¡Que vienen! Avisó uno de los pájaros y todos volaron a sus puestos. Oyeron el aviso las hormigas y raudas dejaron su labor para buscar acomodo… Y llegaron. Como muchas tardes. Ahora precedidos por el ruido del motor del auto circulando despacio por aquel camino lleno de baches, de hondonadas a las que el nombre quedaba escaso… eran dos, hombre y mujer, chico y chica esta vez…. Jóvenes, intemporales, hermosos como todos los que aman… Maniobra de amplio giro y detenerse entre dos árboles… no: entre los dos árboles que atesoraban el privilegio de ser los primeros protectores… a veces bajaban del auto y daban un corto paseo, otras, sólo abrían las ventanillas y fumaban mientras el sol dedicaba sus últimos rayos a hacer algún reflejo dorado en el río.
El atardecer lento, lento, sólo poblado por la canción del río y las piedras y el canto de algún ave morosa a quien las demás reclamaban silencio mientras se posaba disculpándose.
La noche aún no era pero el día estaba dejando de ser y en ese interludio mágico, ellos, chico y chica, hombre y mujer ya con los pulsos acompasados cerraban las ventanillas y se instalaban uno en otro explorándose bajo las ropas, comprobando que paisajes conocidos y amados volvían a recibirles y era fiesta.
Las aves conocían la historia por sus antepasados. Hombre y mujer, chico y chica venían desde tiempo inmemorial. Antes en un vehículo traído por caballos, antes aún cada uno en su cabalgadura… a pie alguna vez… todos los animales del aire, de la tierra o bajo ella sabían, saben y festejan que sigan viniendo. Acaso con otras ropas y otros modos pero son los mismos aun a veces con sexos repetidos porque el amor sólo de amor entiende y ofician el milagro con cada matojo y cada arbusto por testigo, cada brizna de hierba y el viento que mece las copas de los árboles y juntos cantan un arrullo que acuna el regocijo de besos y almas, de corazones y pieles que ante ellos, ajenos a ellos, se buscan, se toman, se conquistan, se rinden, se regalan, se entregan… y un suspiro de la mujer estremece la hierba y un jadeo del hombre aviva la savia del árbol… las manos en los pechos son una canción mineral que entienden los volcanes, los labios en los labios riman con las mareas, los sexos atraviesan cordilleras entre valles y del brillo de sus ojos toman nota las estrellas para adornar la noche. Fuera de ellos, callar de aves, ausencia de insectos… no hay viento, no hay río ni hormigas…. Sí que hay, pero en respetuoso silencio a las liturgias del amor.
“Escucha, escucha….” dijo el aire… “a poco que sople entre tus hojas, si levemente las acaricio sonaremos como ellos…” Y ensayaron árbol y aire hasta dar con el tono y la cadencia… después enseñaron a otros árboles por eso en los bosques, quien escucha, puede oír la canción de los amantes y a contrapunto cantan el aire y nogal, el aire y un cerezo, el aire y la chopera…
…una noche fuera del auto, del carruaje, con ternura, escapando de sus ropas sin tiempo de buscar otro acomodo, dedos emisarios de la primavera anunciando gloriosas venidas, lenguas misioneras predicando caricias, consagrando cimas y vaguadas, selvas y planicies… entonces, sabios musgos viejos como el mundo supieron tornarse manso acomodo para los cuerpos de hombres, de mujeres entremezclándose como al deseo conviniere, celebrando sobre ellos todos los sacramentos del amor, todas las estrategias de la exploración y el hallazgo y profundos alborozos estremeciendo aleluyas en todas sus geografías… la humildad de un trébol hizo la sugerencia y absorbieron cuanto pudieron de aquellos cuerpos… desde entonces tomillos y jaras, eneldos y lavandas destilan los aromas del amor para quienes saben entenderlos.
Y el viento y los árboles cantan y esparcen rumores y tibios gemidos orlados de generosos aromas. Ecos de hombre y mujer, de hembra y varón en cuantas mixturas sacia el hambre su apetencia consagrando todo el espacio del rio y la chopera que la luna alcanza a ver y la savia es eco del pulso de aquellas sangres ya antiguas, prólogo de cuantas hubieran de venir. Ríos sumergidos sólo al alcance de quienes merecen por su labor y lucen, sin saberlo, sin necesitar saberlo, las medallas de la luna llena con distintivo azul de rocío bañado de polvo de estrellas.
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