No es algo nuevo, pero definitivamente ha cambiado: las princesas nos aburren.
María del Mar Pérez Gil, en su trabajo El cuento de hadas feminista y las hablas manipuladas del mito, afirma que «La crítica feminista ha denunciado desde hace décadas la manera en que los cuentos realzan la pasividad femenina mediante historias en las que, como señala Marcia R. Lieberman, es el hombre quien escoge, rescata de una torre o despierta de un largo sueño a la mujer. Lieberman observa que los cuentos demonizan a los personajes femeninos ambiciosos o poderosos, mientras recompensan con el matrimonio a aquellas mujeres que tienen el mérito de ser la más bella».
Actualmente, las princesas están mutando en heroínas, y se están tratando de desprender del mito romántico que rodea a la feminidad. Disney ha desarrollado unos cuantos perfiles para acercar nuevas figuras al espectador, caso de Elsa o Mérida. Antes de ellas, los cuentos en los que se basan las películas solo tenían a las princesas objeto y a las brujas. Como mucho, podíamos contar con hadas buenas. Y digo buenas porque en un inicio, brujas y hadas eran la misma figura, y en los cuentos su carácter depende de los actos del protagonista, pues el motivo de su presencia es dar una lección o procurar que el protagonista evolucione. La bruja de Hansel y Gretel, por ejemplo, logra que los niños maduren a base de defender al hermano, que está a punto de ser devorado por la bruja. Las hadas buenas, por su parte, que suelen ser las “hadas madrinas”, son simplemente la representación de la madre cuando nos da lo que queremos o necesitamos, mientras que la “malvada madrastra” es la imagen materna cuando nos riñen.
En los cuentos de hadas, las cosas no son reales y las protagonistas no suelen tener un nombre, o al menos no uno que se repita (Cenicienta, Bella durmiente, Blancanieves, etc.) No hay nada épico y la protagonista solo tiene el objetivo de casarse, aunque ahora en vez del matrimonio se busca “encontrar el amor”. Para más inri, las princesas suelen tener únicamente una oportunidad para conseguir un buen casamiento, ya que los cuentos nacieron para enseñar a las niñas a comportarse. En La Cenicienta original, aunque solo logre al príncipe la protagonista, las hermanas quedan ubicadas en palacio, y es lo importante. Da igual si una acababa como segunda esposa o con otro cargo en palacio, el caso era quedar bien situadas de cara al futuro, y la madrastra es entonces la verdadera ganadora.
Una princesa puede ser tanto activa (naciendo en un entorno pobre) como pasiva, pero no tienen una historia de fondo fuerte, y suelen ser siempre perfectamente dulces, nada rencorosas, con voces de ángel. Ellas, al igual que los héroes, tampoco tienen moral, en el fondo. Son personajes, usualmente, planos. Ahora, sin embargo, las adaptaciones buscan crear personajes más redondos, con más abanico de emociones y un claro crecimiento espiritual, ellas incluidas. Esta es, en realidad, la única manera de ir conectando con el espectador o el lector actual. Esto no quiere decir que los personajes femeninos deban desprenderse del amor, pues este es un ingrediente muy adictivo para el receptor. Lo ha sido siempre. Pero desde luego, las historias ya no van de ser salvadas, o de conseguir un buen puesto, pues los retos de las mujeres son hoy en día mucho más interesantes e igualitarios, y conforme va cambiando la realidad, también lo hacen los relatos. No en vano cualquier forma de arte viene a representar el estigma de la realidad donde nace. Aun así, debemos huir de las exageraciones, y mantener la inocencia de las historias de corte infantil. Tampoco debemos caer en la trampa de la cancelación, sino insistir en nuevas adaptaciones y en nuevas comprensiones. No se gana nada – más aún, se pierde – eliminando obras que han sobrevivido muchas generaciones. Hay algo muy fascista y muy distópico en ello. Son parte de nosotros, y el poder de la evolución es cambiar la mirada, no arrancarse los ojos.
Lo bueno de estos análisis de lo tradicional es que por fin podemos darnos cuenta de cómo se han estado transmitiendo, durante demasiado tiempo, ciertos mensajes. Si bien es cierto que el paradigma actual evita que las niñas hagan una lectura correcta de los cuentos, no hemos podido evitar que ideas antiguas surcaran los mares de nuestros cerebros, y por eso es tan interesante atender a obras como la de María Gil, y a otras más transversales como las de o ensayos como Una casa de palabras, de Gustavo Martín.
Mercedes Fisteus
Escritora, (Villablino, León, 1995).
.Jurista y escritora, se inició en el camino de la literatura atesorando algunos premios infantiles y debutando con su novela Dentro de dos años, premiada en el certamen Ateneo Joven de Sevilla del año 2019. Desde entonces, ha seguido dedicada a la labor de escribir, tarea que compagina con la impartición de cursos centrados en las leyes laborales y el emprendimiento rural, la literatura, las leyendas, la tradición oral y la figura de las brujas en el imaginario popular, seres que ya trató en su citada novela.
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