Lo tenían encadenado a aquella silla. Era un precioso lobo siberiano; en su mirada solo se reflejaba la tristeza. De pronto, la puerta salió volando con una fuerte explosión. El lobo se agachó, pero la cadena tensaba su cuello y no podía moverse. Las fuerzas especiales estaban realizando un registro al que asistía él sin poder moverse. Ella entró y lo primero que dijo fue: «No os he dicho que lo primero es el…» señalando al precioso lobo que, en cuanto la vio, comenzó a tirar de la cadena.
«Tranquilo, precioso, ahora te suelto», dijo, cogiendo una cizalla. Fue a cortar la gruesa cadena con la que estaba atado a la silla, que estaba ferreamente anclada al suelo.
«Hola, precioso, ¿te han hecho daño?», dijo ella con su melosa voz. Él la lamió dulcemente el rostro.
El resto de los agentes asistía incrédulo a tal escena. Ella les dijo: «Este hermoso lobo tiene más humanidad y más bravura que vosotros juntos, así que ya os podéis cuadrar ante él».
«Vamos, campeón, te has ganado un buen plato de carne de wagyu.».
El lobo alegre la siguió, meneando la cola con alegría. Los había guiado hasta el escondite del mayor mafioso del mundo.
Ella, su adiestradora, lo quería muchísimo, pues fue un regalo de un muy buen amigo que desapareció en unas maniobras.
Siempre creyó que regresaría junto a ella, pero mientras él no regresara, cuidaría con mimo y amor a aquel precioso lobo siberiano, el cual la protegía con fiera determinación.
Imagen generada por IA
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