Lecciones aprendidas de los libros en blanco. Imágenes suspendidas en el interior de un espejo. El reflejo aniquilante que penetra en la retina desmemoriada de un anciano.
La consciencia que nos ata a la batalla (como dice el maestro). El pasado continuo que siempre es presente, el futuro ensoñador que sucumbe a los cantos de sirena que vienen desde el mañana.
Todos los tiempos de un borracho confluyen en un mismo punto de inconsciencia, como tres torrentes que concurren hacia un solo mar para, en un suspiro, ser de nuevo la nube que vuelve a engendrar el torrente.
La consciencia de aquellos que mitigan su sed con frenesí se desvanece. El ser se difumina y la bestia toma posesión de los actos, de la mente, de la propia existencia. Como la impotencia del rey cobarde que abandona sus dominios antes de la invasión, el yo también cobarde corre a esconderse en las partes más recónditas del cuerpo; entonces solo el relámpago trae algo de luz a tanta negrura.
La bestia, una ballena blanca, el quinto jinete apocalíptico de una profecía no anunciada que trae el caos que altera la conciencia. La bestia que se alimenta de la debilidad de los borrachos, que tan solo son muñecas de trapo ardiendo en el infierno que cabe entre sus manos, gatos aplastados en el asfalto, la madrugada labrando perlas en el vértice opuesto a la cordura. Y a la postre la triste y dudosa esperanza (tal vez otro día, tal vez mañana pueda retenerla en mis entrañas).
Cien años. Cien años y todo igual. Estático, un transcurrir en círculos. Las palabras ancladas a otras lenguas con manchas de gangrena. Otras levitas, otras corbatas, otros pantalones, los mismos zapatos heredados que recorren un único camino.
La metamorfosis de las orugas debería mostrarse en los espejos donde se acicala el suicida antes de empuñar las cachas del fálico revólver que introduce en su boca. Los hombres con la letra escarlata marcada en su pecho nacen con un traje de madera remachado a su pellejo. Puede ser que sentarse en la misma esquina de la barra, mientras las noticias se suceden en un televisor mudo, sea el mejor retiro para aquellos que saben que los días se suceden de forma circular, que nada cambia, que el dinamismo cotidiano no es más que una treta del tiempo para acercarnos con sigilo a la oscuridad
silenciosa que envuelve a la descomposición de los átomos que conforman el montón de carne que envuelve el alma.
Dentro del anárquico espacio temporal del universo de los borrachos, estos escupen en la cara de su inmortalidad con la fatalidad del que sabe que nada cambia, que el gusano de la corrupción está alojado en su carne esperando como el comensal famélico que aguarda con cautela el siguiente plato. Puede ser que sostener la ebriedad a diario tenga el mismo sentido hoy que hace mil años, solo es una puerta pintada con tiza en la mazmorra profunda donde se encuentra presa la lucidez.
Hay tintes de existencialismo en las preguntas que se hacen a sí mismos cada día los borrachos. Los porqués, siempre los porqués, dos sílabas que pareciesen clavos que apuntalan los costales que sostienen la bocamina donde se extrae el veneno de la verdad que se vierte en el cáliz de barro que
sostienen aquellos que presiden la mesa donde comen todos los buscadores.
Flujos biliares emanados del propio hígado perforado de todos los borrachos, un hígado deseoso de escapar volando a borbotones de sangre por sus bocas.
La obsesión del tiempo estático, de la verdad, de la propia existencia, el repudio de calzar los zapatos heredados del padre que erró el camino. Cien años. Cien años y todo igual, el mismo camino, las mismas piedras en diferentes lugares.
@Chechu López texto
@Imagen Pinterest
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