(Serie Cartas desde la otra América)
Alejandra, siempre alejándote.
Se suman más de cinco décadas, dos años y dos meses de tu muerte, Alejandra, y sigues siendo un misterio. Uno con paredes de musgo y alas de césped. Con el mismo deseo de batirse que de cesar. Con la contradicción como velorio alegre de versos amordazados y a la vez frescos como violetas mojadas. Poco sabemos de ti, Alejandra, salvo lo que nunca terminas de decirnos. A veces quieres decirnos Algo:
noche que te vas
dame la mano
obra de ángel bullente
los días se suicidan
¿por qué?
noche que te vas
buenas noches
y terminas diciéndonos Nada:
El viento muere en mi herida.
La noche mendiga mi sangre.
Te engarzas con Rimbaud, con Trakl, con los surrealistas, hasta con Janis Joplin, hijos de la misma simiente, de la soledad pareja en búsquedas de una Emily Dickinson:
Del otro lado de la noche
la espera su nombre,
su subrepticio anhelo de vivir,
¡del otro lado de la noche!
Algo llora en el aire,
los sonidos diseñan el alba.
Ella piensa en la eternidad.
Incluso te carcajeas con Chopin como si fuera un pianista de cuatro años que domeñara un nocturno:
Su música me lleva a un acantilado con un pájaro
que juega a oírse cantar.
Su música me alumbra en la lluvia
por donde vamos yo y una jaula vacía.
Para luego volver a lo rotundo, a lo inmenso, a lo definitivo y Azul:
mis manos crecían con música
detrás de las flores
pero ahora
por qué te busco, noche,
por qué duermo con tus muertos
Y acabarte –o nacer–, después de tanto diario, de tanta comezón de prosa, incluso de algo de relato y de teatro, como una hermosa tautología, en ti mismo, en Sólo un nombre:
alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra

Alejandra Pizarnik (1936-1972) es la poeta que hizo del cristal de su existencia una torre sólida y preciosa. Enclaustrada entre las paredes de la depresión y la ansiedad, es la creadora de una poesía puramente contaminada, como reflejan estos versos de ella que cito, y que no admiten troquelación alguna. La extracción de la piedra de la locura (1968) es para este que lee y escribe de una dimensión paralela a la de Trilce de Vallejo para la poesía moderna. Rodea además el misterio de su creación poética con un monumental Diario, o maravillas de prosa torrencial como el relato La condesa sangrienta, sobre la vampira Báthory. Poseedora de una cultura enorme, donde caben tanto poetas y literatos (Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Rilke, Kafka, Faulkner…) como artistas. El cuadro que ilustra esta carta, El ojo verde (1944), es de Chagall, una de las debilidades de la poeta. Muere con 36 años, tras el desgraciado encuentro entre un fin de semana de permiso del psiquiátrico de Buenos Aires en el que pasaba sus días y una sobredosis de seconal.
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