sábado, junio 13 2026

Chite de Santiago Angarita

Lo que más me asusta de las migraciones es el riesgo biológico, esas enfermedades a los que inmigrantes son inmunes, pero que para los nativos significan el mayor suplicio jamás experimentado. Ocurrió en la conquista de américa y en los viajes de épicos relatados por los navegantes de antaño. Pestes, pandemias incontrolables cercenando la vida de un millar de almas. En algunas ocasiones, como es mi caso, suele preferirse la muerte antes que afrontar la enfermedad, la conciencia de estar siendo consumido por una fuerza de nefastos orígenes solo hace que la carga se torne más pesada. Porque no es gripa, ni un sarpullido estacionario, puedo asegurar que incluso soportaría de buen gusto otras enfermedades, como la diabetes o la urticaria. Al menos uno conserva la humanidad, la razón y la pureza. La pureza, es un concepto que suele ponerse en contraposición en casos como el mío. ¿Quién ha dictaminado que el humano es la única especie capaz de ostentar cierto grado de dignidad? Y es que en este pequeño terruño nadie jamás imaginó poder quedar a merced de los deseos de la carne, de las caricias de rutina y amarrado a una estaca en algún patio trasero. Para darle sentido a este monologo multiforme, es necesario retroceder hasta el día que una negligencia gubernamental, me posicionó en el limbo. No soy ni la bestia ni el humano. No logro infundir terror, ni mucho menos cariño. Soy un ser melancólico mal trajeado y desgarbado. Eso no cambiara, hasta que logre encarar la muerte con valentía o regresar al regazo de mí siempre fiel María Clara.

No llevaba más de dos meses enseñando en una pequeña escuela rural del corregimiento de La Unción. El caserío humilde estaba sumergido en un letargo atemporal, aislado por condiciones geográficas, de difícil acceso y con pocos recursos. Estaba siempre embebido por una niebla austera y el clima era impredecible, exageradas precipitaciones, indómitos soles y la promesa de una primavera nunca vista. El terreno árido era surcado por una vieja carrilera, abandonada al oxido, de cuando el viejo ferrocarril del Valle rugía con vitalidad. La escuelita era el lugar del pueblo que más sufría a causa de la neblina. Quedaba ubicada en la cúspide de una alta loma y además de esto suponer gran esfuerzo para los niños de la vereda, hacía que en las mañanas la neblina abrazara la cima, otorgándole el aspecto de un camposanto o un volcán dormido. Yo trabajaba allí como profesor de inglés, había sido nombrado en el cargo gracias a las conexiones que mi padre aun mantenía con la política local. Ganaba lo necesario para sobrellevar mi vida de soltero filántropo y el poder hacer mi vida lejos de la aplastante urbe, me hacía sentir un hombre afortunado. Los días se pasaban entre largas lecturas, borracheras en chozas de tabla y vuelos controlados de la mano de María Clara. Comprobé que no podía establecer una relación formal en un lugar como ese y menos con una colega, el tedio y la falta de sorpresa acabarían por sumergirnos en una marisma de toxicidad, baja autoestima y desórdenes mentales, sin embargo, María Clara y yo no nos cansábamos de intentarlo.

Los dueños del caserío eran una pequeña familia de origen extranjero, alemanes del este, si mal no recuerdo. Habían llegado al país en busca de una nueva promesa de redención y se enamoraron de la diversidad, desfachatez e ironía de sus habitantes. Construyeron una hermosa casa cerca de la junta de acción comunal y vivían de lo que sus hijos les enviaban de su tierra natal. Los viejos eran simpáticos, en algunas ocasiones hablábamos en inglés, como para no perder la costumbre y me deleitaban con sus cantos en lengua madre, leyendas sobre seres míticos de gran poder, que portaban en sus pisadas la fuerza los primeros elementales. Solía ir con María Clara a la casona, el amable señor Eigner, quien bebía soda la mayor parte del día, aprobaba mi compleja relación, alegaba que una buena mujer era aquella que te proporcionaba estabilidad. Jamás supe a qué se refería, uno tiende a evitar las rutinas, a rechazarlas por su naturaleza gris; según el señor Eigner la rutina era la base de la lucidez y la mujer la piedra angular, la que creaba los rituales y se atenía a ellos con devoción.
Los únicos días en que me abstraía de saludar a los simpáticos extranjeros, era cuando recibían visitas de sus familiares, por lo general fríos seres de facciones gruesas y mal mirar. Había uno que me generaba más aversión que los otros, tenía el pelo rubio hasta la espalda y la barba tupida. Le decían Klaue y aparentemente era sobrino de la señora Eigner. No era solo su semblante lo que me generaba desconfianza, los días en los que solía visitar, la actividad de los paracos aumentaba y se encontraban siempre cuerpos cercenados en las riveras de la quebrada. La Unción, cuenta con un pequeño puesto de policía liderado por un joven teniente. La edificación es tres veces más pequeña que la escuela rural y no cuentan con un detective. No es que se necesite con tan pocos habitantes, pero la naturaleza de la alejada población se prestaba para albergar delincuentes de la peor calaña, como ese tal Klaue.
—Vos le tenés envidia, Pedro, pura y física envidia—decía María Clara siempre que le comentaba mis sospechas sobre el barbado alemán.
—A mí me parece muy raro que justo cuando el viene de visita a los paras se les dé por picar gente y tirarla a la quebrada. Además ¿no viste las fotos que estaban rodando por las redes? Eso parece que lo hubiera devorado un animal.
—Estas paranoico, yo más bien creo que lo que pasa es que le has cogido tanto cariño a esos viejos que te molesta que otros roben la atención que crees propia.

Tal vez era cierto lo que decía, tal vez estaba transfiriendo sentimientos hacia seres de otra época, ajenos a mi genoma y a mi patria. Por un tiempo logré controlar mi odio hacia Klaue, pero unas vacaciones después de regresar de visitar a mi familia, me entere que ascendían a siete, el número de personas que tuvieron que ser evacuadas del pueblo por una extraña enfermedad. Algunos de ellos fueron remitidos a clínicas de Cali y los de menos gravedad fueron enviados al casco urbano de Palmira. No pude evitar pensar que era el alemán quien había traído la enfermedad al pueblo. María Clara ya no escuchaba mis paranoias y lo defendía con recelo, diciendo que yo no era quien para juzgar a alguien por su imagen y que debía controlar mi actitud xenofóbica, que esos no eran ejemplos para los niños de la escuela. Tenía razón, aquellos niños estaban embebidos en un manto de inocencia nunca visto en los de la ciudad, ellos respiraban otro aire, les rezaban a otros dioses, corrían sobre césped real. Es por eso que cuando el primero enfermó, no dudé en pegarme el viaje hasta la ciudad y hacer un escándalo mediático. “Misteriosa enfermedad, afecta veredas del municipio de Palmira”, fue el titular que se leyó en distintas variaciones, hasta que la alcaldía local, envió un grupo de uniformados escoltando lo que decían ser vacunas contra la extraña enfermedad, que no era sino una sepa olvidada de un virus común y leve. Fue extraño ver tantos milicos tras un camión de medicamentos, se instalaron el polideportivo y en la escuela. La campaña de vacunación fue efectiva, con el miedo como estandarte, todos conocían al amigo de un amigo que había fallecido a causa de delirios febriles y pústulas pululantes. No había más opción que hacerse inyectar, y en las cajas repletas de ampolletas se observaba propaganda política del alcalde, “vote por Darío Herrera, el que le apuesta duro a la salud”, patrañas, otro oportunista mas, pero la gente era buena, agradecida con quien una mano tendía. Nadie sospechaba que gran parte del lote había sido manipulado, que habían combinado el líquido con suero fisiológico para ahorrar costos, para tener que invertir menos, la estafa iba desde los químicos farmacéuticos, hasta las enfermeras que con bonachonas sonrisas inyectaban a los menores. Los que no se contagiaban de la enfermedad estaban claramente exentos de los efectos de una medicina a medias, porque la enfermedad a medias en este caso era peor que la enfermedad completa.

Empecé a experimentar los síntomas una mañana de martes, mientras impartía clase a los de séptimo sobre el correcto uso del presente simple. Una manera incorrecta de enseñar idiomas extranjeros, enseñar a escribirlos antes de hablarlos, a sabiendas que con el idioma nativo es todo lo contrario. Yo quería aplicar mis métodos, pero con tanta mano del ministerio de educación metida en las zonas vulnerables, era imposible innovar. Lo primero fue el punzante dolor de cabeza, notaba todos mis sentidos aumentados, lo cual me producía gran dolor y aturdimiento. Podía percibir el aroma de María Clarita en su clase de geografía, la sudoración ácida de los púberos, el almuerzo reglamentario del restaurante escolar, las ratas bajo el suelo y los perros que libres rondaban las rejas de la institución, esperando al recreo para ser alimentados. Al terminar la clase corrí a la oficina del rector, quien por suerte no se encontraba haciendo campaña electoral para su buen amigo Herrera, todo funcionario de cierto rango apoyaba al fraudulento alcalde a cambio de mantener la posición de burócrata de pueblo. Le expliqué como me sentía y decidió dejarme marchar solo si algún colega podía ocuparse de supervisar el bloque que aún tenía que dictarle a los de noveno. Busqué a María Clara en la pequeña habitación que nos servía de sala de profesores, después de explicarle mi situación, pasó sus largos dedos por mis mejillas, en un suave y genuino gesto de preocupación.
—Vos estas muy pálido Pedro, mejor andate para la casa que ahora que llegue te preparo una agua de panela con jengibre, eso es bendito para la gripa.
—Yo no creo que sea gripa Clarita, yo creo que es esa enfermedad que está dando—le respondí distraído por su escote.
—Dejá de decir bobadas, yo estaba con vos cuando te vacunaron, todo el pueblo es ahora inmune ¿no has visto la campañas?
—A mí eso me huele raro, tantos milicos y tanta efectividad en la aplicación de las vacunas, es más, estaban hasta raros los tipos que cargaban las cajas, algunos de rasgos muy delicados para ser raspachines.
—Otra vez vos y la paranoia, andáte a descansar más bien que yo me ocupo de los pelados, o pegále una visita a los Eigner, esta mañana que venía en la bicicleta me los encontré por el polideportivo caminando, Como que ya se fue Klaue—dijo María Clara, mientras se servía un tinto aguado de la maquina dispensadora.
—Menos mal se fue ese hijueputa, no me lo paso Clarita, es un fantoche, la próxima vez que venga de visita la madre que me le paro duro. Que cagada que tenga algún parentesco con los Eigner, gente tan culta y servicial.
María clara no me respondió, no le gustaba que hablara mal de Klaue, tal vez tenia sentimientos hacia el extranjero. Ella y yo vivíamos en la misma casa, compartíamos hasta las deudas e inevitablemente en varias ocasiones habíamos cruzado la línea de colegas en encuentros fugaces en la sala o en el patio; siempre en territorio neutral. María Clara, había nacido en Cali, en una familia de tradición pedagógica, había estudiado licenciatura en ciencias sociales en Bogotá, en la distrital y después de una relación opresiva, encontró refugio en la recóndita Unción, omitiendo el frio desgarrador y la lluvia de media noche. Lo que más le gustaba de la vereda, era su tradición oral, los mitos y leyendas que los viejos soltaban con fluidez en las fiestas patronales. El que más le gustaba era el de los Cambiapieles, hombres capaces de adoptar la forma de cualquier animal que permitiera ser usado como vehículo. Don Eigner solía contrastar el folclor local con el de su natal Alemania, narrando tan bien un sin fin de leyendas alusivas a seres antropomorfos. Era una pelada de ciudad con fascinación hacia lo indómito, con tendencias a lo marginal y unas piernas esculpidas en ébano.

Encendí mi destartalada moto trochera y decidí detenerme unos instantes en la casona de los Eigner, necesitaba con urgencia el pan casero de doña Dagna. Al tocar la puerta me recibió efusiva la pálida anciana, indicándome que su esposo no estaba en casa, pero que si gustaba podía esperarlo adentro. Decidí continuar mi camino y regresar cuando la dupla estuviera dispuesta a ser visitada. Al llegar a la casa la fiebre me obligó a desnudarme y tenderme sobre el sofá, de inmediato logre conciliar el sueño y desperté un par de horas después con el cuerpo ungido en sudor frio y punzadas en las costillas. Alguien tocaba la puerta con violencia y gritaba mi nombre a todo pulmón, era María clara, me envolví en una toalla y abrí la puerta.
—¡¿Por qué putas no me contestabas?!—gritó empujándome hacia la casa, con el cabello enmarañado y la pestañina dibujando una lagrima negra— acaban de encontrar el cuerpo de un hombre desgarrado por lo que parece ser un animal, no pudieron reconocer su identidad, pero llevaba una ropa como la tuya, una camiseta de un solo color y un Jean.
—Mucha gente se viste así Clarita, que Pena no contestarte, llegué muy maluco y me acosté a dormir.
—Tengo miedo Pedro, no quiero dormir sola hoy, no importa que estés enfermo, dormí conmigo, por favor Pedro, hay algo ahí afuera, el sargento Ochoa dijo que no es el primero que encuentran en esas condiciones, que al principio pensaron que eran paracos pero ahora están casi seguros que es un animal.
La cabeza me dolía hasta el punto de sentir un arrítmico pálpito en las cienes. Asentí a todo lo que alegaba Clarita y me acosté en su cama aun en toalla. No logré dormir con tranquilidad y cuando la noté roncando, salí al patio a recibir un poco de frio crepuscular, para amainar la fiebre, para transpirar la peste. En lo alto, brillaba la luna casi en plenitud, sentí que los rayos plateados hacían que mi sangre hirviera, que las dolencias pasaran y emergiera de las entrañas un cantico primigenio opacado por las presunciones de la lógica. Intenté aullar, pero solo se escuchó llanto, las lágrimas se derramaron sobre la tierra del patio, eran lágrimas de éxtasis, de melancolía, de amor inmaterial. La suave caricia de la luna me despertaba de un letargo y yo solo lloraba ante lo desconocido, asustado, impávido. Aun sollozando me hice a un lado la toalla y me acosté desnudo sobre la tierra fría. Dormí con la mejilla empapada en llanto, como duermen los reclusos, los niños perdidos y los poetas malditos.

Por suerte, desperté antes que María Clara, tenía los huesos adoloridos y la nariz congestionada por dormir a la intemperie. Encendí la estufa y puse a calentar una olla con agua para meter los pies y contrarrestar el frio. La fiebre había desaparecido, pero el dolor de cabeza no, se había intensificado, ahora, desde la cocina, podía oler la respiración de Clara, sentir su palpito, escuchar cada roce con la sabana. Cuando el agua hirvió, la transporté sin dificultad hacia el sofá, me senté con los pies entre el caliente líquido y encendí el televisor. Eran las seis y treinta de la mañana y en el noticiero nacional, anunciaban presuntos ataques paramilitares en los corregimientos de Palmira ¿Por qué mentían? ¿Por qué no podían decir que se trataba de un animal? ¿Que estaba ocultando el gobierno?

En todo el día no abandoné la casa, María Clara fue por el almuerzo y me sentí mejor a medida que se acercaba la noche. Era plenilunio y teníamos acostumbrado ir los sábados a comer fritanga en un puesto junto al polideportivo de la vereda. Un polideportivo puede parecer insulso, pero en una vereda tan pequeña era el lugar donde confluía la cultura y el ocio, además de contar con un hermoso mirador natural a escasos metros. Tuve que convencer a Clara de que ya me sentía mejor y echarme dos sacos encima. Ella decidió conducir y después de maltratar los riñones con los múltiples baches de la irregular carretera, arribamos al puesto de fritanga. En la cancha se estaba jugando los octavos de final de un campeonato relámpago de micro, un hombre barrigón alegaba con el árbitro por un aparente fuera de lugar. El puesto de fritanga estaba lleno y por poco no alcanzamos a sentarnos. Íbamos por la tercera porción de bofe, cuando el ruido de dos ambulancias por la avenida central captó la atención de todos los presentes.
—Eso fijo es que otra vez atacó ese malparido animal—dijo el gordo que fritaba, sin dirigirse a nadie en especifico—, nadie le va poner cuidado hasta que llegue el día que se coma a alguien de plata. Yo tengo un vecino que dijo haberlo visto el otro día cerca del club Las Traviesas, que dizque era como un perro gigante de orejas paradas.
—Es que la gente en Este pueblo tiene mucho tiempo libre y cree cualquier vaina para matar el tedio—le dije limpiándome los dedos de la grasa del bofé.
—¿Usted no es profesor en la escuelita? Hermano usted no es de aquí, no hable de lo que no sabe. Mi abuelo prácticamente fundó este caserío y lo que tuvieron que enfrentar para vivir con tranquilidad, no era ninguna joda para matar el tedio, era real.
—¡Bueno ya Ramiro! Deje de joder a los clientes y vaya a traer más masa para empanadas. Que cosita con usted, no lo puedo dejar cinco minutos solo—alegó una señora de gran belleza, ataviada con un delantal manchado de grasa y unas gafas de aumento.

Decidimos ir a caminar cerca al mirador, al llegar una familia se encontraba tomándose fotos a contra luz frente a un bombillo sucio. El plenilunio hacia visible la silueta voluptuosa de las montañas durmientes. María clara se recostó en mi hombro y me susurro que de momentos como ese se componía la vida, que se sentía plena, que yo era un gran hombre, que la perdonara por su inestabilidad. La besé con pasión y después de separar los labios la gama de colores del paisaje se tornó violácea. Sentía paz y la enfermedad que me agobiada por un segundo pareció desvanecerse, o al menos así fue, hasta que un pequeño perro perteneciente a la familia del mirador se lanzó hacia el bosque ladrando como poseso. Los niños gritaban y ni la madre ni el padre se atrevían a ir tras el pequeño animal. En un instante de heroísmo o llevado por el éxtasis romántico en el que me encontraba, corrí tras el pequeño animal, internándome un tupido bosque de árboles bajos. No medí consecuencias y cuando me detuve para mirar atrás el bombillo sucio del mirador era un pequeño punto en la lejanía. El perro dejó de ladrar, ahora más bien emitía chillidos tenues, logré cargarlo porque se acercó a mí con el rabo entre las patas traseras y la cabeza gacha. No pesaba mucho y su pelaje se sentía suave. Estaba a punto de darme media vuelta para regresarlo a sus atolondrados dueños, cuando una suave respiración golpeo la parte de atrás de mi cuello. Una brisa endeble y cálida acompañada por un suave gruñido. El pequeño perro entre mis manos se retorcía y temblaba temeroso. Decidí no voltear y avanzar a pasos largos hasta que me cobijara de nuevo el bombillo del mirador. Fue entonces cuando una bestia de varios metros de envergadura, saltó sobre mí y aterrizó con delicadeza, mordiendo el aire y fulminándome con su mirada colérica. Nunca antes había visto un lobo, pero estaba seguro que no lucían así, el animal, era sin duda un canido, pero de apariencia prehistórica, las patas largas y la musculatura inflada. Por su tamaño, suponía un peligro hasta para los más grandes mamíferos. El pequeño perro se orinó entre mis brazos, por reflejo lo dejé caer y corrió despavorido hacia el mirador. El gran canido ignoró el escape, su atención completa se centraba en mí, una mejor presa, con más carne que el menudo perro casero. La cabeza me dolía al punto de sentir que era incapaz de enfocar algo en la escena, el lobo se acercaba acechando, como si hubiese alguna posibilidad de escape. Se abalanzó sobre mí con un preciso movimiento y clavó su fuerte mandíbula en mi brazo derecho, sentí como cada fibra muscular se rompía ante la presión del colmillo, sentía el fuego en su ira, quemaba mis entrañas y me hacía retorcer de dolor. El animal se retiró y empezó a trazar círculos alrededor de mi cuerpo maltrecho. En la segunda embestida no sentí la presión de su mandíbula, solo un suave abrazo en mi pierna, seguido por el crujir que emitía mi cuerpo arrastrándose sobre las hojas secas. Seguro me llevaría a otro lugar para comerme con tranquilidad, o tenía la responsabilidad de alimentar una manada y yo era el gran festín. Pensé en la decepción que sentiría una manada de lobos al ver a su cazador llegar con una presa enferma con más pellejo que carne. Podía ver como la luz del bombillo se atenuaba de poco y sentí como la espalda advertía los dolores posteriores al revote de mi miserable ser. El lobo se detuvo un par de veces para lamerme la sangre del brazo. En el tiempo como profesor en La Unción no me atreví nunca a dejar el casco urbano, desconocía por completo la geografía de las montañas aledañas, así que si al lobo le daba por abandonarme en aquel paraje, de seguro moriría dando vueltas sobre el mismo eje, con el brazo putrefacto y extrañando a María Clara. Como si aquel pensamiento fuese profético, vi al lobo alejarse caminando entre los troncos, sin mirar atrás y contoneando su larga cola.

La licantropía es una enfermedad de origen europeo, antigua y temida. Un licántropo pierde todo control de su razón y cede su albedrío al inconsciente. En algunos casos documentados, un licántropo ha sido el victimario de familias enteras, de aldeas y viajeros extraviados. El enfermo carece de la compasión humana y de la pureza animal, es una amalgama deteriorado de las bajas pasiones, de la destrucción, del caos. Nunca fui un hombre de ciencia, pero soy escéptico en mis apreciaciones de la realidad, no creí en la licantropía hasta no experimentarla en carne propia e incluso después de padecerla sentía que no era más que un mal sueño. Aquella noche en el bosque después de perder de vista al gran lobo, sentí como a pesar de las punzadas en el brazo, el dolor de cabeza y la fiebre se habían esfumado por completo. Logré ponerme en pie y caminar unos diez metros, hasta que sentí como mi espalda se rompía y la piel se caía a pedazos. Como es de esperarse mi cuerpo decidió ponerme en un estado de inconciencia para sobrellevar el gran dolor. Al despertar del aparente desmayo, el amanecer empezaba a dibujar las primeras siluetas arbóreas y a pesar de mi pobre sentido de la ubicación, el olfato me arrastró hacia el mirador, olía a fritanga, a sudor, a miedo e incertidumbre. Al arribar, me sorprendió ver una escuadra de rescatistas y varias motos de policía, María Clara, estaba entre ellos y señalaba el bosque con las mejillas cartografiadas por lágrimas nocturnas.
—Como le digo, el no pudo Haber llegado muy lejos, el perro al que perseguía lo encontraron como a los diez minutos—alegaba María Clara al sargento Ochoa.
—Si señorita, lo que le estoy preguntando es que si su novio tenía alguna razón para irse de La Unción, algún problema familiar, tal vez una discusión de pareja.

En ese momento decidí intervenir, me acerqué corriendo a María clara, no podía musitar palabra, pero supuse que se debía a estar rodeado de tanta gente. El sargento Ochoa me miró con recelo y dio un pisotón autoritario, llamándome perro chandoso y repitiendo “chite” dos veces por oración. María clara por el contrario se acercó dócil y poniéndose de rodillas me acarició la cabeza; que bien se sentía el tacto de sus largos dedos, me hablaba impostando la voz y diciéndole a Ochoa que no me espantara, que yo estaba bonito. ¡Pues claro que estaba bonito! por algo me había escogido para amarla.
Un hombre de cabello largo y rasgos femeninos descendió de una camioneta de vidrios oscuros. Vestía un largo gabán y el cabello le cubría las orejas. Se acercó al sargento y después de mostrarle una credencial, abordó a María Clara, sonriendo con encanto.
—Mucho gusto señorita, soy el agente Mordis, estoy aquí para encontrar a su novio. Tengo entendido que ustedes viven aquí hace poco, es por eso que su testimonio es valioso. Para que su cooperación nos sea de gran ayuda, es necesario que abra su mente ante cualquier posibilidad, no es fácil asimilar lo que estoy a punto de plantearle.

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Agencia de asuntos paranormal de la república de Colombia
Área de criptozoología
La División
Asunto: Irregularidades en el manejo de un brote de licantropía.

Sr Antonio Zamudio:
El agente: Mordis, da parte a usted del mes de mayo de 2017, ya que son los días correspondientes a los sucesos solicitados por el área de criptozoología, para la investigación de irregularidades a la hora de contrarrestar un brote de licantropía en la vereda la Unción del municipio de Palmira, Valle del Cauca. En el proceso se registró la desaparición de más de ocho campesinos en la etapa previa a la vacunación y la perdida esporádica de uno de los profesores de la escuela local, identificado como: Pedro Díaz Solano con cedula de ciudadanía 129256871. El señor Díaz fue una de las tres víctimas de vacunas defectuosas, que habían sido manipuladas en el proceso de transporte para economizar recursos y desviarlos hacia la campaña del actual alcaldía de la Unción, el señor: Darío Herrera con cedula de ciudadanía 1271071265. La manipulación de la mezcla provocó que la transformación después del contagio se tornara defectuosa. El señor pedro fue visto trasmutado en un gran perro negro, con la piel pegada a los huesos, el hocico deforme y principios de sarna. En la primera transformación, que fue desencadenada tras un encuentro con un licántropo del viejo continente, el señor Díaz, corrió hacia mí y demás entidades de la fuerza pública aglomeradas a pocos metros del sitio de su desaparición, ignoramos su presencia debido a su forma canina, solo logré identificarlo cuando su novia María Clara, comentó que el canino poseía el mismo mirar de su recién extraviado novio, los ojos humanos, rasgo característico de los licántropos neófitos.

Una vez ejecutado el protocolo de contención, se contactó con la división de maléficos para darle un mejor manejo al penoso estado del señor pedro, debido a su transformación deforme, presentaba agudo dolor abdominal e incapacidad para ingerir alimentos. Se internó de emergencia en una clínica veterinaria del caso urbano de Palmira, donde después de varia noches de agonía, logró volver a su forma humana. El veterinario augusto nieto con cedula de ciudadanía 145764902, quien presenció la metamorfosis, fue expuesto al proceso de pérdida de memoria inmediata, sin presentar daños colaterales en su procesamiento lógico.

Se ha adscrito al señor Pedro Díaz al programa de rehabilitación física y psicológica brindado por el departamento de bienestar de la División, a su novia María Clara Bolaños con cedula de ciudadanía 178650932 se le permitió conservar los recuerdos, con el fin de esclarecer los causantes de la epidemia en el pueblo. Se sospecha de una familia de inmigrantes Alemanes terratenientes en la región, ya que reciben visitas constantes de sus parientes en el extranjero. Como medida de seguridad complementaria se han trazado siete sellos de protección en los puntos de mayor peligro de contagio. Se ha instalado una casa de seguridad a las afueras del cuerpo, para eliminar de manera inmediata cualquier remanente de la enfermedad.

Santiago de Cali, 26 de julio de 2017.
Área de criptozoología.
Agente Mordis.


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