordó con amabilidad y cortesía la cifra a deber y le invitó a volver siempre que lo deseara. Solo Mat, al acompañarle hasta la salida, le apoyó una mano en la nuca para decirle que si no pagaba pronto le sacaría todos los huesos de sus fundas. Incluso ahora, mientras conduce en dirección a casa, persiste el dolor que la presión de esos dedos le dejaron en la base del cráneo. Comprueba en el teléfono móvil que tiene cuatro llamadas de Laura y sin dejar de conducir la escribe un mensaje: Me lié con la gente del gym. Laura contesta con una adorable línea de corazones rojos. No está enfadada y para David es todo un alivio. Conduce despacio para que su organismo tenga tiempo de asimilar el alcohol y la magnitud de la pérdida. Por supuesto que el hombrecillo hará su magia y liquidará la deuda, pero lo que de verdad le preocupa es su mala suerte. Cada carta que recibió era peor que la anterior. Da una vuelta más a la manzana y acaba metiendo el coche en el garaje porque no puede demorarse más. Sube a casa por las escaleras y al escuchar las risas de sus hijas se olvida del desastre. Abre la puerta y las niñas se abalanzan sobre él entre chillidos. Incluso Numa se une a la fiesta.

     —Atón atón —dice Cathy. David no sabe lo que quiere decir porque la niña tiene dos años y sus balbuceos significan cualquier cosa. Las besa y cuando Laura sale de la cocina se abrazan.

     —Apestas a alcohol —dice Laura.

     —Lo siento —dice David —. Fuimos a tomar algo y el tiempo se me echó encima.

     —Atón atón —dice Cathy.

     —Claro que sí cariño —dice David. Y Cathy corretea hacia su habitación.

     —¿Y la mochila? —dice Laura. David se da cuenta de su error y finge sorpresa.

     —¡Mierda! —dice —. Se me olvidó en el coche. —Resopla como si la idea de ir a buscarla fuese una monstruosidad —¿Te importa si la subo mañana?

     —Apestará.

     —Te prometo que pongo la lavadora. —David la besa en los labios y va a cambiarse de ropa. Observa el armario y se imagina al hombrecillo acurrucado en el rincón, a oscuras y sujeto por la brida. Recuerda que no rellenó el tapón de agua, pero ahora es tarde para hacerlo. Con Laura y las niñas en casa es impensable intentarlo. Vuelve al salón y Cathy le coge de la mano para guiarlo hasta su habitación.

     —Atón atón —dice Cathy. Mira bajo la cama y en el cajón de juguetes —. Atón atón. —David la levanta en brazos y da vueltas con ella. La niña ríe a carcajadas y Natalia se une a ellos. Incluso David hace girar a Numa. Laura no tarda en decirles que la cena está lista y los tres corren hacia la cocina.

     —Eso es dar ejemplo —dice Laura. Pero sonríe mientras habla.

     —Mirad a Numa—dice Natalia. Señala a la gata con el dedo porque está agazapada en la puerta de la cocina, mirando en dirección al pasillo en lugar de estar pendiente de sus manos. Atón atón. David se levanta con tanta brusquedad que consigue sobresaltar a sus hijas.

     —¿Qué? —dice Laura. David no espera a oír nada más y abandona la cocina. Numa huye de sus pies y David no descubre nada en el suelo. Atón atón. Va a la habitación y abre el armario sin importarle que su esposa y sus hijas le estén mirando como si se hubiera vuelto loco. Arroja la ropa de invierno al suelo y no hace caso de las protestas de Laura. La caja está abierta y con el candado roto.

     Atón atón. Porque es el hombrecillo quien habla a David, quien crea palabras en su cabeza como si fueran pensamientos. Se le aflojan las piernas y cae de rodillas. Laura acude en su auxilio y no parece sorprendida de ver la caja.

     —Es la cajita del ratón —dice Natalia. Pero David ya no escucha a su hija. Solo piensa en Mat, el guardaespaldas del señor Valencia, que le sacará todos los huesos de sus fundas porque la magia ha dejado de existir y su suerte no vale más que el fondo de una caja vacía.

FIN.


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