Resulta inevitable establecer un alejamiento con respecto a las generaciones posteriores. A decir verdad, desde su posicionamiento se levanta una barricada cuajada de eufemismos, expresiones y visiones sesgadas de la realidad. Por nuestra parte, la de los que ya hemos vivido un poco, se hace exactamente lo mismo, pues nos atrincheramos en los valores adquiridos, un posicionamiento dogmático y en la supuesta infalibilidad ofrecida por la edad provecta. Aunque, para ser sinceros, la única distancia se ofrece por los años vividos. Algo que, de no mediar una desgracia, todos acabamos por consumar. El mérito, por tanto, no se encuentra en los aniversarios celebrados, sino en la manera de aprovechar el tiempo. Entiendo que una buena manera de rellenar el transcurso vital se localiza en la capacidad para entender al otro desde un posicionamiento empático, aunque, por supuesto, asertivo. No por ser joven todo está permitido o por haber llegado a edad adulta se alcanza de manera inmediata la madurez. Ni en uno ni en otro caso puede garantizarse la certeza. Ahora bien, puede asumirse la sentencia que dicta esta dualidad en todo individuo.
Conviene, antes de lanzarse a la crítica para con las nuevas costumbres y expresiones culturales, rescatar de la memoria los posicionamientos propios cuando contábamos con tan solo un par de décadas. Ni éramos tan rompedores, ni nuestra música era tan excitante, ni la moda resultaba absolutamente estética; todo lo contrario, al menos para nuestros antecesores que a buen seguro se escandalizaban con nuestros usos y costumbres. Ahora bien, los jóvenes de antaño también nos emocionábamos con nuestra propia realidad y caímos en el adanismo irreflexivo de la falta de formación y experiencia. Apenas habíamos asomado la cabeza al mundo, pero pensábamos que nos lo íbamos a comer, pues nuestra potencia parecía ilimitada. Al final todo resultaba mucho más predecible y el transcurso de las décadas ha ido poniendo a todos en su lugar. Un sitio, por cierto, no tan alejado del que predecían nuestros mayores; papel que ahora nos toca desempeñar. Todo ha seguido tal cual, pero en el fondo anidamos la certeza de que se han producido cambios prácticamente imperceptibles, aunque fundamentales y profundos. Cualquiera puede lanzarse a recordar cómo era su infancia y adolescencia y hacer el contraste con el presente: todo sigue su curso de manera diferente. No sabemos quiénes han sido los responsables y aun así tenemos una conciencia ineludible de nuestra contribución a esta revolución cíclica y atemporal presente en todos los cambios generacionales.
Cuando se practica la crítica mordaz contra nuestros jóvenes resulta desalentador; todos hemos pasado por ahí y hemos tenido también esa sensación de trascendencia y profundidad. Ha quedado lo prosaico de este proceso y es necesario que cada cual tome conocimiento de su propia naturaleza, siempre limitada y finita. Ahora bien, es fundamental dejar el devenir natural de este proceso, pues nuestros descendientes son igual de inmaduros, impetuosos e irreverentes que nuestros antiguos yos. Lo único que ha cambiado es el cambio de protagonismo. En esta historia no somos más que secundarios, y esto en el mejor de los casos. Nos queda algo de futuro, pero el presente ya no es nuestro. No pasa nada, debemos asumir esta realidad sin mortificación alguna. Aquellos irritados con un mundo en apariencia desconocido están ya de salida, aunque, con un poco de voluntad, tendrían mucho por aprender. En lugar de cobijarse en la nostalgia debieran husmear un entorno en apariencia hostil mas en el fondo muy parecido al que sienten como familiar; al final todo es una cuestión cosmética, todos estamos embrollados en esta cuestión llamada vida.
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