1
Miguel, para este punto ya debes haberte dado cuenta que no me fui a ningún viaje a España. Mis papás nunca han sido buenos mintiendo, ni siquiera cuando se trata de cuidar ese molesto sentido de orgullo familiar que tanto veneran. No podían aceptar el hecho de que hijo prodigo hubiese decidido distanciarse del núcleo, sumergirse en las entrañas de la tierra, para encontrarse así mismo, para encontrar la seguridad que la superficie nunca proporciona. Me cansé del mundo parcero, del mundo y de la hipocresía, de las sonrisas falsas, de los besos falsos, de los impuestos y las puritanas de barrio. Se que vos tampoco estas conforme con lo que te toca, sé que por eso andás metido en cuando movimiento juvenil arman en Cali, yo no siento esa clase de sentido de pertenencia con la especie, esa fuerza avasallante que debe tener el marchar de todo joven revolucionario. A mí me tiene sin cuidado si el país se hunde en un letargo fascista o si la izquierda incapaz decide seguir hablando mierda en bares de corte bohemio, mientras los de abajo no pueden aspirar ni a las cloacas.
No fue fácil encontrar con que escribirte, no quería verme expuesto a la superficie. Así que le pedí a unos primos de Arturo que me consiguieran así fuera unas cuantas hojas y un lapicero. Se que eres un hombre aséptico, así que me disculpo por las manchas en las hojas, hace mucho que no me doy un baño, no es necesario, no me hace falta, así mi piel se expone menos a ser penetrada por algún virus de esos que proliferan en este entorno. No me siento solo aquí, de hecho, estoy acompañado por más de doscientos maravillosos seres, entre todos cooperamos para encontrar comida y crear pequeñas rutinas; es la rutina el único esquema que puede mantener al hombre cuerdo. Vos sabés que nunca tuve problema con cumplir parámetros, de hecho, disfrutaba cuando sabía que al final de la semana, nuestras huidas a las afueras de la ciudad serian la catarsis propicia para despojarme de la falsedad. No te imaginas cuanto sigo odiando la hipocresía Miguel, el engaño asfixiante que es la especie humana, creo que lo único que extraño de convivir con ellos, es la facultad de ejercer el lenguaje. Aún sigo leyendo mucho, pana, mis compañeros me traen un libro cada vez que pueden, los roban de todo tipo de lugares, el ultimo que leí fue Adiós a las armas, del maestro Hemingway, sé que no te gusta la guerra y que por eso te dedicas a desacreditar milicos; pero este libro te podría encantar. No creas que irrumpí en tu casa, está correspondencia arribó a tu escritorio de formas que aún no son perceptibles para tu acondicionada mente, pero pronto te darás cuenta que mis métodos a pesar de ser poco convencionales, no pueden ser contrarrestados. He encontrado la forma de conectarme con el ser primigenio que, habitada en mis entrañas, con el mamífero resiliente, con la bestia lucida. Pienso, que este es un paso en la escala evolutiva, o tal vez una involución, en casos como este perder solo supone aprender a ganar con más ahínco; estoy mucho mejor aquí abajo. Bueno, es momento de despedirme, nos veremos pronto Miguel, aun no puedo visitarte, porque estoy lidiando con unos problemas legales. Los del acueducto municipal quieren habilitar una cámara de desechos abandonada y aquello supondría dejar sin hogar a muchos de mis nuevos hermanos, no puedo permitirlo. Un saludo a fraterno a Laura y a tus papás. No te olvides del libro que te dije, te prestaría mi ejemplar, pero se unto de mierda hace un par de días.
Jaime.
2
No hay nada que disfrute menos que salir de vacaciones, hacerlo significa tener que pasar dos meses enteros en la casa de mis padres. No es que haya algo malo con la casa de mis padres, es amplia, cómoda y huele a ambientador de cidrón. Es un buen lugar para abstraerse del mundo y reírse al ver la falsedad en la que se arrastra la clase media. Y es que el salario no alcanza para los lujos que la sociedad dictamina para mantener la balanza desequilibrada. Pero nadie se percata, con las aspiraciones llegan los créditos, con los créditos las deudas y en menos de nada tienes media alma embargada por interese de mora. Es todo un show ver como en vez de optar por otro estilo de vida se aferran a la estética decadente de un aspirante a burócrata. No obstante, eso no es lo que me molesta de la casa, mi verdadero suplicio es a causa de las ratas. Si, esos pequeños roedores, molestos y fértiles. Se reproducen más rápido, de lo que se hace el dinero para pagar otra sesión de fumigación, y como mis padres trabajan el día entero y llegan en la noche exhaustos por su condición de esclavos, no se ven afectados por los múltiples ruidos que los pequeños mamíferos emiten. Se bien que son vacaciones y si uno tiene sueño puede dormir hasta arrullado por un conjunto vallenato. Pero es que yo uso la noche para trabajar en mi historieta, suelo demorarme horas esquematizando, escribiendo y dibujando a mano cada página. Debo entregar un adelanto para el mes entrante, o si no, no habrá más pagos para abonar al arriendo y sostenimiento de mis vicios. Hablo de vicios como si fuera todo un degenerado, no, lo único que hago es fumar. No lo hago de manera compulsiva, tres o cuatro cigarrillos al día, más que todo después de las comidas y antes de dibujar. Nunca fumo al desayuno, porque como me desvelo dibujando siempre despierto después del mediodía.
El problema de las ratas es algo que, a mi perspectiva, podría afectar la salud de la familia entera, mi papá dice que soy muy endeble, que debería dejar de quejarme tanto; el no tiene que dormir justo abajo de donde las alimañas tienen su nido. EL cuartel general de las alimañas son unos cajones viejos donde reposan mis juguetes de infancia. He tratado de rescatarlos, pero no puedo con el olor de la orina de esos animales. Hoy, decidí comprar un veneno que la gorda de la tienda del barrio afirma que elimina plagas de ipso facto, le dije que me diera dos sobres y media de Marlboro rojo. Si no funcionaba un sobre, me preparaba el otro con un buen café y al menos muerto no tendría que escuchar los molestos chirridos. Después de aplicar el veneno según las recomendaciones de la etiqueta, decido fumarme un cigarro, el previo a mi sesión diurna de dibujo. He avanzado lo suficiente en el proyecto como para darme un respiro, pero el arte es un oficio que aprieta al ejecutor, que no desaprovecha el talento de un virtuoso y logra implantarse sin dar tregua. Al girar la cajetilla para arrancar el plástico protector, no puedo evitar reírme ante la imagen de advertencia, esas que ponen para que uno deje el vicio y tome conciencia. No conozco el primero que haya dejado de fumar por aquella campaña, para mí que es como para que las entidades reguladoras y los activistas dejen de joder. En fin, la imagen, muestra una rata muerta sobre un fondo blanco; no solo está muerta, también famélica, más patético que una rata muerta es una rata desnutrida. Bajo la imagen se lee en una tipografía agresiva “Fumar causa cáncer de pulmón”. No me parece gracioso el cáncer de pulmón, no soy tan miserable, lo curioso fue que usaran una rata para publicitar la campaña. ¿que era? ¿Una rata adicta a la nicotina? No puedo evitar imaginarme un pequeño roedor con el cigarrillo en las patas delanteras, fumando en la rivera de algún caño maloliente. Pienso en las ratas que habitan el cielorraso de la casa. Las desgraciadas deberían morir de cáncer de pulmón, que paguen por mi insomnio estacional, por los desequilibrios que me han causado. Extraigo uno de los cigarros de la caja y me dirijo al lugar donde apliqué el veneno para ratas. Justo al lado de la pequeña gota de gel, deposito una unidad de Marlboro rojo, riendo, de mi propia estupidez. Subo a mi habitación adaptada ahora como estudio de dibujo, con bocetos de mis personajes pegados en las paredes, un desorden monstruoso y el olor de un hombre adulto después de unos días sin bañarse. ¿Para qué me bañaría si lo mas lejos que salgo es a la tienda del barrio? Nunca me interesó mucho el concepto de belleza que se maneja en las grandes urbes, se prostituye el verdadero sentido estético y los rincones donde el arte es bello por no ser forzado quedan relegados al lastre de ser denominados zonas de tolerancias; la poesía está en las calles, en las putas, en los niños de rasgos finos que corren tras una pelota luciendo peinados extravagantes, en las mujeres de piernas torneadas por las extensas caminatas de laderas, en los viejos que se disputan la vida entre partidas de domino; la burocracia jamás se dará el lujo de conocer la belleza de comer después de un largo ayuno.
Dibujo un par de viñetas, nunca me siento satisfecho con el resultado, pero si no tomo pequeñas pausas activas mi mente se satura, decido bajar a prepararme un café, casi es la hora en que mis padres regresan del trabajo y como mi rutina se ve alterada las pocas horas en que deambulan por la casa, no podre dibujar bajo el cobijo de un silencio casero. Cuando pelado no se me pasaba por la cabeza llamas a mis padres viejos, pero el tiempo es inefable y las canas ya arrecian en las sienes de mamá. Uno piensa que la edad aplaca a las personas, las torna sabias y enfoca las fuerzas negativas hacia destinos más nobles; con mis padres ocurre lo contrario, aún tienen la energía para desestabilizar la armonía de la casa con discusiones insulsas, en las que se tratan con furor cuestiones como: ¿Por qué hiciste los huevos fritos si te dije que los quería revueltos? ¿porque le respondiste el correo a tu secretaria con un “hola” y no con un “buenos días? ¿Qué problema tienes con que visite a mi madre tres veces por semana? Quiero casarme algún día, pero si mi matrimonio se parece en algo al de mis padres, abrazaría de buena gana una eternidad de soltería.
Enciendo la estufa y lleno la tetera con agua. Mientras espero que hierva le doy un vistazo a el veneno para ratones, me sorprende no encontrar por ningún lado el cigarrillo, busco en cada rincón de la sala, tal vez el viento que entra bajo la puerta del garaje lo ha empujado. Nada. Deposito otro cigarrillo en lugar del anterior, no es posible que desaparezca de nuevo. Mientras preparo el café escucho chirridos en el techo, pequeñas patas raspando desesperadas el concreto. Tanto que ha avanzado el hombre en todos los campos del conocimiento y no han podido encontrar una cura para las alimañas, para las portadoras de viejas pestes, para las invasoras de todo estado soberano. Yo, hubiese ideado algún tipo de arma biológica, selectiva, que las matara una a una sin afectar a ninguna otra especie. Un mundo sin ratas, el humano imponiendo de nuevo su complejo de superioridad, probablemente encontrarían la forma de monetizar dicha cura; se cagan en todo, es mejor atiborrarme de nicotina y perderme entre mis trazos.
3
Espero que no te moleste que te escriba con regularidad. Vi que recibiste bien mi anterior epístola, bueno, en realidad no lo vi, pero si uno de mis pequeños informantes. No creas que estoy invadiendo tu privacidad, solo le pedí que se quedara hasta que leyeras la carta. Te sugiero que te laves las manos después de tener contacto con este papel, lo último que quiero es que te enfermes con alguna vaina a la que mi nuevo estilo de vida me hace inmune. Han sido días complicados Miguel, no logré disuadir por las buenas al ingeniero que ganó la licitación para la remodelación de la cloaca, lo que te comenté en la anterior carta, lo de que los godos asquerosos querían habilitar una mazmorra olvidada. Hice todo lo posible por hablar con él en buenos términos, pero en cuanto vio mi pinta salió a correr despavorido, vociferando como un infante y dando traspiés en la huida. Los acaudalados de la superficie son todos iguales, a veces me pregunto si no quedan sobre este mundo hombres valientes. La humanidad se ha enfrascado tanto en potenciar lujos y comodidades, que ya nadie surca el camino del heroísmo, son contados los que deciden actuar ante la omisión, hacerle frente a la crueldad, atacar una y otra vez hasta poner en marcha el péndulo, reiniciar el ciclo. Como mi cita con el ingeniero fue fallida, decidí conseguir una copia de los planos del alcantarillado público. Te puedo decir que es un mierdero completo, han tenido que modificarlo como unas diez veces y la mayoría de las obras quedan a medias porque se roban el dinero de los adelantos. Nada inusual en el país del sagrado corazón. Sin embargo, el mapa me aclaró mucho sobre mi nuevo hogar, he decidido instaurar grupos de exploración, para corroborar la información cartografiada. Ojalá encuentre otra mazmorra abandonada, así tendría un plan de emergencia en caso de fallar mi arriesgada empresa. Es que ahora soy un libertador Miguel, mis hermanos dependen de mi temple, de mi coraje y habilidad. Debo guiarlos hacia la victoria, es mi deber moral, mi propósito de existencia. La evolución se ha manifestado a través de los seres más despreciados y debo ser yo, quien dirija a la nueva especie dominante hacia la victoria. Disculpa si me propaso con los discursos, pero sos el único que puede llegar a entenderme. Ese sentimiento de deber que a ti te despiertan los humanos, a mí me lo generan otros mamíferos de más noble estirpe.
Mi carta anterior fue breve por las condiciones en las que escribo y por el miedo que sentía ante tu rechazo. Temía que pensaras que había encontrado al fin la santa locura, o que todo era ficción redactada desde un miserable piso de alquiler de Madrid. No es así, pana, no lo creas a mis papás nada de lo que dicen. Yo no estoy en España, sigo en Palmira, en el mismo lugar geográfico pero un plano más puro. En el submundo, en las entrañas, en el averno, en el fétido y húmedo lugar con el que sueñan los poetas malditos. No sabes cómo me alentó a seguir el saber que leíste mis palabras con agrado. Me encuentro planeando un golpe más contundente, un poco subversivo, recuerdo que tu solías decir que las bajas colaterales deslegitimaban toda revolución; pero esos son pensamientos humanos, construcciones sociales, yo estoy más allá de lo estipulado. Arturo y los demás fundadores emprenderemos nuestra primera gran empresa. No será el golpe que ganará la guerra, pero espero que siente un precedente.
Vi que compraste un ejemplar de segunda de Adiós a las armas, espero que disfrutes tu lectura. Lo único que me haría volver a la superficie, son aquellas tardes en las que con cerveza en mano debatíamos con propiedad cada tema que flotaba sobre los tableros de damas francesas. He de ser fuerte si deseo que algún día sobre mi escriban. ¿No fantaseas con eso? Yo lo hago casi a diario, con que algún escritor atolondrado me saque del anonimato y escriba mi vida como él se la imagina y no como en realidad, fue. Seré un mejor libertador que ese payaso de Bolívar. Un saludo a doña Constanza, dile que extraño su torta de banano.
Jaime
4
He gastado cinco cigarrillos en este psicótico experimento, siempre los pongo en el mismo lugar y cuando regreso a revisar se han esfumado. Estoy seguro que son las ratas, sé que la aseveración carece de toda lógica, pero no hay nadie más en esta casa. Tanta ha sido mi sospecha, que me he obsesionado con encontrar a una de ellas con las patas en la masa. Es por eso que estoy dibujando en la sala, bajo el caballete y el asiento en el día y lo subo en cuanto llega mi madre, para que no comience con su cantaleta típica, esa que me suena como puntilla rayando vidrio. Cuando estoy vigilando los cigarrillos no desaparecen y ya ni me esmero en aplicar el veneno, si las ratas son tan astutas como para robarse la nicotina, es probable que sepan distinguir el veneno. Miguel llamó esta mañana para avisarme que vendría a dejarme un par de libros, espero que no sean esos mamotretos panfletarios que le hacen leer en las reuniones a las que asiste. Me vendría bien ver a un amigo para variar. Esto de las ratas está empezando a afectar mi cordura. Dijo que estaría aquí a las dos y son la una y cuarenta y nada, ese man siempre se adelanta a la hora estipulada. Nunca había conocido alguien tan disciplinado como él, debe ser por eso que se le da bien eso de liderar grupos de jóvenes con ínfulas de intelectuales y complejo de héroe. No digo que haya algo malo con aspirar a ser un héroe, pero es que los héroes ya no existen, solo quedan deformes acercamientos.
Tocan la puerta y al abrir veo Miguel, con su cabello suelto hasta los hombros y esa sonrisa sincera que se le da tan natural a los hombres de alma pura. Me saluda efusivo y me entrega un libro de cuero escrito por un tal Bertrand Russell.
—Los caminos de la libertad, gran libro, estoy seguro que te va a gustar, me hizo acordar la charla que tuvimos el otro día— dice, mientras se adentra con seguridad en la casa de mis padres—, parce, que casa tan grande, como te decía, trata conceptos que van desde Marx hasta el anarquismo, de forma fluida, como para vos que te quedás dormido leyendo relatos de Lovecraft.
—Dejá la bobada, a mí me gusta leer, pero no política, vos sabés lo que pienso del concepto de democracia, es pura y física mierda —digo mientras me encamino a la nevera para servir algo de beber—, ¿Queres juguito o algo?
—Una cervecita si tenés. Ve, Jaime, yo sé que vos estas medio rayado, pero ¿Que hace un cigarrillo en esa esquina? ¿Queres que tu mamá te mate a cantaleta?
No soy capaz de responderle, que pensaría de mi si le dijera que es porque creo que las ratas se los están robando. Ni siquiera me siento cómodo con la idea de que conozca la existencia de alimañas bajo mi mismo techo. Nos tomamos la cerveza mientras hablamos de temas variados, desde como su primo logró publicar de manera independiente una novela sobre Palmira, hasta porque Forest Gump es la mejor película de todos los tiempos. Incluso jugamos unas cuantas partidas de damas francesas. Cuando estoy a punto de hacer mi característico movimiento final, su teléfono suena y sin respetar la partida, contesta afanado. Es Laura, su novia, Miguel se despide afanado y abandona la casa demandando que más tarde me llamara. Siento celos, no porque me molestara que estuviera con Laura, sino porque no era la primera vez que un amigo cercano me cambiaba por una falda; ni terminamos la partida de damas, que falta de respeto. Revise la lata de cerveza y me decepcione aún más al ver que no se dignó ni a terminar el contenido. Abatido encendí un cigarro, ahí en la mitad de la sala, sin importarme que la venidera cantaleta de mi madre por el olor. Cuando llego a la mitad, noto que el olor se torna más fuerte, como si dos personas estuvieran fumando en la misma sala. Tengo que sentarme para poder asimilar la escena ante mis ojos gestándose. Una rata pequeña, con una mancha blanca en el lomo, se encuentra recostada contra la pared, fumándose el cigarrillo con gestos antropomórficos. Uno piensa que cuando se enfrenta a sucesos así el pánico o la razón toman las riendas, pero no. Mi mente se sumerge en una pasividad abrumadora y decido que lo mejor es dejar que todo fluya, sin buscar una explicación lógica, sin a correr gritando como un poseso.
—Entonces, si eras vos la que me estaba robando los cigarrillos—digo, sin esperar respuesta. Una cosa era ver a una rata fumando y otra muy distinta seria escucharla hablar. El roedor camina en dos patas, sosteniendo el cigarrillo con maestría, suelta una bocanada de humo y responde:
—Yo no he robado nada, los cigarrillos estaban en el piso y en esta casa lo que dejan por ahí tirado es por derecho mío.
—Las ratas no tienen derechos— le respondo cortante—, más bien agradezca que no cojo un palo de escoba y la muelo a golpes.
—Sabía que no podía hablar con usted, mírese, igualito a los otros humanos, unas plagas coléricas sin más propósito que la destrucción de sí mismos y de toda especie. No se preocupe, que hoy mismo nos mudamos de esta pocilga, no tengo porque aguantarme sus amenazas, ni sus intentos de homicidio,
La rata habla, pero no solo eso, habla con gran propiedad, con un extenso manejo de la lengua. Hablaba como si declamara, como si en sus cloacas hubiese leído muchos libros, como si descendiese de una estirpe de letrados. No siento miedo, es más bien un vacío en la boca del estómago, fascinación y aturdimiento. Me siento mal por haberle hablado en esos términos y mientras apaga su cigarrillo y se da la vuelta indignada, le pido que se detenga.
—Discúlpeme, no quería hablarle así es que es la primera vez que un ser humano se encuentra un animal parlante.
—¿La primera vez? Usted es más crédulo de lo que pensé. De donde yo vengo todos los roedores hablamos—responde saltando por las sillas hasta posicionarse sobre la mesa.
—¿Y de dónde es que viene? Claro, si la pregunta no la ofende, no sabía que las ratas fueran tan susceptibles—. Me alejo del comedor, es cierto que la rata no me produce miedo, pero no sé si pueda ser peligrosa, siempre pensé que nada podría ser más peligroso que un animal salvaje pensante, con las mejoras depredadoras de la evolución y el intelecto para darles un buen uso.
—Si me da otro cigarrillo le cuento todo lo que pueda hasta que se acabe la tarde, no creo que a sus papás les guste verlo hablar con una rata.
Siento que la conversación se extenderá más de un cigarro. La rata me cuenta que posee nombre y familia, se llama Arturo y vive junto a sus primos: Gawain, Galahad, Bors y Tristàn; todos en mi techo. No puedo evitar reírme, sus primos poseen nombres alusivos a los caballeros de la mesa redonda, pero el Arturo ante mí tiene pinta de todo menos de rey. Me relata que ha venido del otro lado del océano, un avión de carga con destino Cali. Que una vez en la ciudad debía esperar a un emisario de la sede de la Universidad Nacional ubicada en Palmira. Que allí expondría el curioso caso de su familia, fruto de una mutación inducida. Le pregunto que por qué de tantos laboratorios escogieron una ciudad tan reacia a la ciencia como Palmira, Arturo no logra darme una explicación clara. Solo balbucea algo relacionado con un viejo profesor extranjero especializado en roedores ¿quién putas de especializa en ratas? No comparto mi pensamiento con Arturo, he entendido que es un animal sensible.
—¿Y cómo terminaron en el cieloraso de mi casa? —pregunto desconcertado.
—Alguien asesinó al profesor, logramos escapar del laboratorio, no sabíamos a donde ir y no manejábamos el idioma, lo que hemos aprendido ha sido por tus libros y las conversaciones de tus padres, que no son muy interesantes, por cierto. Galahad hace una imitación increíble de tu madre quejándose por el desorden.
Deseo seguir con la conversación, si he perdido la cabeza y lo que experimento es algún tipo de delirio esquizofrénico, que nadie se atreva a bajarme de ilusión libertaria. Le digo a Arturo que no se vaya, que voy a ir a la tienda por más cigarrillos, que si se toma una cerveza o mejor algo más fuerte. Siento de nuevo el éxtasis que sentí al hablar con Miguel. Al menos esta rata no me dejaría abandonado por cualquier escoba con peluca y mi preocupación por encontrar inspiración para posteriores ilustraciones, ha quedado relegada a la ansiedad nocturna. Tengo una mina de ideas en el techo de mi casa, el rey Arturo y cuatro de sus caballeros, roban mis cigarrillos y leen de mi biblioteca. Espanto de mi mente todo atisbo de cordura, la locura esta desprovista de las barreras intelectuales impuestas por el establecimiento, no sabe de éticas baratas ni de falsas realidades y yo, estoy dispuesto a adentrarme en lo más profundo de lo psicótico, de la mano de una rata y con el pelo bien embalsamado en nicotina.
5
Como tú bien sabes no tolero la falsedad y mucho menos la traición. No debiste ir a la casa de mis padres, ni revelarles las cartas que con sumo secreto te enviaba. ¿Por qué les dijiste aquellas cosas? ¿De verdad crees que corro peligro?¿de verdad crees que he estado en tu casa? Yo te respetaba mucho viejo, pero no puedo permitir que te confabules con otros para despotricar de mí. He decidido que esta será la última carta que te envíe, ya que creo que harás lo que te dijo mi padre, llevaras las cartas a la policía y reportaras mi desaparición. No ganarás nada con eso, los tombos son incompetentes y si no encuentran a alguien que quiere ser hallado, mucho menos a un ser que se propone convertirse en una sombra.
No he dormido mucho, tuve una noche ajetreada y se podría decir que productiva. Hoy tengo otro dispositivo que instalar. Si ellos están dispuestos a demoler mi hogar, tengo todo el derecho de hacer lo mismo con el suyo. Porque esta cloaca, no es ni la mitad de pútrida que las instituciones públicas. He cultivado mi intelecto a tal punto que puedo amedrentar a las elites. Aprendí a construir bombas caseras, explosivos potentes, Arturo me ha enseñado lo básico, pero yo he jugado con las reglas hasta superar a mi maestro. Los muchachos decidieron apodarme Merlín, soy un hechicero, puedo moldear la realidad de la ciudad entera con una simple señal de radio. Son cosa hermosa los explosivos, tantas leyendas han triunfado a raíz de ellos, tantos cobardes se han ungido en mantos de heroísmo por el glorioso BOOM. Eso me recuerda a un viejo general por allá en las épocas de independencia, que, al verse rodeado por tropas realistas, prendió fuego al polvorín que custodiaba, muriendo junto a su pequeña tropa de 50 soldados. Peleando por una patria boba, por un país que no hecho más que emular las enfermedades de los colonizadores. El general Antonio Ricaurte pereció por una causa ajena o tal vez por cobardía, nunca se sabrá, los cronistas son falaces y Bolívar era más dictador que libertador. A vos te gustaba hablar de estas cosas, de las raíces del problema, de la historia de un país sin memoria. Pero yo no me conformo con solo habladurías, por andar de charlatanes es que llevamos varios siglos en manos de los mismos apellidos con distintas combinaciones, eso es un incesto burocrático. Esta noche, a eso de las once treinta, alejáte del parque Bolívar, no te acerqués a unas cuantas cuadras a la redonda. Se atreven a usar la expresión nido de ratas como un insulto. Yo vivo feliz en un nido de ratas Miguel, en las cloacas, comiendo de la pata del rey Arturo, soy Merlín, el grandioso Merlín, aquí me quieren y peleo por una causa. No te cuento más detalles porque no quiero que tu perspectiva acerca de mi salud mental empeore. No te acerqués al parque Bolívar. He reducido al mínimo el daño colateral, un par de hombre daran su vida por el auge de las ratas. Se que iras directo a la policía, pero mi mensajero es sagaz, para cuando tengas esta carta en tus manos, todo estará consumado. Te dejo con una cita de tu adorado Dumas, padre, claro está. “La pólvora no explota sin estar comprimida; la cautividad ha reunido en un solo punto mis facultades y han entrado en contacto en un espacio reducido, y como no ignoráis, del choque de las nubes resulta la electricidad, de la electricidad el rayo, y del rayo la luz.” No sé si fue exactamente lo que dijo, ya sabes cómo son de imprecisas algunas traducciones. Si mi empresa falla y está noche encuentro la muerte, he ordenado que se te haga entrega de un par de bocetos que solo a vos podrían interesar.
Jaime
6
Miguel depositó la carta sobre el escritorio con la visión empantanada. Las anteriores cartas de Jaime habían sido alarmantes y temía por la seguridad de su viejo amigo. Pero esta vez era diferente, ahora estaba en juego la seguridad de la ciudad entera. Corrió fuera de su estudio y bajó rampante al primer piso de su casa. Tomó las llaves de su viejo Twingo y sin despedirse de su novia, encendió el coche con destino al parque Bolívar. No había tiempo para acudir a la policía, si Jaime aun guardaba ciertos vestigios del buen hombre que solía ser, podría ser disuadido de su acto terrorista. Eran las diez con veinte, tiempo de sobra para arribar al parque y abordar a Jaime, sabía que lo encontraría frente a la estatua de Bolívar, cuanto odiaba ese hombre al enano libertador. Podía pasar horas despotricando de épocas ajenas y vanagloriando las hazañas del general Santander. ¿En qué momento su amigo se había convertido en un sociópata? ¿En qué momento el huraño intelectual de pueblo, había adquirido ese semblante de melancolía subversiva? Miguel no entendía que era todo eso de las ratas, si eran una metáfora o algún delirio esquizofrénico. Cruzaba por su mente la idea de su amigo aliado con algún grupo insurgente, en sus épocas de activista no había conocido ninguno que usara como estandarte la mitología anglosajona o las ratas; pero eso no aseguraba nada, el crimen estaba cada vez más organizado. Al arribar al parque no encontró lugar donde estacionarse, subió el vehículo al andén de un viejo billar y sin siquiera apagar el motor, corrió hacia la alcaldía. Las instalaciones se encontraban cerradas, solo unas cuantas luces de oficina encendidas y un par de guardias de seguridad observando monitores cual autómatas. Miguel golpeo con sus puños el vidrio del ventanal principal.
—¡Hay una bomba ahí adentro! —gritó desesperado.
Los guardias de seguridad desenfundaron las armas y se negaron a abrir la puerta. Apuntando temblorosos ordenaron a Miguel que se identificara.
—¡Salgan del maldito edificio! —gritó una vez más, poniéndose de rodillas y llevando sus manos al cuello, demostrando sumisión en un desesperado intento por captar la atención de los guardias.
Los guardias decidieron abrir la puerta. Miguel levantó la mirada y se percató de un extraño hombre de botas altas y capucha gris, tenía la mitad del rostro con una pañoleta y los ojos cubiertos por unas gafas de natación. El encapuchado extrajo de su bolsillo un arma y disparó contra los guardias. Se escucharon dos agudos zumbidos, pero no el sonido característico de un disparo. De las puertas tras el hombre se arrastraba una alfombra de gris pelambre. Una multitud de ratas escalonadas, lideradas por un ejemplar de mayor tamaño y con un cigarrillo en la boca. Miguel no podía mover su cuerpo, se encontraba en posición de rendición, confundido y con el corazón amenazando con salirse del pecho.
—Vamos Merlín, dispara, este hombre hará hasta lo imposible por detener nuestro objetivo—dijo la rata del cigarrillo, con la voz ronca y exhalando humo. Tras el hombre de la capucha, cientos de roedores esperaban en posición de ataque.
—No voy a matarlo, a pesar de sus errores sigue siendo mi mejor amigo y si alguien merece disfrutar del renacer, es él. Captúrenlo y por favor eviten morderlo.
Miguel logro conectar en medio de la conmoción la voz y gestos del encapuchado al hablar, era Jaime, el amigo fiel, el marginado, el artista, el terrorista.
—Seguiré tu consejo joven mago—dijo la rata volteándose hacia su pequeño ejército. Los guerreros avanzaron hacia Miguel, pintando de gris el piso de mármol. Miguel gritó atemorizado ante la escena.
—Escóltenlo hacia el túnel sur—ordenó Jaime—, el dispositivo está instalado y estos eran los únicos dos hombres en todo el edificio, fue inevitable el daño colateral, tenías razón Arturo. Una vez en el túnel sur, guíenlo hasta el caño que desemboca en la sección B, hagan que salte, en el agua estará seguro de la explosión.
Entraron a las cloacas desde el interior de la alcaldía, no llevaba más de diez minutos caminado bajo la ciudad cuando la onda expansiva causó gran vibración en el interior del túnel. Miguel no contuvo las lágrimas de dolor, dolor y frustración. Los amenazantes roedores eran más de un centenar y mostraban todos sus amenazantes colmillos. Veinte minutos que en la oscuridad de traducían a varios días y Miguel se encontraba nadando en aguas negras. El pútrido olor amenazaba con ahogarlo, con dificultad se arrastró hasta la orilla y después de escalar por una pared desquebrajada, se encontró con la ciudad detenida en el tiempo. Por pocos metros y es arrollado por una caravana de ambulancias. Un habitante de la calle que se secaba después de un baño en el caño lo miraba atónito mientras se abrigaba con sus ajadas ropas.
—¿Si escuchó ese trueno tan hijueputa? Hoy va a llover parejo. Óigame, yo he visto como tiran a hombres a ese caño, la mayoría siempre muertos, pero la madre que a ninguno lo había tirado una manada de ratas. Hoy como que voy a hacer el chance, visajes así no se ven seguido ¿Qué día es que es?
—Treinta de junio—respondió Miguel con el cuerpo ungido en desecho y la mirada extraviada—, pero relájese, después de hoy nadie va a llevar la cuenta.
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