Lo sé. Digo “feminismo” y un coro de cejas se eleva como si acabara de insultar a la Virgen del Rocío o sugerir que la paella lleva chorizo. A otros, la palabra les provoca sarpullido, picor ideológico o directamente un ataque de opinión. “Es que ahora todo es feminismo”, dicen. Como si fuera una moda. Como si luchar por la igualdad fuese como ponerse pantalones de campana: algo que va y viene, que un día te sienta bien y al siguiente te da vergüenza.
El feminismo no es una moda. Es una necesidad. Una de esas urgencias vitales que deberían venir prescritas por la Seguridad Social, junto con la empatía y el pensamiento crítico. Lo que pasa es que en este país llevamos décadas alimentando al machismo con potaje casero, y claro, ahora el bicho está fuerte y ladra cuando se le lleva la contraria.
Pero el feminismo, amigas, amores y amorfóbicos varios, no es un club privado. No hay que pasar una prueba de acceso, ni renunciar a los tacones, ni raparse la cabeza, ni aprenderse de memoria los discursos de Simone de Beauvoir (aunque leerla nunca está de más, si te atreves a pensar). El feminismo que defiendo —el que muchas defendemos— es inclusivo. No excluye. No levanta muros, los derriba.
Es un movimiento que busca transformar no solo la vida de las mujeres, sino la vida de todas las personas. Porque la igualdad no es una amenaza, es una esperanza. Y si te incomoda esa esperanza, quizá deberías preguntarte de qué privilegios no quieres desprenderte.
El feminismo es esa fuerza que señala lo que siempre se ha dado por hecho: que las mujeres cobren menos, que los cuidados no cuenten, que la violencia tenga género (y nombre y apellidos), que se nos juzgue por la ropa, la edad, la voz o la maternidad. Que se nos silencie, se nos interrumpa, se nos trate con condescendencia, como si no supiéramos de lo que hablamos.
Y sí, claro que hay muchas formas de feminismo. Hay quien lo entiende como trinchera y quien lo practica como trenza. Hay quien lo grita y quien lo susurra con la voz entrecortada desde un rincón de su casa, donde aún no se atreve a ser libre.
Todas valen. Lo importante es que no miremos a otro lado.
Porque si no eres feminista, o no lo entiendes, o no lo compartes… dime: ¿de qué lado estás? ¿Del que sigue manteniendo el sistema tal cual está, como si fuera intocable, como si no se pudiera cambiar nada? ¿O del que quiere que vivir con dignidad no dependa del género que te asignaron al nacer?
Ser feminista no es llevar pancartas, ni leer ensayos, ni subir selfies el 8M (aunque todo suma). Es mirar el mundo y decidir que esto así, como está, no puede seguir. Que el amor no puede doler. Que el poder no puede abusar. Que la justicia no puede tener ojos para unos y vendas para otras. Y por cierto: si eres hombre y has llegado hasta aquí sin bufar, te felicito. El feminismo también te necesita. No como héroe protagonista, sino como cómplice, como aliado, como alguien que entiende que un mundo más justo es un mundo más habitable para todos.
Así que no, el feminismo no es una amenaza. Es una llave. Úsala. Abre. Sal.
@Emecé Condado
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