La sociedad posmoderna, sobre la que camina nuestra compleja y vacilante vida, nos regala en cada vereda de su itinerario considerables privilegios, grandes oportunidades y no pocos retos que afrontar. Uno de estos desafíos nos afecta como personas singulares, pero también como integrantes de esa misma sociedad.
Cada uno de nosotros nos enjuiciamos categórica e incondicionalmente autónomos y con una identidad propia e irrenunciable. Llevamos el “yo” como bandera de nuestra intransferible e inalienable personalidad. Somos una sola persona, exactamente una, con una propia y exclusiva identidad.
Excepcionalmente, existen patologías que invalidan y refutan esta usual y general convicción. Es contrastable que en la sociedad existen personas que batallan con distintos alter egos propios, si bien en cada momento cada uno de esos egos toma el protagonismo sobre los demás. Fue en 1791 cuando el médico alemán Eberhardt Gmelin descubrió en su consulta de Heilbronn (Alemania) a una paciente germana que comenzaba a hablar en francés o en alemán con acento francés. Gmelin dedujo que la personalidad primaria de aquella paciente era la alemana y la secundaria era la francesa, inferencia que dedujo de la conducta de aquella joven que cuando su yo actuaba como francesa podía mencionar recuerdos de su persona, en cambio, cuando su yo era el alemán desconocía absolutamente cualquier vivencia de sí misma en su versión del yo francés.
En 1917, Doris Fisher era una paciente que presentaba cinco personalidades distintas en la consulta con sus médicos. La personalidad primaria aparecía muy poco, pero cuando su personalidad emergía como Margaret, se autolesionaba para dañar a la personalidad primera.
En la película titulada Las tres caras de Eva se reproduce la historia real de una ama de casa que sufría un trastorno de personalidad múltiple.
Bien conocido es el caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde, la famosa novela de Stevenson. Está inspirada en un caso real, el del joven Louis Vivet, un hombre nacido en París en 1863, hijo de una prostituta, que después de ser maltratado por su madre y dedicarse a la delincuencia ingresó en un correccional; posteriormente, en 1880, entró en un psiquiátrico convirtiéndose en el hombre con diez personalidades distintas.
Estos casos reflejan, evidentemente, problemas patológicos relacionados con personalidades múltiples, conocidos como trastornos de identidad disociativos (TID), caracterizados por la presencia de dos o más identidades distintas que alternan en el control del comportamiento de una persona. Desde un punto de vista sociológico, son casos limitados en la sociedad. Pero también existen problemas sociológicos similares que afectan a toda una sociedad que ha perdido su yo y se ve obligada a vestirse cada día con diferentes identidades. Por eso la duda nos acosa al encontrarnos con alguien que conocemos, pero ignoramos con qué identidad o yo estamos hablando en ese momento.
Mi reflexión de hoy no trata de describir ni mucho menos de analizar las patologías conocidas como trastornos de identidad disociativos (TID), sino de focalizar ese problema sociológico, endémico en la posmodernidad, que presenta características similares a las patologías anteriores.
La banalidad como fundamento de los múltiples “yo”
No tomarás el nombre de Dios en vano (El segundo mandamiento del decálogo bíblico prohíbe la banalización del nombre de Dios).
El concepto de banalidad se refiere a lo trivial, a lo que carece de profundidad o importancia. Banal es lo común o lo insustancial. A diferencia de la vulgaridad, que va asociada a la soez, a la falta de refinamiento o falta de decoro, la banalidad se manifiesta en la cultura popular y en el consumo masivo de contenidos. En la sociedad actual los conceptos de banalidad y trivialidad han adquirido una singular relevancia al reflejar un cambio profundo en la imagen con la que se experimenta la vida cotidiana y se construyen los valores culturales. La banalidad reposa en las mecedoras de la superficialidad y de la trivialidad, almas gemelas de la vulgaridad, quien con orgullo hace torpe ostentación de zafiedad y de su falta de decoro.
La banalidad paga una factura de muy alto costo empobreciendo nuestra capacidad de reflexión y desconectándonos de lo que realmente importa. No obstante, esta banalidad no surge de la falta de capacidad intelectual o emocional del ser humano, sino de un sistema que prioriza lo efímero sobre lo esencial y lo aparente sobre lo auténtico. Romper con esa tendencia requiere un esfuerzo consciente pues implica detenernos a reflexionar sobre nuestras prioridades y preguntarnos qué tipo de vida queremos construir.
Estos dos vástagos -banalidad y trivialidad- injertados en los memes o patrones culturales de la sociedad hunden sus raíces en territorio filosófico, que estimula su crecimiento y con su savia les robustece de nutrientes. Lo banal brilla en la conducta social porque refleja la banalidad de las personas. Lo colectivo no existe como realidad ontológica, sino que es el resultado conceptual de lo individual; la sociedad es consecuencia del conjunto de personas, y éstas han ido evolucionando con el paso del tiempo ganando derechos, adquiriendo bienestar con las nuevas tecnologías, superando enfermedades…, pero también cediendo privilegios, asumiendo desafíos inéditos y malgastando partes importantes de su herencia ontológica. Heidegger nos recuerda que “el mundo de la vida –lebenswelt en el vocabulario de Husserl- es el escenario donde cada yo se encuentra ante el mundo” (Ser y tiempo). Existir consiste, pues, en una relación intrínseca entre el ser de la persona y su entorno. Ortega y Gasset hubiese dicho: “entre el yo y mis circunstancias”. Esa relación entre el yo y el entorno da sentido a la existencia.
Sin embargo, en esta existencia comprobamos como de un yo racional, nuclear, sólido e identitario pasamos a un yo emocional, atomizado, líquido y heterogéneo. Y muy frecuentemente, ideológico. En este encuadre, el lenguaje ha adquirido un papel central en la construcción de la nueva realidad, habiéndose perfilado sagazmente en la singular orfebrería de la filosofía posmoderna, quien defiende y promueve que las identidades se vuelvan efímeras y reemplazables ya que son adquiridas a través de bienes y experiencias diseñados para satisfacer necesidades inmediatas. Sin embargo, esto genera una paradoja, ya que mientras se exalta la individualidad, las identidades terminan siendo homogéneas e influenciadas por sistemas dominantes.
La filosofía circula en medio de todo
Parece estar fuera de toda duda que se ha producido una ruptura esencial en el yo cartesiano, donde la racionalidad labraba con el buril de su orfebrería verdades únicas y universales. Ahora, la verdad se ha devaluado porque hemos pasado de una apuesta ontológica del ser humano a un desafío epistemológico e ideológico. Y en este vodevil sociológico, la verdad, como todo lo profundo y sustancial, ha ido al paro. La actual demanda social se nutre de opiniones, habladurías, engaños, errores categoriales, mentiras… y para cada situación se crea un yo que puede contradecir a otros yo que cohabitan en el mismo individuo.
La filosofía de la sociedad posmoderna afecta profundamente a esa búsqueda de la identidad personal generando una crisis profunda del “yo”, pues diluye las identidades auténticas y prioriza la interacción social y el consumo como bases de esa construcción identitaria. A diferencia de épocas anteriores, donde las identidades estaban ligadas a factores predeterminados como el género o la clase social, en la posmodernidad el individuo asume un rol activo como arquitecto de su «yo», construyendo y reconstruyendo su identidad constantemente según sus relaciones y contextos. Este proceso refleja una multiplicidad de facetas, donde las identidades subjetivas que se van adquiriendo socialmente prevalecen sobre las objetivas que vienen de origen, permitiendo que una persona participe en múltiples identidades simultáneamente.
Esta situación la describe magníficamente Jorge Luis Borges en una breve obra titulada Borges y yo. El autor argentino explora la dualidad entre el «yo» íntimo y el «yo» público, cuestionando la autenticidad del sujeto en un mundo fragmentado. El “yo” intimo presenta a Borges como el otro, el yo de la dimensión pública y literaria. En este ensayo, Jorge Luis Borges reflexiona sobre la dualidad de su identidad. Distingue entre su «yo» íntimo, que representa su vida privada y emocional, y «Borges», su figura pública como escritor. Estas dos facetas interactúan y se confunden creándole un enigma sobre su auténtica identidad, por eso concluye: “No sé cuál de los dos escribe esta página”.
La banalización desde un enfoque filosófico es un atentado al «yo cartesiano», ya que se interpreta como la pérdida de trascendencia y profundidad del concepto de «yo» propuesto por Descartes, quien originalmente fundamentaba el conocimiento en la autoconciencia y en la certeza del pensamiento propio («pienso, luego existo»). Sin embargo, en la filosofía posmoderna, ese proceso de la banalidad convierte al «yo» en algo trivial o superficial, despojándolo de su carácter transformador y central. Desde este punto de vista, el «yo» se diluye en contextos culturales o sociales dominados por la banalidad y la sobreestimulación. La banalización desdibuja la autoconciencia racional cartesiana reemplazándola por otros enfoques más contingentes y fragmentados de la identidad.
Uno de los síntomas incuestionables de la banalidad emerge, con paso firme y avasallador, en las redes sociales. Éstas han transformado nuestra forma de relacionarnos con el mundo y con los demás fomentando una obsesión por la imagen y buscando el reconocimiento inmediato. En ese escenario, la profundidad se sacrifica en favor de lo que es «viral” o tendencia del momento (trending topic). A través de las redes sociales pretendemos mostrar lo mejor de nosotros, compartiendo fotos, ofreciendo nuestros aspectos positivos en una cultura narcisista en la que se transforma el ideal de la autoconciencia en un exagerado individualismo autorreferencial.
Es fácil detectar la invasión de la banalidad en la sociedad actual, ya que se delata claramente a través de sus manifiestos camuflajes en las distancias más cercanas, como son las conversaciones reducidas a frases cortas, las opiniones concentradas en eslóganes, las emociones condensadas en emoticonos…
En un mundo saturado de superficialidad, atreverse a elegir la profundidad es un acto revolucionario que puede incluso resultar insólito en determinados foros culturales y excesivamente sorprendente en entornos más abiertos. Defender la profundidad del ser humano y exaltar la categoría de sus valores es una invitación a reconectar con nuestra esencia humana porque nos facilita la capacidad para amar, crear y transformar nuestro entorno desde un lugar auténtico y genuino.
Somos nosotros quienes decidimos si queremos vivir en la superficie o sumergirnos en las aguas profundas del significado y de la trascendencia. En definitiva, es ir más allá de formas inconsistentes y frágiles apostando por utilizar los resortes de la reflexión. La irreflexión colectiva, como señala Hannah Arendt, conduce a un alejamiento de la realidad y a una insensibilidad emocional que dificulta el desarrollo de relaciones auténticas.
Sartre describe al yo como una «falsa representación» que bloquea el autoconocimiento al adoptar el punto de vista del otro. Lacan, sin embargo, lo vincula al «estadio del espejo», donde el yo es una ficción creada por identificaciones especulares. Ambos autores ven el yo como una construcción alienada.
El choque del tránsito de la modernidad a la posmodernidad
La modernidad había puesto su énfasis en el racionalismo cartesiano (cogito, ergo sum), colocando al sujeto en el centro del conocimiento. En aquella etapa, la razón anidaba en la coherencia y en la evidencia. Ahora, la emoción se desplaza jugando con la contradicción y conviviendo con el contrasentido, con las filias y las fobias. Es así como la posmodernidad marca la pérdida de aquel «yo» cartesiano, horizonte en el que la modernidad situaba al sujeto autónomo, racional y capaz de conocer y transformar el mundo. Ese concepto del “yo” empezó a ser desmantelado por pensadores como Nietzsche, Foucault y Derrida, quienes critican la noción de un sujeto fuerte y coherente, reemplazándolo por un «yo» fragmentado y construido socialmente. En este escenario, el sujeto se diluye en relaciones e interacciones, perdiendo su centralidad y capacidad de agencia, lo que lleva a un vacío existencial y a un nihilismo característicos de la era posmoderna.
En la posmodernidad, el sujeto ha perdido también su centro ontológico. Esta afirmación, que resuena en los discursos filosóficos y culturales contemporáneos, nos invita a reflexionar sobre el lugar que ocupa el «yo» en un mundo fragmentado, líquido y saturado de estímulos. Si en la modernidad el yo era concebido como un núcleo estable, racional y soberano, la posmodernidad ha desmantelado esos fundamentos, delatando un sujeto disperso, contingente y profundamente influenciado por las estructuras sociales y culturales. Por tal razón, surge una inquietante pregunta: ¿se ha vuelto banal el «yo»? ¿Ha perdido su dominio y sus privilegios?
El filósofo Jean Baudrillard argumenta en su obra Simulacros y Simulación (1994) que la hiperrealidad y la proliferación de imágenes y símbolos han llevado a una saturación que reduce la capacidad de las personas para experimentar auténticamente la vida. La realidad, desde este punto de vista, se convierte en una simulación de sí misma, en la que lo banal prevalece sobre lo significativo. La banalidad se convierte en una característica inevitable de una cultura saturada de imágenes y simulacros, donde el valor se ha vuelto efímero y el significado de las cosas parece claramente diluido.
En un sentido similar, lo abordó Hannah Arendt, quien ha dedicado al análisis de la banalidad un tiempo muy significativo de su carrera académica y gran parte de su vida. Arendt lo expresó de forma excelente en su obra Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (1963), en la que introduce el concepto de “banalidad del mal” para describir cómo la maldad puede manifestarse en formas comunes y ordinarias. Aunque Arendt en esa obra se refiere concretamente al contexto de la burocracia del aparato asesino de los nazis, yo considero que su concepto puede extenderse a la banalización de las experiencias y valores en la era posmoderna, en la que se banalizan lo bueno y lo malo.
La posmodernidad rechaza las verdades absolutas y las identidades fijas, cuya perspectiva se dirige a una visión del «yo» como algo fluido y cambiante. Ya lo advertía el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) analizando la banalidad del «yo» en su obra Modernidad Líquida (2000) y contextualizándola dentro de una sociedad marcada por la fluidez, la superficialidad, la carencia de estructuras sólidas y un excesivo individualismo. Para Bauman, las identidades se vuelven efímeras y superficiales porque son moldeadas por el consumismo, el relativismo y la necesidad de adaptarse constantemente a cambios rápidos y fugaces. En la vida posmoderna, lo trivial, lo efímero y lo superficial prioriza sobre los compromisos esenciales y sólidos. Y eso se refleja en las relaciones humanas inestables, en la obsesión por las novedades, en participar en las redes sociales y en todo aquello que sirve como evasión de la realidad y en el olvido de una comprensión auténtica del ser.
La «banalidad del yo» es, pues, un síntoma de una cultura que idolatra lo pasajero y exculpa de toda responsabilidad a los compromisos profundos. El filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky indica que ese individualismo narcisista fomenta apatía y vacío existencial. El mito de Narciso es una representación oportuna para expresar la banalización del yo. Narciso, absorto en su propia imagen reflejada en el agua, resuena con la obsesión por la autoimagen y la superficialidad promovida por redes sociales y consumismo, donde el yo se convierte en un objeto banalizado, centrado en la apariencia y carente de profundidad reflexiva.
Y todo eso influye negativamente en la ética, puesto que se debilitan los vínculos humanos y se reducen las responsabilidades personales. En una sociedad líquida, los vínculos humanos son transitorios y las relaciones carecen de compromiso. La verdad, el compromiso, la responsabilidad, la amistad, la empatía, el respeto, la reflexión crítica… quedan banalizadas en la mentira o cambio de opinión, en la despreocupación e irresponsabilidad, en el interés personal, en el acoso, en el relativismo y en la aceptación de ese «yo» performativo basado en dependencia de las validaciones externas. Por eso, este nuevo y excitante paradigma desvía al individuo de reflexionar profundamente sobre su existencia sumiéndolo de modo irremediable en una vida banal.
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