sábado, julio 18 2026

CHANDA by Daniel Cuñarro

     Son cuatro, todos vestidos con abrigos sucios y desgastados. Rodean un bidón lleno de fuego y alargan las manos hacia él. La noche huele a queroseno y a verdín del río. San los observa en la distancia, consciente de sus miserias y defectos. Pero también de su luz. Al fin decide mostrarse y el que se llama Azal levanta la botella en su dirección y bebe.

     —Solo necesito uno —dice San. Los mendigos se empujan para ser los primeros en acercarse a él. San elige a un joven alto y delgado, de mejillas hundidas y nariz descarnada. Sus compañeros regresan al calor de las llamas y no disimulan su envidia —. ¿Cómo te llamas?

     —Me dicen Chanda. ¿Me dará licor?

     —Todo el que quieras. —Sigue el curso del río y Chanda camina a su lado.

     —¿Y dónde está? —dice.

     —Más tarde. Primero debes convencerla. —Llegan al banco y la joven permanece sentada en el mismo lugar. Observa el paso de las aguas y apenas se mueve —.Ya sabes lo que tienes que hacer. —Chanda no titubea. Se acerca al banco y se sienta al lado de la joven.

     —¿Te encuentras bien? —dice. La joven arranca su atención del río y le observa. Tiene los ojos grandes, verdes y tristes. No parece asustada ni sorprendida.

     —Sí —dice.

     —Es una estupidez hacerlo —dice Chanda.

     —¿Hacer qué?

     Y Chanda señala la oscuridad del río.

     —Pensar —dice —. Y no hallarás consuelo en las aguas. Son frías y poco profundas. No aliviarán tus penas.

     —No pensaba suicidarme.

     —Lo sé. Te matas de otra manera. Los pensamientos son un veneno lento.

     La joven sonríe y a Chanda le gusta que lo haya hecho.

     —Él ni siquiera merece tu dolor —dice Chanda.

     —Era… es el amor de mi vida.

     —¿Tú crees?

     —Lo siento aquí. —Y se toca el corazón.

     —Siempre pensamos que lo que perdemos es lo único que necesitamos. Pero no es verdad. Te ha traicionado y es duro descubrirlo. Pero demuestra que no había amor entre vosotros.

     —Lo sé.

     —No entiendes qué ha podido pasar y piensas que la culpa es tuya, que eres tú quien lo ha hecho todo mal. Y no es así. Eres una persona inteligente, alegre, divertida, espontánea, excesivamente romántica y demasiado sensible. Por eso sufres tanto.

     —Sufro porque le quiero.

     —También porque le amas. Pero le has idealizado al punto de convencerte de que era la persona que tenías destinada.

     —¿Y cómo sabes todo esto?

     —No lo sé.

     —Quizás porque empiezas a recordar tu vida.

     —¿Qué debería recordar? —dice Chanda.

     —Tu verdadero nombre. A Lisa. A lo que os pasó.

     —No sé de qué hablas. —Chanda necesita levantarse y escapar de allí porque no quiere recordar. Y si decide quedarse es porque la promesa del licor le retiene.

     —Creo que sí lo sabes —dice la joven —. Todavía llevas su nombre en el corazón. Te lo rompió, recuérdalo. Te lo hizo pedazos durante una noche de invierno. Estabais en casa viendo vuestra serie favorita cuando Lisa bajó el volumen para mirarte.

     Y Chanda no puede evitar los recuerdos: los ojos de Lisa, asustados y decididos, arrepentidos pero imparables. Le ahorró la humillación de decirle que tenían que hablar y Lisa se confesó con su sinceridad habitual: hay otra persona en mi vida. Creí estar enamorada de ti y me he dado cuenta de que ya no te amo. Llevamos viéndonos un tiempo y… Lisa dejó la frase abierta a un sin fin de posibilidades donde Chanda no podía existir. Preguntó el dónde, el cómo y un por qué. Lisa soportó su frustración, su rabia y sus lágrimas. Lloraron juntos y esa noche durmieron abrazados porque Chanda no quería perderla y Lisa deseaba irse. Chanda albergó la esperanza de recuperarla y Lisa se perdió en otra vida. Desde esa noche Chanda cometió un error tras otro y se entregó a excesos tan fáciles y mortales que le convirtieron en una criatura que se vende por una botella de licor.

     Ahora Chanda se limpia las lágrimas y contempla las aguas del río.

     —Es una estupidez hacerlo —dice la joven.

     —No encuentro otra solución.

     —Quizás la haya. —La joven le acaricia el rostro y Chanda cierra los ojos porque hace tiempo que necesitaba ese calor. Cuando los abre el río, la joven y la noche han desaparecido y se encuentra sentado en una cafetería que reconoce, reviviendo un instante de su pasado. El local está lleno de gente y Chanda ocupa una mesa donde hay un croissant intacto y un café a medio beber. San también está allí, observándole desde el mostrador. Hace días que Lisa le ha abandonado y el dolor es intenso. Chanda se levanta con brusquedad para escapar de lo que sabe que viene a continuación. Pero es demasiado tarde: ella, la joven del gorro blanco, tropieza con Chanda del mismo modo que tropezó en sus recuerdos.

     —Oh, lo siento —dice la joven. Y expande la boca en una sonrisa demasiado hermosa.

     —No es nada —dice Chanda. Y huye de la joven enfermo y envejecido de desesperanza. Se interna en la noche, en su propia oscuridad, y la sed aparece por primera vez. Una sed imparable. Se mezcla entre la gente que llena las calles y la grandeza del mundo le carga los hombros. San ha desaparecido y es posible que no lo vuelva a ver. Tampoco a la joven del banco. O quizás descubra su cuerpo flotando en el río porque no encontró otra solución. Sacude la cabeza y regresa a la cafetería y a su pasado. La joven del gorro blanco se ha sentado en la misma mesa que Chanda ocupó antes y pierde el tiempo mirando su teléfono móvil. Ha pedido un café y un croissant que todavía no ha tocado.

     —¿Quién salva a quién? —dice San. Chanda es incapaz de verlo pero sabe que está ahí, presente en todas partes. Se acerca a la joven y ella levanta la mirada. Se sonríen. Chanda se sienta a su lado y su sed se hace insoportable. Sed de una vida que desea probar.

FIN


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