sábado, julio 18 2026

UN EMPUJOCINTO by Daniel Cuñarro

     —Siéntate por favor.

     Caley lo hace de mala gana, manifestado su malestar con un resoplido. El policía cruza los brazos y se apoya contra la pared.

     —¿Y ahora qué? —dice Caley.

     —¿Por qué lo hiciste?

     —No hice nada. Sólo quería saludarla.

     —¿Saludarla? Hay testigos que confirman la agresión.

     —Pues qué de imbéciles hay sueltos.

     —Aseguran que la empujaste —dice el policía.

     —No la empujé. Sólo quería abrazarla.

     —Seguro que no lo sabes, pero la señora Tracy está ingresada con el brazo izquierdo fracturado.

     Eso sí que no lo esperaba. Caley se desploma contra el respaldo de la silla y su enojo desciende unos grados.

     —Te lo juro: sólo quería abrazarla, hablar con ella…

     —Veo que llevas tatuado el nombre de su barco.

     A Caley se le escapa una sonrisa y muestra el antebrazo con orgullo. La palabra Maiden navega entre olas impetuosas.

     —Sí —dice.

     —Y tienes tu habitación llena de posters y fotos de la señorita Tracy.

     —¿Eso es un delito?

     —No, pero da una idea de la magnitud de tu obsesión.

     —No estoy obsesionada.

     —¿Y cómo explicas esto? —El policía pasa al otro lado del escritorio y abre un cajón. Saca un álbum de recortes y Caley lo reconoce.

     —¡Han curioseado entre mis cosas! —dice.

     —Has agredido a la señorita Tracy y necesitamos respuestas.

     —Yo no…

     —En el álbum aseguras que quieres ser como ella. Has llenado páginas enteras en las que hablas de ti como si fueras ella.

     —Eso es algo personal. No tienes derecho a…

     —Sabes que sí. Le has roto el brazo a alguien ¿recuerdas? He estado revisando las conferencias de la señorita Tracy y en la mayor parte apareces tú. ¿Eso no es obsesión?

     —Es admiración.

     —¿Esto te resulta lógico? —Del mismo cajón extrae un dibujo en el que aparece Tracy Edwars y Caley cogidas de la mano. Son líneas irregulares y toscas y no existe ningún parecido con ellas. Sólo los nombres escritos entre corazones y arco iris las delatan.

     —Joder —dice Caley —. Lo dibujé cuando tenía seis años. Solo es una muestra de cariño.

     —A mí no me lo parece.

     —Ése es el problema ¿sabes? Nadie entiende lo que de verdad importa. Porque ¿sabes cuántas negativas tuvo que aguantar Tracy mientras buscaba patrocinadores para la Whitbread? Trescientas. Y todo porque era una mujer y nadie confiaba en ella ni en su equipo de mujeres.

     —Veo que conoces demasiado bien su vida.

     —¡Claro que sí! Es mi heroína, mi referente. ¿Hay algo malo en ello?

     —Dímelo tú: la empujaste por unas escaleras y tiene un brazo roto.

     —Yo no… —Y resopla, furiosa y frustrada —. Me la encontré en el metro ¿vale? Pura casualidad. Me dejé llevar por la emoción y…

     —Me parece que tienes unas emociones demasiado intensas ¿no crees?

     —La admiro desde los cinco años, cuando supe que se largó de casa para enrolarse en barcos como cocinera. Por ser mujer era la única forma que tenía de participar en las regatas. Yo quería… yo quiero ser como ella ¿entiendes? Su fuerza, su puto tesón, su valentía. —Puntúa cada palabra golpeando la mesa con un dedo —. Tuvo que aguantar burlas e insultos. Con su equipo de mujeres dobló el Cabo de Hornos y lo único que consiguieron fue que las preguntasen si echaban de menos a sus maridos.

     —¿Y qué hacías en el metro? —dice el policía.

     —Iba al Hyde Park.

     —¿Para qué?

     —Había quedado con unos amigos.

     —¿A la misma hora y en el mismo lugar que la señorita Tracy?

     Caley se encoge de hombros.

     —Debes reconocer que son demasiadas casualidades para alguien con tus antecedentes —dice el policía —. ¿Desde cuándo llevas siguiéndola?

     Caley tuerce la cabeza y busca una ventana que no existe. La impotencia le hace sentir ganas de llorar.

     —Cuando tenía cinco años vi a Tracy en las noticias. La llamaban La Doncella del Mar. Pero para mí fue algo más que eso. —Guarda silencio para contener las lágrimas. Lo que menos desea es llorar delante del policía —. Ella es la prueba de que si persigues tus sueños los alcanzas. Consiguió vencer en la etapa más dura de la Whitbread por delante de aquellos hombres que se burlaban de ella. La admiro y quiero ser como ella. Y si todos lo intentáramos el mundo sería un lugar mejor.

     Para su sorpresa el policía sonríe y se acerca a la puerta.

     —Creo que tienes visita —dice. Y abre la puerta —. Ya puede pasar. —Se hace a un lado y Tracy Edwars entra en la estancia. Pequeña, con el pelo corto y la mirada serena de quien vive sin temor al horizonte, inamovible y firme a pesar de las tormentas. Caley es incapaz de levantarse de la silla y mira a Tracy con asombro.

     —Bueno, señorita —dice Tracy —espero que hayas aprendido que no puedes ir por ahí asaltando a la gente.

     Caley solo puede mover la cabeza porque Tracy Edwars la está hablando. Le está hablando a ella.

     —Entonces —dice Tracy —quizás sea el momento de tomarnos un refresco y conversar como es debido ¿no te parece?

     Caley vuelve a asentir y la realidad de lo que suponen esas palabras la hacen reaccionar. Coge su bolso, el álbum, el dibujo y se acerca a Tracy.

     —Ni siquiera tiene el brazo roto —dice.

     —Por supuesto que no —dice Tracy —. ¿Nos vamos?

     —Claro. —Cuando pasan junto al policía el hombre le revuelve el cabello. Pero a Caley no le importa. Hay ocasiones en las que los sueños logran alcanzarse. Sólo hay que darles un empujoncito.

     Para Tracy Edwars, que lo hizo posible.

FIN


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