La tierra respira cuando la dejamos,
cuando las manos callan
y el arado duerme en su rincón de herrumbre.
Bajo el peso del silencio,
ella se desnuda,
se cubre de hierbas humildes
que nadie siembra,
y en ese gesto de abandono
comienza su canto.
Allí donde el grano ya no cae,
se abren las grietas del hambre antigua,
pero bajo ellas, un ejército invisible
teje con lombrices la trama del mañana.
El aire se filtra entre los terrones,
lleva en su vientre las lluvias de marzo,
y el barro, como un corazón de arcilla,
recupera su fuerza.
En el barbecho,
la tierra no es madre,
es una hija dormida,
una nodriza que acumula savia
para alimentar cosechas futuras.
De sus entrañas
se levanta el incienso del humus,
y el nitrógeno danza con las raíces
como viejos amantes
que nunca se olvidaron.
El reposo ahuyenta las sombras:
los gusanos hambrientos,
las plagas que acechan en la cizaña.
La tierra aprende a defenderse
cuando la dejamos en paz,
cuando el sudor del hombre
cede al silencio de las estaciones.
Hierbas salvajes cubren el campo,
verde indómito que llena los ojos
y engaña al viento con su fragancia.
Las abejas regresan a los matorrales,
las aves dibujan en el aire
la geometría de su instinto.
Cada hoja, cada rama caída,
es una caricia que el suelo devora.
No hay erosión cuando hay descanso.
El agua no arrastra la sangre del campo,
el viento no roba su polvo.
La tierra, desnuda pero fuerte,
se aferra a sí misma
y conserva lo que vale.
En su letargo, la tierra sueña
con raíces nuevas,
con la vida que se abre
después del invierno.
Ella sabe que el descanso no es vacío,
sino un espacio para recordar,
un cuenco para recoger la lluvia,
un espejo donde el cielo se mira.
Nosotros, labradores del tiempo,
debemos aprender de su quietud.
Dejar que el campo nos hable
en su lengua de arcilla,
oler el sudor mineral
que sube desde su piel oscura.
No sembrar por sembrar,
sino aguardar el momento
en que el arado
se vuelva oración y no herida.
En el barbecho se cuece la vida.
De cada pausa, brota un nuevo grano.
La tierra, en su paciencia,
nos enseña que el mundo también
necesita respirar.
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