lunes, junio 8 2026

UN ESCRITOR EN CIERNES by Felicitas Rebaque

Yo escribía y mi nieto Curro de cuatro años jugaba en la alfombra. Estaba montando los cañones de su barco pirata, preparándose para atacar a los malos. Dejó un momento el juego y me preguntó:

—¿Qué escribes?, abuela

—Una historia —respondí.

Abandonó sus legos y se sentó a mi lado.

—¿Te la estás inventando?

—Sí. Pienso en lo que quiero contar y luego la voy escribiendo.

—¿Y cómo te inventas las historias?

—Ellas se me acercan en silencio, se introducen en mi mente y esperan a que las descubra.

—¿Cómo en los sueños?

—También en los sueños aparecen.

—¿Y qué pasa si no las descubres?

—Me mandan señales para llamar mi atención.

—Es que estarás distraída. Como yo, algunas veces, en clase. Me distraigo.

—Sí, algo parecido.

—¿Y si no las atiendes se enfadan y te mandan al rincón de pensar?

—Las historias no se enfadan. Pero se ponen pesadísimas, y se pasan todo el día dando vueltas en mi cabeza.

—Pensarán, ¡qué tonta, esta mujer,  que no se da cuenta!

—Eso creo que yo.

Se quedó  pensativo un momento y después afirmó:

—Abuela, a mí me gustaría escribir historias. ¿Me enseñarás?

—No hace falta que te enseñe. Ya puedes hacerlo.

—Pero, ¡si todavía no sé escribir bien !

—Pero sabes pensar y te la puedes imaginar.

Cogí, de entre sus juguetes, varios huevos de madera.

—A ver, vamos a inventar una historia con estos huevos. Era sé una vez…

Mi nieto continúo:

—Una gallina que había puesto unos huevos.

—¿En dónde vivía?

—En una granja. No, no en una granja no. Vivía en una casa. Era de un niño. Se la habían regalado por su cumple. La tenía en su cuarto. Y un día la gallina puso huevos. Pasó un poco de tiempo … Los pollitos estaban a punto de nacer!

Mi nieto había colocado los huevos en una caja, encima de la mesa. Dando saltitos iba y venía del sofá a la mesa y de la mesa al sofá. En cada viaje, miraba la caja y exclamaba:

—¡Están a punto de nacer!. Estoy nerviosísimo. Falta poquísimo. Ya van a romper el cascarón.

—Pero, hay un problema — le dije. En la casa, también vive un gato.

Mi nieto se paró en seco.

—¿Un gato?

—Sí. Y los gatos se pueden comer a los pollitos.

—Pues, pues…

Curro pensaba qué hacer con el nuevo personaje que le había introducido y resolver el conflicto. En ese momento él se introdujo en la historia.

—Pues cerramos la puerta de la habitación para que no pueda entrar.

—Es muy arriesgado, puede colarse en un descuido.

—Pues ponemos la caja de los pollitos en alto, para que no pueda alcanzarlos.

—Pero los gatos pueden trepar.

—Pues, los llevamos a la habitación de papá y mamá.

—No creo que tus padres   quieran tener a los pollitos y a la gallina en su cuarto. Quizás, habrá que echar al gato de casa.

Ante esa posibilidad se volvió a quedar serio y pensativo.

—Es que a mí también me gustan los gatos…

De repente, su carita se iluminó y volvió a dar brincos; siempre lo hace cuando está nervioso.

—Abuela, abuela, ya tengo la solución. No hace falta que el gato se vaya. No se comerá a los pollitos.

Me eché a reír, al ver su entusiasmo, y le pregunté

—¿Y eso? ¿Cómo harás para que no se los coma?

—Abuela, es que no te enteras, el gato es vegetariano.

 

 

 

 


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