Dicen que los cuidadores de los faros son gente muy extraña. Y no pocos se vuelven locos…
Francisco o Franco, como lo llamaban los amigos, tenía historia. Venía de una familia de marinos que habían navegado por mares y ríos y aprovechaban cada ocasión para relatar sus aventuras. Muchas veces, Franco les huía, no tenía ese espíritu aventurero, prefería los lugares conocidos, se mareaba sobre un barco y, por si esto fuera poco, era tan miope que no distinguía a tres metros una isla de una ballena. Digamos que estas características no ayudaban, pero su familia, con otro tipo de miopía, insistía en que debía embarcarse y descubrir el mundo.
No crean que no lo intentó. Lo peor que puede hacer una persona es no intentar superar sus miedos, sin embargo, como era de esperarse, los resultados fueron desalentadores. Como esa vez en que vomitó por toda la cubierta, incluido el timón y generó una seguidilla de vómitos entre los tripulantes, o aquella otra en la que como ayudante de cocina mandó a toda la tripulación a las letrinas, porque puso sal marina en lugar de azúcar en la masa de unas galletas.
Esos fueron indicios, por no decir que confirmaciones, que lo hicieron ponerse firme y oponerse a esa vida, aunque le costara el respeto de sus padres y hermanos. Pero resulta que un día en que había ido a llevar a su madre al puerto para recibir a sus hermanos que regresaban a casa, se encontró con una mujer que esperaba de pie en la banquina, mirando hacia el horizonte. Con sus cabellos castaños ondulados moviéndose en el viento y su boina roja tejida, llamó su atención. Luego, con más tiempo, la observó más detalladamente. Llegó a ver sus ojos verdes, sus labios carmín, sus manos delicadas y sus piernas largas. Se quedó completamente embobado con la visión. Él, pese a que no era de los más agraciados, tenía sus cualidades: buen porte, ojos azules, cabello fino, manos agradables. Aun así, comenzó a torturarse pensando que ella nunca le prestaría atención.
Cada vez que su madre le pedía ir al puerto, él accedía sin la más mínima oposición. Así fue que
en un par de ocasiones más volvió a ver a la bella mujer. Nunca se atrevió a hablarle, pero se
acercaba cada vez más.
Un día, la vio en una nueva actitud. Ella llevaba una chaqueta como la que usan los marinos y al llegar un barco, ella lo abordó. ¡Imaginen la sorpresa cuando Franco se dio cuenta de que ella era una mujer de mar! Franco comenzó a indagar en el puerto, hasta que descubrió que la maravillosa mujer se llamaba Juana y era la primera oficial de a bordo en El lucero.
Los días que siguieron, Franco interrogó a sus familiares para que le dijeran qué sabían de esa
nave, qué rutas hacía, qué horarios tenía, qué días tocaba puerto. Su padre se ilusionó con que
él se mostrara interesado en cuestiones de barcos. Pero uno de sus hermanos le disipó la ilusión al contarle el porqué del repentino interés de Franco.
Nuestro amigo se sintió humillado. No solo no tendría el respeto de su familia, también sentía
que había perdido de antemano el respeto de Juana.
Finalmente, decidió hacer un cambio en su vida. Él sería el faro al que regresaría El lucero, cada
vez que volvía a casa. Así lo decidió y así lo hizo. Con sus conocimientos de mecánica y electrónica, se postuló a guardián del faro. Y lo aceptaron, porque se había producido una vacante, ya que ese trabajo es tan solitario que muchos no aguantan más de unos meses.
Franco en el faro, esperaba guiar a Juana de vuelta al puerto sana y salva.
Pasaron los días, las semanas, los meses y unos años. Nunca se había visto un guardián de faro tan motivado. Incluso le ofrecieron trasladarlo a otro puesto, mejorando sus condiciones económicas y ambientales, pero él lo declinó. Seguía esperando. Y siguió haciéndolo hasta que un día, uno de sus hermanos le dijo que El lucero se había perdido en una tormenta.
Ese día Franco se volvió loco, presa de una locura de esas que hace saltar cualquier valla, sortear cualquier obstáculo. Decidido y con una energía que provenía del amor que lo había inflamado durante años, fue hasta el puerto y se embarcó en un bote privado. Pagó una pequeña fortuna para que la embarcación dejara el puerto con esas malas condiciones climáticas, pero logró lo que deseaba.
Navegaron un poco a tientas, otro poco con la ayuda de instrumentos sofisticados, y cuando llegaron al último punto en el que se había reportado El lucero, le ordenó al capitán que dejara de navegar y se dejara llevar por la corriente. Hubo una terrible trifulca sobre el bote. El capitán lo tildó de demente y suicida. Pero Franco lo encerró en un camarote y amenazó a los tripulantes con hacer lo mismo con ellos.
Fueron horas largas, tensas, agitadas. La tormenta se divertía con el barco como un gato con
una cucaracha. Lo empujaba, giraba y volvía a empujar. Al cabo de unas horas de aguijoneante incertidumbre, divisaron entre la cortina de lluvia torrencial a El lucero. El barco era bastante más grande que el bote y se mostraba más digno en medio de la tormenta, sin embargo, se había roto el motor y no funcionaban las comunicaciones, por lo que estaba allí varado, como inválido. Franco abordó a El lucero y fue recibido por Juana. Ella con su pilotín y él con su camisa empapada hablaron en cubierta.
—Vine a buscarte, no soportaba pensar que podía pasarte algo.
—Pero… no nos conocemos.
—No importa, yo te amo.
Si la reacción de ella hubiera sido un poco menos brusca o un poco menos fría o un poco menos escéptica, quizás él se hubiera salvado. Pero no, la realidad es la que es y Juana no ahorró en lógicas y prevenciones.
Franco volvió a su bote, ahora amarrado a El lucero como un cachorro a su dueño. Horas después, luego de arreglar los motores, llegaron al puerto y Franco se despidió de Juana en su mente y fue directo a su faro.
—En mis fantasías eras perfecta. Así te conservaré —se dijo.
Y volvió a esperarla días, semanas, meses y años con su luz-guía, para que al fin ella pudiera encontrarlo.
@ Mirna E Gennaro
@Imagen
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