sábado, junio 13 2026

Carta 8: Thomas Mann by Félix Molina

El amor al mar no es otra cosa que amor a la muerte

 

El cuatrimotor distingue, como el ave rapaz que acecha una presa, los picos más nevados, y al fondo el monte Üetliberg, como un pastor huraño que apacentara a la ciudad de Zúrich. Thomas, debilitado por el dolor, adormilado en su asiento, oye las hélices, su batalla contra el viento frío, que le recuerda la de Hans en los brazos de su mágica montaña. Siente las mismas ganas de dormir que su Hans, el mismo sueño de que todo sea un sueño. Otro.

Mientras abre los ojos, lo tranquilizan los motores que cesan. Ya dejan oír el viento, como una llama suave. ¿Hace menos frío? Hace menos frío. El avión muestra, junto a sus alas, sus peldaños hacia un suelo antiguo. Las piernas (incluso la que está adormecida por la morfina) lo sienten como una tierra querida, no la de las baldosas ajedrezadas del hospital cantonal suizo que le esperaba, para domar a la flebitis.

Nadie lo sigue. Katia, su madre… todos permanecen inmóviles en el oscuro aparato, posado en la lengua de asfalto del aeropuerto. Él avanza, hasta que se abre la portezuela del tren, de vagones estrechos y sombríos, tapizados por una caoba humilde. Le asombra que esté vacío (no como entonces, como en 1911, con todos los sombreros de flores y los de fieltro gris agitándose en las ventanillas). Calla, en el trecho que lo lleva a la península que anula el condominio aéreo de la luz del sol, allá en el horizonte. Sí: definitivamente es Venecia, no Zúrich. Jamás Zúrich.

Su silencio es una lengua profunda, pura entraña, cuando abandona el vagón y pisa el estribo del vaporetto. Aguas de un verde turbio, que la proa va separando como la mies temprana, y lo transportan entre chapoteos amados al interior. Al centro.

Después del tráfago de calles —de fachada anaranjada, de un vivo amarillo, de un azul tormentoso—, solo entre la inmensidad de sus recuerdos, llega al Hotel des Bains. También vacío.

Envuelto en los rumores de otro tiempo, de aquel que no dejaba de ser suyo, baja las escaleras, recorre con su pierna (¿flebítica?) la calzada que salpican las casetas multicolores de la playa y alcanza el Lido, donde le espera el ocaso. Otra vez, como aquella de Gustav.

Es muy normal que le asuste la muerte, incluso el rubio Tadzio le saluda con su dedo hacia el sol, hacia el final.

 

 

Thomas Mann (1875-1955) es el fabulador de una Europa que se descompone entre sus dos guerras más crueles, pero que siempre encuentra el reposo estético necesario para que la vida siga adelante. Después de la tragedia personal o familiar de Los Buddenbrook, el hermano de Heinrich (autor genial de El profesor Unrat, llámese también El ángel azul) corona la cima de La montaña mágica, el monumental drama humano del tiempo y la muerte, que aletea siempre en toda su obra, como en La muerte en Venecia, arriba troquelada como sustituto de su real agonía hospitalaria en Zúrich, nunca soñada por Mann. Autor de ensayos muy variados (Goethe, Tolstoi, Wagner, la poesía de Miguel Ángel…), bien pudiera ser considerado el maestro de la novela corta (la troquelada, pero también Tonio Kröger, Tristán e Isolda, Señor y perro…) y de memorias y diarios que apenas dejan conocer poco más de su vida que la ficción de sus narraciones.

 

 

 

 

 

 


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