martes, mayo 19 2026

Las pescadoras por Ricardo Mazzoccone

Como cada mañana, las amigas estaban a la orilla del mar haciendo su trabajo.

—¡Victoria! ¡Qué pasó anoche? Escuché gritos y llanto. ¿Eras vos?

La mujer no le contestó a su amiga Hebe.

—Te estoy hablando. ¡Contéstame por favor! ─ Dijo levantando la voz.

—¿Qué querés que te diga Hebe? ¡Si, sabés que siempre regresa borracho del bar! Y es agresivo. ¡Y me insulta y me pega…y déjame en paz!

—¿Y cuándo lo vas a dejar? Desde que te casaste hace tres años que tu vida es un infierno con ese hombre. Déjalo de una vez…o mátalo.

—Por Dios mujer, como decís eso—Dijo Victoria y se persignó.

—No seas boba mujer. No serías la primera ni la última. A ver… ¿Cuántos hombres han muerto en el pueblo en el último año? ─

─Muchos. Dicen que es muy raro.

—Raros mis ovarios Victoria. Todos los que murieron eran borrachos y golpeadores.

Sus mujeres, cansadas de tanto maltrato, acudieron a doña Matilde.

—¿La bruja? Es una locura…no…no… ¿Y entonces?

—Que les dio su merecido, desaparecieron en el mar, o se cayeron de los botes y se ahogaron o amanecieron en sus camas, con los ojos abiertos, muertos.

—¡Ay Dios! ¿Cómo es posible? No y no, basta, no quiero hablar de esto. Ni pensarlo.

No perdamos tiempo que debemos llenar diez cestas más con pescado limpio.

—Como quieras Victoria. Solo espero que no te siga lastimando ese idiota.

Trabajaron toda la mañana sin descansar. Al llegar a la cuota requerida, entregaron las cestas, recibieron su paga y cada una se fue a su casa.

Al llegar, Victoria se encontró con el peor de los escenarios.

Al entrar, escuchó gemidos en su dormitorio y corrió hasta allí, sintiendo una primitiva lanza que le atravesaba el pecho. Al abrir la puerta halló a Tomás, su esposo, con una mujer en la cama. Era Anna, su mejor amiga. Se conocieron siendo niñas.

Victoria salió corriendo. Su infiel marido fue tras ella intentando explicarle lo inexplicable, pero no la alcanzó. La mujer tomó un atajo que conocía y llegó a la playa, lejos de su casa. Caminó un largo trecho, esquivando redes, canoas en reposo, peces muertos en la arena, gaviotas y otras aves, picoteando aquellos restos.

La luz se apagaba y el horizonte se tornaba rojo. Victoria no dejaba de llorar y de maldecir su suerte. Su corazón se deshizo con la espuma de las olas, que mansas llegaban a la orilla. Su destino era el fondo del mar. Pasó la noche debajo de unas palmeras. La luna se escondió y pocas eran las estrellas
que la alumbraban. La tristeza de Victoria no tenía fin, como el mar que se mecía y
mecía, melancólico. El mundo había perdido sus colores para ella. Durmió de a ratos, pensó mucho y decidió.

Con el sol sobre su cabeza caminó hasta la casa de la bruja. Al llegar tocó la puerta. Se escuchó una voz desde adentro.

—Pasa, está abierto Victoria.

La mujer hizo caso.

—Permiso doña Matilde. Buen día.

—Buen día niña, te estaba esperando. Sentate por favor y contadme que trae por aquí.

La joven le contó todo con lujo de detalles. También de la conversación con Hebe.

—Bien, bien. Entonces, decime porque estás acá. ¿Qué puedo hacer yo para ayudarte?

─Dígame usted doña Matilde que puede hacer y qué puedo hacer yo. Sinceramente no quiero que le pase nada malo a nadie, pero estoy muy triste y enojada. No tiene derecho a hacerme lo que me hace. Me maltrata, me pega y encima me hace cornuda. Lo peor es que lo hizo con mi mejor amiga Anna. ¿Qué hago doña Matilde? Quiero que pague por lo que me hizo.

─A ver, déjame pensar. Para empezar sos demasiado joven y bonita para que un hombre te trate así. En este pequeño pueblo los buenos hombres no abundan, pero hay. Y sé de alguno que daría cualquier cosa por estar con vos, trabajador, honesto, con ganas de tener una familia grande. Y es el mismo que siempre te gustó. Él está enamorado de vos desde que eran adolescentes. El problema es que es muy tímido y lo único que hace es trabajar. Es el primero que está con su bote en el mar, al amanecer y el último en volver.

Sabés que hablo de José.

— ¿En serio doña Matilde?

—Te lo juro niña.

A Victoria se le iluminaron los ojos

—Pero bueno, no nos distraigamos. Vos viniste a que yo matara a Tomás. Es lo que te contó Hebe. Bueno. Decime como querés que lo mate y también que querés hacer con tu amiga Anna.
Victoria tembló. Un tétrico escalofrío corrió por su cuerpo.

─Y…y… ¿Cómo sería?

─Mediante conjuros, invocando a la oscuridad. Una muerte sería con un cuchillo clavado en su corazón por un extraño en medio de la noche. Otra sería ahogándolo, metiéndole un demonio en la garganta mientras duerme. La mas usada es la que se duerme cuando está en el bote, en el medio del mar. Se cae y se ahoga. ¿Cuál te gusta?

Victoria estaba aterrada, no podía moverse ni articular palabra.

—Y con respecto a tu amiga, tengo muchas más opciones. La que se te ocurra se la hacemos. Decidí por favor.

—Déjeme pensarlo un poco doña Matilde—Dijo y salió de la cabaña para pensar mejor. Victoria caminaba nerviosa alrededor de aquella vivienda, pensando en los que le hicieron daño y en ella.
Luego de un buen rato, entró en la casa, se sentó frente a la bruja y dijo:

—Ya tomé una decisión. No quiero que le haga nada a nadie. Estoy segura que la vida se encargará de ellos. Sus acciones son asquerosas y solo cosas malas recibirán. Me iré de aquí, llegaré a mi casa, tomaré mis cosas y me quedaré en el pueblo. Espero que Hebe me brinde albergue por algunos días. Hasta acomodarme.

—¡Ay niña, que feliz me haces con tu decisión! ¿Sabés una cosa? Sos la primera que no me pide que lo mate. Todas las que vinieron acá lo hicieron y ¿Sabés qué? Ninguna la está pasando bien. Algunas se enfermaron, a otras se les enfermó un familiar, o tuvieron un accidente. Todo vuelve mi querida Victoria. Te irá muy bien en la vida. Serás muy feliz. Y quédate tranquila que algo muy bueno te ocurrirá.

Victoria estaba emocionada con aquellas palabras. Se despidieron con un beso y un gran abrazo.
La mujer estaba feliz con su decisión. Caminó hasta su casa por la playa. Sintió como el mar le devolvía su corazón. Los colores regresaban más fuertes, brillantes. El mar y el cielo se fundían y se hacían uno. Al llegar a su casa tomó sus pertenencias, unos pequeños ahorros que había escondido y
sin mirar atrás se fue para nunca más regresar. Hebe le brindó su casa sin retacear. Durante un mes salieron juntas a trabajar, regresaban, descansaban, se divertían, caminaban por el pueblo y reían en las noches tomando vino y contando historias.

Victoria no se alegró de ver a Tomás pidiendo limosna en las esquinas. Había perdido un brazo y un ojo en un naufragio y ya no podía embarcarse más. Tampoco de ver a Anna, trabajando de sol a sol para mantener los cuatro hijos que tuvo con Tomás. Pasaron los días, entre tristezas, muchas alegrías, asombro e incertidumbre por el futuro. Hasta que aquello que le había vaticinado doña Matilde ocurrió.

Estaba limpiando pescado y llenando cestas cuando escuchó la voz de un hombre que la llamaba.

─Hola Victoria.

La joven levantó la vista y era él, José. Pareció que el mar vibraba.

Ese fue el comienzo de una hermosa historia de amor que terminó con ellos en el mejor de los paraísos. Al tiempo se casaron, tuvieron seis hijos y murieron juntos, en paz. Tuvieron una vida feliz.

@Richard


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