lunes, septiembre 7 2026

Gallinas radioactivas por Mirna E. Gennaro

¡Hola, amigos! Hoy les traigo un relato que no sé muy bien dónde encuadrarlo, no es exactamente de ciencia ficción o de terror, es más bien realista con algo de divulgación científica, pero con ciertas prevenciones. Les cuento que surgió a partir de la lectura de una nota científica sobre irradiación de alimentos con isótopos radioactivos. Luego le hice unas
cuantas preguntas al chat GPT para conocer un poco más sobre el tema y aquí está el resultado. Les pido por favor que luego de leerlo hagan sus propias investigaciones, ya que no soy científica ni mucho menos. Y si desean realizar algún aporte en los comentarios, serán bienvenidos.

Gallinas radioactivas

Lucía, Javier y yo habíamos ido a la granja de los padres de ella. Los tres nos conocimos en la facultad, somos compañeros de estudios de la carrera de Física, una carrera “dura” le dicen, pero a veces esa dureza no tiene que ver con el contenido de lo que se estudia, sino con las consecuencias que acarrea eso que se estudia.

En medio de un campo verde y amarillo, producto de girasoles grandes como platos, se encontraba esta granja con vacas, caballos, cerdos y gallinas. Nos atraía el paisaje, pero no íbamos solo a pasear. Como estábamos aún en época de exámenes, llevamos nuestros libros, para estudiar de a ratos, tirados contra una pila de heno o debajo de un naranjo o un limonero. El dulce sabor de esas naranjas será algo que recuerde por mucho tiempo, también la disputa que se entabló entre Lucía y Javier porque ella decía que los limones son una fruta natural y Javier porfiaba que son un híbrido. Más allá de eso, la verdadera razón para esa visita fue llevar a cabo un experimento que nos encargó un profesor como trabajo práctico.

Teníamos que comprobar cómo funcionan los marcadores radioactivos. Se preguntarán qué es eso, nosotros también, ya que el profesor no nos había dado mucha información, solo nos dio una consigna bastante abierta y los números de página de un apunte sobre el tema. En fin, la idea era que debíamos irradiar con un isótopo radioactivo algún alimento y luego verificar en un ser vivo su paso por su organismo. Nada de eso era peligroso, la irradiación no es venenosa, ni mucho menos, sin embargo, ninguno se ofreció como conejillos de indias y, finalmente, Lucía propuso ir a la granja y experimentar con algún animal.

Los veganos se escandalizarán por lo que íbamos a hacer, porque primero pensamos en irradiar el maíz de las gallinas con Cobalto 60 y luego convertir al animal en alimento humano, para verificar con un contador Geiger que la radioactividad no se mantenía. Todo iba marchando bien. Bromeábamos con ver a las gallinas encenderse como lamparitas, una vez que comieran el grano irradiado. Estaba anocheciendo y hubiera sido un espectáculo digno de filmarse. Separamos tres gallinas, las marcamos con cintas de color, las dejamos engullir a su antojo y luego se fueron a dormir. Era una delicia verlas en sus nidos, acomodadas como si fueran reinas en sus tronos. El campo se adormeció, los grillos entonaron una nana y nosotros también nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, continuamos la tarea. Cada uno debía capturar una gallina y pasarla por el Geiger. Allí comenzaron los problemas. Como muchos citadinos, no estábamos acostumbrados a perseguir gallinas. Es más, yo ni siquiera sabía que las muy ladinas son capaces de volar en vuelos cortos pero efectivos para eludirnos. Tras unos cuantos esfuerzos y varios picotazos recibidos, logramos capturar una (en realidad, la única que atrapó una plumífera fue Lucía).

Javier y yo sujetamos al animal y Lucía aplicó el Geiger. Para nuestra sorpresa, el aparato no sonó. Nos miramos desconcertados. No esperábamos ese resultado, porque si la gallina viva no poseía rastros de radioactividad, menos lo haría una milanesa de pollo. Decidimos probar otra vez, capturando otra de las tres gallinas. Mismo resultado. Así seguimos con la tercera. Con tanto alboroto, ya teníamos plumas suficientes como para rellenar un almohadón…

La madre de Lucía nos miraba por la ventana, parecía divertida y cuando notó que nos
estábamos rindiendo, se acercó a hablarnos. Nos explicó que habíamos demorado demasiado en verificar, porque las gallinas en ocho horas vacían sus intestinos y nosotros les estábamos dando más de diez horas de tiempo para deshacerse de los rastros radioactivos. Intercambiamos ideas y, para nuestra sorpresa, ella nos dio una solución: debíamos pasar el contador Geiger a los huevos que pusieron esa mañana.

Cuando hicimos eso, el aparato comenzó a chillar. ¡Qué momento! Las aves saltaron, corrieron
y volaron como si las estuviera persiguiendo un zorro. Con algunos rasguños, pero felices, decidimos terminar allí el experimento. Nos llevamos algunos huevos “radioactivos” como souvenir. Lo que no se nos ocurrió pensar fue que, por unas semanas, los huevos de esas gallinas ponedoras estarían contaminados.

En fin, la madre de Lucía sabía lo que hacía, porque esa noche, la última que pasábamos en la
granja, preparó un frasco con escabeche de pollo para cada uno. La última noche en la granja fue de las más maravillosas que he visto. El cielo mostraba más estrellas que nunca. No sé si han visto que el cielo del campo es más limpio y se ven más constelaciones que en la ciudad. Pues ese cielo era sublime, mágico, diría, una especie de homenaje a la vida en naturaleza.

De vuelta en casa, algo me molestaba. Era una sensación rara, como una preocupación o una
intranquilidad. No supe qué era hasta el día siguiente cuando mi madre puso el desayuno sobre la mesa. ¡Había preparado huevos revueltos! No era extraño que desayunáramos eso, solo que esta vez era diferente.

—¡Alto! —exclamé—. Nadie coma eso, esperen.

Salté de la silla y corrí hasta mi cuarto. Tomé el aparato y volví a bajar. Apunté al plato con el
contador Geiger y para mi terror comenzó a chillar. Les expliqué a mis padres lo que estaba sucediendo. A partir de ese momento, nuestras vidas cambiaron. Ya no podíamos consumir huevos o cualquier otro alimento sin pasarlo primero por el aparato que mide la radiación.

Es una creencia popular que la ignorancia nos hace más felices. No voy a negar que era más feliz cuando no sabía que podía estar comiendo alimentos radioactivos. Sin embargo, esa no me parece una buena forma de pensar. Por ese motivo, desde ese momento, me dediqué a difundir los resultados de nuestra investigación junto con la recomendación de que, en cada casa, debería haber un contador Geiger (se consiguen en tiendas virtuales al precio de un celular).

No sé si la gente hará caso de lo que digo. En la facultad muchos se rieron de mí. Solo sé que es mi obligación dar aviso. Para algunos, estoy demostrando signos de paranoia, otros me lo agradecen. En cualquier caso, quizás haya sido víctima de los rayos gamma y sufrí una mutación genética que me convirtió en gallina…

@Mirna E.Gennaro relato

@Imagen Pinterest


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