(VIAJANDO POR LAS REDES I)
Y luego están los YONOTENGOABUELA, esa peculiar especie de hombres que parecen dignos de admiración… No voy a negar su atractivo físico; generalmente están muy buenos, y lo saben. Lo que ignoran es que, en este mundo, no solo hay otros igual de buenos, sino algunos bastante mejores.
El problema no es que se crean especiales. El problema es que ven a los demás como inferiores, insignificantes, indignos de compartir su universo. Para un YONOTENGOABUELA, el valor de una persona radica exclusivamente en cuánto lo admira. Si no lo haces, no existes. Así de simple.
Esta especie comparte un rasgo común: la soberbia. Esa capacidad de sobrestimarse a sí mismos hasta empañar todos los espejos. Ellos son los más guapos, los más listos, los mejores amantes… Todo gira en torno a ellos, y tú deberías dar las gracias porque se han dignado a mirarte. Vanidosos, arrogantes, egocéntricos, egoístas… ¿Un cóctel de virtudes? Sin duda.
Estos hombres están enamorados de sí mismos. Sus encantos, según ellos, rozan lo divino. Un estudio de una prestigiosa universidad concluye que “suelen causar, de entrada, una buena impresión: son extrovertidos, populares, abiertos; visten bien, sonríen más, se mueven con seguridad y resultan graciosos. Pero no es magia; son estrategias diseñadas para obtener rápidamente la admiración que nutre su ego”. Claro que esta fachada no tarda en desmoronarse, porque, siendo sinceros, no hay quien los aguante. A priori, resultan interesantes. Al rato, insoportables.
Interacciones con los YONOTENGOABUELA
Recibo mensajes de tipos así. Auténticas declaraciones de autoamor. Hombres maravillosos que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Amantes colosales que, aseguran, me garantizarán orgasmos como jamás he soñado (ay, bendita inocencia…). Cuerpos perfectos que, además, presumen de un coeficiente intelectual estratosférico y, por si fuera poco, superdotación genital incluida en el pack.
Mensajes del tipo: “Quiero hacerte disfrutar como nunca. Tengo un cuerpo para el pecado y una mente para volverte loca. Quiero darte los orgasmos más salvajes que puedas imaginar. Contéstame y no te arrepentirás… un beso”.
Mensajes prefabricados, copia y pega, porque claro, no merecemos más. Bastante tenemos con que se molesten en escribirnos. Yo leo, pacientemente, esas joyas y respondo con un simple:
—Caramba.
Al momento, el siguiente mensaje:
—¿Solo caramba? La verdad es que me dejas un poco frío…
Se percibe una mezcla de incredulidad, decepción y ese toque de resentimiento que no puede faltar. Yo, en mi línea, contesto:
—Pues no sé qué más decirte…
Y ahí acaba todo. Desde ese instante, dejo de existir. Porque, como ya dije, si no los admiras, no vales nada, no interesas, no existes.
Mis disculpas finales
Para terminar, solo me queda pedir disculpas. Disculpen ustedes, señores YONOTENGOABUELA, por no sentir cómo se me cae la baba o, en su defecto, cómo mojo las bragas cuando ustedes deciden hacer acto de presencia en mi modesto perfil.
@Emecé Condado.
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