Katia celebró sus 19 años en Estocolmo. Desde que abrió los ojos sintió la seguridad y plenitud de que ese día sí alcanzaría la medalla de oro que en otras Olimpiadas se le había escurrido de las manos.
Se levantó eufórica y despertó a sus otras compañeras del equipo femenino de atletismo, y entre bromas, alientos y esperanzas, Katia comandó aquel grupo al gran comedor del Complejo deportivo donde ya desayunaban las altas autoridades del Comité Olímpico de su país, realmente gente que nunca había visto y que más eran amigos del presidente de su país, y amigos de los amigos del presidente de su país, y amigos de los amigos de los amigos del presidente de su país; gente que se tomaba fotografías con los mozos, con atletas de otros países, daban declaraciones a la prensa,
salían a parrandear de noche y compraban souvenirs en las tiendas suecas que se habían vestido de fiesta.
Ese día ellas competirían en salto largo, lanzamiento de jabalina y martillo, y Katia volvería a correr los cien y los mil metros planos. Era su oportunidad de oro. Comió como una mística, como una monja entregada a interiores pensamientos y grabando en su alma las palabras: “Voy a lograrlo. Esa medalla es mía. Haré que mi país se sienta orgulloso de mí. Pondré esa medalla en el cuello de mi madre. Me recibirán como una héroe. Correré como jamás nadie pudo hacerlo. Verán las piernas más veloces del planeta.”
Casi todo estaba dado para que Katia cumpliera con su más grande sueño, pero un accidente, un fatal accidente le impidió alcanzar aquella medalla a sólo minutos de lograrlo: ¡Despertó!
Abruptamente despertó y se vio en su habitación. Sintió una amargura incontenible e intentó volver a dormirse ¡tal vez volvía a las pistas de Estocolmo −como en los cuentos de Cortázar−! Pero era imposible. Logró sentarse y aceptó su entorno, su vida, su condición. Aceptó su cama, la puerta, el cartel de las pasadas Olimpiadas en Estocolmo, su diploma de bachiller, y su silla de ruedas al lado de la cama.
@Joaquín Lourido – A Coruña narración
@imagen IA
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