miércoles, julio 22 2026

El tren por Ricardo Mazzoccone

Con lágrimas en los ojos, Sofía despedía a su esposo en el andén de la antigua estación, bajo una torrencial lluvia.

—¿Me escribirás?—preguntó ella entre lágrimas y sonrisas.

—Te lo prometo.

—¿Me serás fiel?—le preguntó entre sollozos.

—Cariño, teniendo en cuenta que voy a un pueblo de trescientos habitantes, olvidado por el mundo, a redactar el testamento de una anciana de casi cien años, enferma, que vive con su ama de llaves de setenta y el jardinero de ochenta en un inmenso caserón del siglo pasado, las posibilidades de serte infiel no son muchas, ¿no crees? Además, serán solo siete días. Y recuerda que regresaré con el bolsillo cargado de billetes. Podrás incluso dejar las lecciones de piano que tan poco nos reditúan y criar mejor a nuestra hija.

—Tienes razón mi amor, igual te extrañaré—dijo ella con la voz quebrada por la emoción y temblorosa por el frío que esa mañana azotaba la región.

Fue largo el beso de despedida, debajo del viejo farol con su luz débil y pálida.

Una voz se escuchó anunciando la partida del tren.

Ya en el estribo y con los ojos húmedos por las lágrimas, él extendió su mano para despedirse. Ella quedó llorando bajo un manto de agua.

El tren poco a poco comenzó a tomar velocidad y unos minutos después, Sofía era solo un punto lejano. Cabizbajo terminó de subir, escondió su llanto y buscó el camarote. Aterido de frío pues sus ropas estaban empapadas, acomodó su equipaje e inexplicablemente se durmió. Cuando abrió los ojos, ya era de noche por lo que se levantó y se encaminó hacia el restaurante. Al entrar, los aromas a carne asada lo embriagaron. Se sentó en una mesa y aguardó a que el mozo tomara su pedido. Llamó su atención que el lugar estuviera tan vacío; solo una pareja de jóvenes y un albino se encontraban allí.

Más las cavilaciones finalizaron cuando el mozo sirvió la cena en una pequeña mesa. Terminó de comer y las ganas de tomarse un buen café eran irresistibles. Se lo pidió al desganado camarero y mientras lo aguardaba, encendió el habano que traía en su bolsillo. Afuera, todo era negrura; la soledad del campo que estrujaba el corazón, el sonido monótono del tren rodando por las vías, la oscuridad que se adueñaba de los paisajes, la luna que iluminaba las copas de los árboles.

Por un momento las ganas de regresar fueron inmensas. Luego, pensando en lo que significaría esa entrada de dinero, se calmó.

—Son pocos días—dijo para sí.

Bebió su café y terminó su tabaco. Mientras pagaba la cuenta pensaba que lo mejor sería dormir un poco por lo que se dirigió hacia el camarote, cerró la puerta, se desvistió, miró unos minutos por la ventanilla y se acostó en la litera.  A las dos horas se despertó. Quiso seguir durmiendo más al ver que no podía conciliar el sueño pensó que un buen whisky lo ayudaría. Se vistió y comenzó a caminar hacia el vagón comedor.

Llegó, abrió la puerta y fue grande la sorpresa al ver la cantidad de personas que allí había. Mujeres y hombres, locos y caóticos se habían congregado. Todo era gritos frenéticos, risas y descontrol, la música estaba a un volumen estridente, el alcohol abundaba por demás y el humo del tabaco enturbiaba la visión.

Cerró la puerta y se alejó pues no estaba de ánimos para enfrentar tal multitud. Se acostó e hizo ingentes esfuerzos por conciliar el sueño sin resultados por lo que se levantó nuevamente decidido a tomarse ese vaso con alcohol.

Tamaña sorpresa se llevó al entrar y no ver a nadie; el lugar estaba desierto, en penumbras.

—No puede ser, hace media hora esto desbordaba de gente.

Confundido se retiró a su camarote, se acostó, dio mil vueltas y se durmió.

Se despertó. Somnoliento miró su reloj que le indicó eran las diez. Sintió alivio al saber que había podido dormir hasta esa hora. Su estómago rugía y decidió ir por el desayuno. Más al correr las cortinas de las ventanillas a los costados para que entre el sol, el asombro lo dejó con la boca abierta pues seguía siendo de noche. La luna en lo alto del cielo y las sombras eran señales inequívocas que el día estaba atrasado, no había llegado aún a pesar de la hora.

—¡No puede ser!—exclamó agitado, mientras salía corriendo.

Llegó al vagón de pasajeros y encontró el lugar vacío, solo equipajes, maletas, bolsos. Su corazón comenzó a latir aceleradamente, sus manos temblaban y un sudor frío le corría por la espalda. Avanzó hacia el otro y tampoco encontró a nadie. Y así con todos. Al llegar a la locomotora pudo ver con terror que nadie conducía el tren. Regresó y en su camino iba abriendo las puertas de todos los camarotes. Estaba solo con la soledad más absoluta.

Intentó tranquilizarse, pensar, encontrar una explicación. De pronto sintió como la velocidad del tren aumentaba. Se asomó por una de las ventanas y vio que estaban muy cerca de la montaña y del túnel
que atravesarían en segundos. Al entrar al mismo, una espesa, cerrada y aterradora niebla se apoderó de todo.

—Tranquilo, saldremos enseguida.

Pero los minutos pasaron y la negrura no cedía. Encendió una cerilla pero la oscuridad era
impenetrable.

De pronto el tren comenzó a aminorar su marcha hasta detenerse totalmente. A tientas salió corriendo hacia una de las puertas para bajarse. Llegó a una y un segundo antes de poner un pie afuera, se dio cuenta que no había piso, tierra, andén, nada.

¡ESTABAN FLOTANDO EN EL AIRE!

Retrocedió con desesperación, hasta golpear su espalda contra una de las paredes.

Comenzó a correr sin control, gritando:

—¡Es una pesadilla, por favor que alguien me despierte!

Seguía corriendo. Solo se detuvo cuando se percató que habían comenzado a moverse y gradualmente la luz corría a las sombras. Se sentó otra vez, sonriente y aterrorizado al mismo tiempo. Al ver por la ventanilla que estaban sobre la vía y el paisaje monótono del campo era el
mismo de siempre se tranquilizó, al punto de cerrar los ojos. Sintió una mano que le tocaba el hombro y escuchó una voz que le decía:

—Señor, despierte por favor, está usted en mi asiento.

Abrió los ojos y se encontró con la normalidad más absoluta, los pasajeros en sus butacas, era de día, el sol que entraba por las ventanas, mujeres, hombres, niños, conversando, riendo, leyendo.

—Fue un sueño nada más—se dijo a si mismo. Le pidió disculpas a la señora y se encaminó hacia el coche comedor para tomar su desayuno. Miró su reloj: eran las diez y cinco.

Al llegar abrió la puerta y cayó al piso, abatido por el desconcierto. El lugar estaba en penumbras, desierto y se respiraba un olor por demás desagradable. Solo se escuchaba el desgarrador llanto de un niño. No pudo contener el llanto. Fue en busca de su equipaje donde guardaba una pequeña
pistola. Quería quitarse la vida. Llegó a tientas, la encontró, se la puso en la boca y se aprestó a jalar el gatillo.

Se escuchó un grito lejano pidiéndole se detenga. Miró hacia todos lados, pero nadie había. Otra vez levantó el arma y otra vez se detuvo al escuchar un ¡NO! desaforado. Miró, pero no había nadie.

—¿Quién dice no?

—Yo, tu médico y amigo, Sebastián. Abre los ojos por favor.

—No conozco a nadie con ese nom…ahh…si, Sebastián. ¿Qué haces en este tren? Pensé que estaba solo.

—No estamos en un tren, estamos en la clínica. ¿No lo recuerdas? ¿Qué pretendes hacer con ese crucifijo en la boca? Déjalo por favor y recuerda, mira tu mano izquierda., ¿te olvidaste acaso?
Abrió los ojos, miró y su mano era solo un muñón.

—No tengo mano, solo es un amasijo de carne.

—Correcto. ¿Recuerdas que en una de tus tantas alucinaciones terminaste cortando tu mano con un hacha?

—No, no recuerdo…o sí…más o menos. Lo que sí recuerdo es esta clínica. Pero ahora estaba en un tren. Y pasaban cosas extrañas. Tenía mucho miedo.

—Querido amigo, fue otra alucinación óptica, las padeces desde tu adolescencia. Trata de recordar, estás enfermo, tienes una esquizofrenia grave y a pesar de lo mucho que has progresado en todos estos años, debemos seguir trabajando. Tienes que recordar que tu vida era toda una fantasía cuando llegaste aquí.

—Sí…ahora lo recuerdo…es verdad…Quiero ver a Sofía, mi esposa.

—No existe, nunca tuviste esposa—respondió Sebastián.

—No puede ser, estuve con ella en el andén de la vieja estación, nos despedimos con un largo beso, conversamos del trabajo, del dinero, de nuestra hija.

-Sofía era tu hermana y murió siendo un bebé. La dejaron sola, llorando demasiado tiempo y se ahogó; tus padres habían ido a una fiesta, perdieron el control y se olvidaron de ella.

—Ahora que lo dices, es verdad; nunca me casé, soy soltero. Estoy confundido, tengo sueño…quiero dormir.

—De acuerdo—respondió el doctor mientras le hacía señas a los enfermeros para que lo medicaran y lo acomodaran en la cama.

Se durmió casi al instante.

Al rato abrió los ojos, pues el llanto de un niño lo despertó. Vio que estaba en su camarote. En la mano derecha tenía un crucifijo y con la izquierda sostenía un revolver.

—Otra vez soñé con una clínica en la cual me tienen internado. ¿Qué significado tendrá?

Ese doctor me dijo que no tenía mano izquierda y aquí la veo, perfecta…En fin, no importa, ahora debo encontrar a Miranda para poder huir de este barco fantasma. Voy a buscarla—dijo decidido mientras se vestía y miraba por el ojo de buey a las gaviotas que surcaban el cielo morado.

@Ricardo Mazzoccone


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