Ha sido nada más levantarse, cuando se estaban vistiendo. Es un soleado día de octubre. Ella no reacciona de momento. Pensativa, vagamente adusta, se abrocha el vestido, da media vuelta y sale del dormitorio. Esta vez no va a dar un portazo como es habitual en todas y cada una de las peleas que tiene con Aristóteles. Cierra con extremado mimo la puerta. Una vez fuera, a salvo de la mirada de él, empieza a temblar. Se pone las dos manos sobre el pecho en un gesto instintivo, como para evitar que el corazón se desboque. La cara crispada de dolor por la humillación, pero también por la ira. Deja transcurrir unos segundos… Se encuentra de pie, estática, sobre la impresionante alfombra Kirman, frente a al trio de tablas góticas que compró junto con él en Londres, con esas figuras hieráticas que la miran indiferentes, y bajo un espléndido chandelier de Bohemia. Pero está saturada de angustia, de sentimientos encontrados, como lo estaba la pequeña María en Atenas, fea, demasiado gorda y tan privada de cariño… tan necesitada de un beso o un abrazo por parte de su madre. La mezcla de crueles contradicciones tiñe todo a su alrededor de pesadumbre. Hasta la luminosidad del día se contagia de una opacidad repentina que desdibuja los objetos a su alrededor.
¿Qué puede hacer ahora? Siente el mareo ascendiendo desde el estómago. Se pone tensa. No, no es el mareo de nuevo, es el miedo y la memoria del mareo. Porque no está embarazada. Ni lo volverá a estarlo. Necesita sus pastillas, ¡por Dios! ¡Sus pastillas! Y el frasco está dentro de la habitación. Se mantiene quieta, en la misma postura, esperando que él salga, que dé la cara. Pero Aristo no sale. Tendrá que ser ella quien dé el primer paso. Quizá todo ha sido un malentendido. O no, pero lo que está claro es que se lamentará de abandonarla por Jackie. Aún no puede creer que él, tan frío para sus decisiones, pero tan pasional para las mujeres, se haya podido prendar de ese figurín inexpresivo, ese espantajo, que ha creado su vida y su imagen en torno al simple hecho de haber sido elegida, en su momento, por el que fue el hombre más poderoso de la Tierra, una elección de la que a buen seguro este se arrepintió. Aunque sabe bien que Aristo no es John F. Kennedy. Aristo no se arrepiente de sus decisiones, sobre todo de esas que deberían ser difíciles y duras de tomar porque conciernen a los demás, o, mejor dicho, hieren profundamente a los demás. Sus decisiones son como él mismo, expeditivas y fulminantes. Lo acaba de demostrar una vez más, ahora con María. Y ella está aquí, tiene que respirar hondo y entrar de nuevo en la habitación. Luego ya decidirá cuál es el próximo paso. Entra y se queda delante de la puerta, con la mano aún sobre la manilla.
Aristo lleva la camisa aún sin abrochar y el pelo revuelto sobre la frente. María lo mira, pero a hurtadillas; algo le impide afrontar su mirada con firmeza. Exhala un suspiro, y cuando va a hablar, él se le adelanta:
—No tengo ganas de bronca. Ya lo hemos hablado —hay desdén en su voz.
—Lo has hablado tú… como siempre. Pero supongo que tengo derecho a que me escuches ahora —ella intenta hablar con serenidad, pero es consciente de que no tardará en perderla.
—No tengo ganas, ya te lo he dicho —mientras le responde, hace ademán de salir de la habitación.
Ella se apoya en la puerta con actitud de impedirle el paso.
—¡No, no, no! Vas a escucharme.
La mirada de Aristo hubiera sido respuesta suficiente para muchas en su situación, pero María está ya fuera de sí. Como era de esperar. Como siempre ocurre en sus desavenencias. Ya ha perdido el control y está gritando:
—¿Qué he hecho mal? Dime qué he hecho mal para que me dejes ahora por esta … esnob, por esta… prefiero no decir lo que opino de ella. ¿Cómo puedes haber cambiado tanto? Nos estábamos burlando de sus afrancesamientos, de sus gilipolleces… ¡Hace solo una semana!
María ha ido subiendo la voz y acercándose a una mesa policromada. Coge un candelabro de porcelana que hay sobre ella, se gira para dar la espalda a Aristo, lanza un bramido, mezcla de dolor y rabia, y lanza el candelabro contra la pared. Él retrocede unos pasos y se sienta en un sillón frente a la mesa. Juguetea con un cenicero mientras lo mira, buscando seguramente las palabras más adecuadas para calmar la situación y poder irse, poder dejar atrás ese escenario que ya le está pesando demasiado. María lo mira sin pestañear. Ha conseguido de él que por lo menos se digne buscar alguna explicación, que le dedique aunque sea dos frases a su dolor y su desesperación.
—No vas a convencerme de que tú y yo íbamos precisamente bien como pareja. Te has cansado de reprocharme mis infidelidades, pero ¿te tengo que recordar las tuyas? No somos lo que se dice un ejemplo de virtud. Ninguno de los dos. Que quede claro. Y si yo me intereso ahora por Jaqueline, lo siento, pero es exclusivamente un asunto mío.
Ella no contesta. No puede ni quiere articular otra palabra. Se queda de nuevo inmóvil, observando los restos del candelabro sobre la alfombra, dudando qué hacer a continuación. Simplemente quieta. Como si quisiera retrasar al infinito el inevitable próximo movimiento por parte de cualquiera de los dos. Oye cómo él recoge algo, y luego la puerta como se cierra.
Ya a solas se sienta en el borde de la cama, muy al borde, vagamente llorosa, furiosa también consigo misma, absurdamente enamorada de él. ¿Podré continuar viviendo? ¿Volver a mi vida de antes? Visualiza por un momento un futuro sin él, sin sus gin-tonics al atardecer en el yate frente a Hydra, sin sus fiestas.
Siente ya, desde este momento, la desazón de una soledad no elegida. Todo ha acabado. No tendrá más remedio que reinventarse. Otra vez. Una vida sin Aristo. Y será ahora una de esas almas con itinerario errante. Mira a su alrededor, como para descubrir qué nivel de dependencia tiene hacia todo ese lujo que la rodea en el dormitorio. Le da la impresión de escenario, un escenario allí dispuesto a recordarle las últimas palabras de Aristo, que siguen ahí, en el aire, correteando de una pared a otra. Le es imposible dilucidar cuál de los muchos sentimientos que le embargan es el más significativo. Debilidad. Ese sí está claro, el sentimiento de debilidad. Hasta el punto de que su cuerpo se desliza por el lado de la cama hasta caer al suelo, sobre la alfombra y sobre sus piernas dobladas. Escucha su propia respiración y se sorprende de ella misma por no poder llorar de nuevo. No ha sabido expresarse frente a él. No ha sabido transmitirle todo su dolor cuando buscaba desesperadamente su empatía, por lo menos su empatía.
Es tristemente consciente ahora de que la suya no ha sido una relación de mutuo amor. De que él no deseaba a María, sino a la diosa entre las diosas, la diva entre las divas, sobre todo porque en este caso era además una diosa griega. Y nada más, no había sentimientos por su parte, seguramente porque, a estas alturas, es absolutamente incapaz de sentir. Ella sí ha sacrificado, sí se ha entregado… Su Tosca del Covent Garden, tres años atrás, no fue la misma Tosca de sus mejores años. Y solo tenía cuarenta y un años. Hay culpa en ella, ¡claro que hay culpa! Porque no se pueden perder facultades vocales a los cuarenta años. ¿Qué ha sido pues lo suyo? ¿Un sacrificio, una entrega al gran amor de su existencia? ¿O es que simplemente se dejó seducir por esa vida fastuosa de excesos y privilegios extravagantes?
Tenía que haber previsto este desenlace. Tenía que haberlo supuesto la noche anterior. Y haberse preparado para recibir el golpe. Porque fue obvio. Durante la cena, Aristo desplegó todo un abanico de señales inequívocas, cargadas de significados más que subliminales. Su hospitalidad, su cortesía hacia los invitados, incluso exagerada en ocasiones, ponía más en evidencia la frialdad hacia María. Y ella, a pesar de su congénita dificultad para entender ese tipo de mensajes, sí recuerda que empezó a alarmarse. De pronto se vio a sí misma deseando con demasiada vehemencia que él cambiara de actitud, que le demostrara una vez más su devoción delante de los demás. La de la noche anterior ha sido una situación nueva, frente a la cual se ha encontrado sin recursos.
Ahora ha regresado a Nueva York, donde empezó el periplo americano. Larry, su agente, sigue con ella: ha conseguido que la cadena de radio de Dallas no emita esa entrevista tan desafortunada, la prueba definitiva de la depresión que arrastra, de sus vacilaciones, de sus problemas emocionales y, con ello, de su decadencia. Hoy, Larry le ha programado su reaparición en público. A lo grande. La soprano Renata Tebaldi inaugura la temporada del Metropolitan con Adriana Lecouvreur y ha aceptado el esperado reencuentro Callas-Tebaldi delante de la prensa, en la zona de camerinos, para aparentar naturalidad. Aunque la realidad es que está todo previsto y calculado.
Frente a la entrada principal del teatro, María baja del coche, radiante, aparentemente recuperada, y Larry la toma del brazo. Ella lleva un aderezo espectacular: collar, pulsera y pendientes de enormes esmeraldas, a juego con el vestido largo de satén salvaje. Y cuando se dirige va al encuentro de la Tebaldi y se abrazan, la prensa capta una lágrima en su rostro. ¿Falsa? ¿Genuina? Nunca se sabrá. Probablemente ni la propia María podría contestar esta pregunta. Está extasiada, flotando en una nube, fascinada por el alboroto que se ha organizado en el teatro al hacer su entrada como espectadora de honor. Pero ¿se siente en realidad con ánimos para volver como artista? ¿Para recuperar el estatus de gran diva y notar de nuevo en la piel la adoración del público como la está notando ahora? Cuando aparece en el palco, el público se pone en pie. ¡Ha logrado eclipsar a Renata Tebaldi! A quien le estaba reservado el papel de protagonista esta noche, dentro y fuera del escenario. El público está en pie por ella, por la Callas. Se oyen gritos desde los pisos superiores:
–¡María, vuelve! ¡Te esperamos! ¡Vuelve!
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