Añoro los besos que no he dado,
el roce de un vello que dormita esperando el encuentro.
El estéril crujido que precede al desencallar las vértebras
en el despertar de mi consciencia.
La sordina del murmullo cuando el día aparece
y las obligaciones dictadoras
imponen su forma de gobernar mi existencia.
La irrupción de la vida en un sueño roto,
que destroza el futuro
en el que habíamos desplazado nuestra atención.
Estas disrupciones toleradas a golpe de trabajo
más de la mitad de mis años,
se convierten en felicidad al disponer de mi vida.
Entonces, los besos no dados,
las palabras en letargo que no he dicho,
el amor que dejé pasar de largo
me recuerdan quién soy.
La memoria que recupero del cosquilleo en las tripas,
se convierte en las polillas
que entran por mi ventana en verano.
Me siento en paz conmigo y con el mundo,
me gusta lo que hago y lo que no puedo hacer,
me crezco y vuelo.
Vuelo mucho, vuelo alto, vuelo lejos
y me abandono mecida por el viento del este
que es el que me gusta y me lleva al mar.
Reaparezco renovada
y con la determinación de volver a sentir mi ser y estar,
mientras haya caminos que recorrer por primera vez.
@Pilar García Torres
@Imagen Pinterest
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