Mártires: el arte de sufrir por vocación (o por protagonismo) por Emecé Condado

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Hay excepciones, pero ¿quién no conoce a un mártir? Los mártires, o los pupas (en versión simpática), son esas almas abnegadas que han hecho del sacrificio su bandera, su escudo y, sobre todo, su tarjeta de presentación. Su vida es un campo de batalla lleno de renuncias que ellos mismos eligieron, aunque jurarán hasta el final que lo hicieron «por los demás».

¿Un mártir masculino? Ese compañero que dice «Nadie entiende lo que hago en esta oficina» mientras pone cara de Cristo crucificado en horario laboral. Se lleva todos los marrones, pero, curiosamente, no le hace ascos a dejar claro que nadie le agradece nada. La heroicidad, pero con espectadores, por favor.

¿Una mártir femenina? Esa amiga que siempre está agotada porque hace «todo» por su familia, su pareja, sus amigos, su gato y el cactus del salón. Te lo suelta entre suspiros largos, pero nunca acepta ayuda porque, claro, nadie podría hacerlo tan bien como ella. Su lema: «Nadie valora mi esfuerzo«. Y, por supuesto, si alguien osa sugerirle que descanse, responde con un enfático «Si yo no lo hago, ¿quién lo hará?».

Y ojo, los mártires no son tontos. Han perfeccionado su rol con una destreza admirable. Es más, ser mártir conlleva una disciplina férrea: dormir poco, agobiarse mucho y, sobre todo, dejar constancia de su sufrimiento. Una de sus frases estrella: «No te preocupes por mí, ya estoy acostumbrado/a«.

Porque lo de sufrir en silencio es de amateurs; el mártir moderno sufre con narración incluida. Y claro, no sería justo ignorar que, detrás de su aparente desdicha, hay un pequeño toque de vanidad. Porque no es solo el sacrificio lo que los mueve, sino el reconocimiento. «No lo hago por mí, lo hago por los demás» es su mantra, aunque en realidad lo hacen para que tú, querido espectador, te preguntes: ¿Cómo puede esta persona ser tan abnegada?

¿Dónde encuentran los mártires su hábitat natural? En reuniones familiares, grupos  de WhatsApp y redes sociales, donde pueden compartir su penar con un público más amplio. No es lo mismo decir «Hoy me duele todo» en el pasillo de casa que subir un selfie con cara de agotamiento acompañado de un texto como: «Cuando llevas tres días sin dormir, pero sigues adelante por los tuyos #GuerreroDeLaVida».

Y no creas que están dispuestos a abandonar su rol. Aunque les ofrezcas un descanso o una solución práctica, te mirarán con cara de incredulidad y te soltarán algo como: «Gracias, pero esto es mi cruz. La llevo con orgullo«. Como si la vida fuese una procesión perpetua en la que ellos llevan el paso más pesado mientras el resto miramos desde el balcón con una copa de vino.

La moraleja, porque siempre hay moraleja: si te topas con un mártir, no caigas en la trampa de salvarlo. Ellos no quieren ser salvados; quieren ser admirados por salvarse a sí mismos (y, de paso, al resto de la humanidad). Así que asiente, pon tu mejor cara de lástima y, si puedes, añade algo como: «No sé cómo lo haces; yo no podría«. Porque, si algo disfrutan más que el sufrimiento, es el aplauso que viene después.

@Emecé Condado


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