sábado, septiembre 19 2026

Nietzsche, el profeta ateo by Avelino Muleiro

Desde los tiempos más remotos, los seres humanos han intentado con firme vehemencia conocer el presente y descifrar el futuro. En muchas religiones, la profecía estaba consideraba una forma de revelación divina donde la divinidad comunicaba su voluntad de transmitirla al pueblo a través de mensajeros que habían sido elegidos de forma estrictamente selectiva. Los primeros mensajeros que aparecen en la historia con dicha misión son los profetas de Israel, que históricamente precedieron a la etapa de los reyes y que de forma tan fantástica y ecuménica supo inmortalizar la Biblia. En ese libro sagrado los profetas ocupan un lugar central, sobre todo en el Antiguo Testamento, por ser figuras clave para la fe y la historia del pueblo hebreo. Su función principal era predecir el futuro y transmitir la voluntad de Dios guiando al pueblo de Israel hacia la Tierra prometida.

La palabra profeta procede de un vocablo griego, derivado de pro (antes) y φημί (decir). Por eso un προφήτης (prophḗtēs) es alguien que transmite mensajes divinos a los humanos y que predice acontecimientos futuros. Por lo general, el término profeta se utiliza para describir a una persona que transmite a otras un mensaje divino. Es como el portavoz divino, puesto que su función se ciñe a anunciar la voluntad de Dios al pueblo.

Desde un punto de vista filosófico, la profecía se interpreta como una manifestación del ser humano por encontrar sentido y trascender los límites de su existencia. La capacidad de imaginar el futuro y de influir en él a través de la palabra y de la acción es un rasgo exclusivo de las personas. Pero la profecía no solo se limita a la religión, sino que se extiende a la política, a la ciencia y a la cultura, donde las predicciones y visiones del futuro ejercen una poderosa influencia. La tendencia a profetizar es una constante en la historia humana, necesitada de comprender y de orientar el futuro, bien sea como revelación divina, bien sea como expresión de la imaginación o incluso como herramienta social para dar sentido y esperanza a las personas y a las sociedades.

Cuando en el lenguaje común se emplea el término profecía para expresiones de carácter político o sociológico, solamente se pretende insinuar la capacidad humana para prever el futuro en situaciones muy determinadas. Es el caso de organismos sociológicos como el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), en donde la palabra profecía es una metáfora útil para entender la función y las limitaciones de los pronósticos electorales en España. Aunque las encuestas electorales no pretenden ser profecías en sentido literal, sí comparten con ellas la expectativa social de anticipar el futuro y la necesidad de credibilidad, por mucho que los resultados a veces disten demasiado de la realidad como suele ocurrir reiteradamente con las profecías (pronósticos) del CIS. El CIS y otros organismos similares no son profetas infalibles, sino herramientas imperfectas para intentar comprender un futuro político incierto. Sus fallos no invalidan su utilidad, pero sí exigen transparencia y mejora continua en sus métodos. La verdadera “profecía” social sigue siendo, en todo caso, un reto imposible de cumplir con total certeza.

Hay profecías apocalípticas, como la del boticario francés Nostradamus, quien hilvanando cuartetas poéticas en su libro Las profecías pretendía anticipar el futuro como si de una pócima apotecaria se tratase.

Nietzsche, el profeta ateo       

Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán del siglo XIX (1844-900), era mucho más que un pensador provocador, realmente fue profeta de una nueva era espiritual sin dioses. Al proclamar que “Dios ha muerto”, Nietzsche no celebraba un triunfo del ateísmo, sino que anunciaba el fin de una cosmovisión tradicional que había sustentado la moral, el sentido y la verdad en la cultura occidental. Estaba profetizando que la creencia en Dios y los valores absolutos desaparecerían dejando tras de sí un vacío moral. La «muerte de Dios» era la constatación de un hecho cultural e histórico: la pérdida de la fe en los fundamentos metafísicos y morales que durante siglos habían condicionado la vida humana en el mundo occidental.

En noviembre de 1887, Nietzsche escribía: «Lo que cuento, es la historia de los próximos dos siglos. Describo lo que viene, lo que no puede venir de otra manera: la llegada del nihilismo» (La voluntad de poder). Este “profeta ateo” predicaba una transformación radical de la humanidad. En lugar de vivir según valores heredados de una divinidad ausente, proponía que el ser humano debía convertirse en el creador de sus propios valores.

Su ideal del Übermensch (superhombre) representaba al individuo capaz de afirmar la vida incluso en la ausencia de certezas absolutas. Ese superhombre trascendería en el futuro las normas morales impuestas por la tradición y crearía su propio sistema de valores. Esa profecía se está cumpliendo tal como él profetizó. En La voluntad de poder afirmaba que, tras la “muerte de Dios”, la sociedad experimentaría un profundo nihilismo, es decir, una sensación de falta de sentido. Estaba profetizando que llegaría el superhombre, previa la desaparición del “último hombre”. ¿Quién era el último hombre para Nietzsche? El individuo que representa la decadencia espiritual y vital de la humanidad moderna y que es el resultado de la crisis de los valores tradicionales y la pérdida de sentido tras la “muerte de Dios”. El último hombre es una figura opuesta al “superhombre”, es un individuo conformista, carente de auténtica voluntad de poder, que no crea sus propios valores pero se somete a la comodidad, a la seguridad y a la mediocridad. El último hombre simboliza el peligro de que la humanidad renuncie a su capacidad de superación, creación y autodeterminación y se conforme con una existencia vacía y sin sentido. ¿No coincide este perfil con el hombre posmoderno, habitante de una sociedad líquida, que tan bien ha descrito Zygmunt Bauman?

Frente a ese individuo satisfecho y cómodo, Nietzsche presenta al individuo del futuro, a ese superhombre que llegaría en los dos siglos posteriores al de su profecía (siglo XIX). Ese Übermensch moderno podría ser quien se atreva a vivir con autenticidad, sin depender de la aprobación social ni de ideologías heredadas. Es el individuo que se reinventa tras la caída, que transforma el sufrimiento en energía creativa y que frente a las dificultades nunca se rinde.

Otra profecía de este profeta ateo fue la relación establecida en el futuro entre el nihilismo y el surgimiento del socialismo, una curiosa conclusión a la que llegó a través de un análisis histórico-filosófico de la decadencia de los valores tradicionales en Occidente. Según él, el nihilismo era la consecuencia inevitable de la desvalorización de los valores supremos, especialmente tras la “muerte de Dios” que dejó un vacío de sentido y una crisis de fundamentos morales. Profetizó que el socialismo sería una respuesta igualitaria y niveladora que, en vez de superar el nihilismo, lo prolongaría. Al negar la diferencia y la jerarquía en la sociedad, el socialismo promovía una moral de rebaño y debilitaba la voluntad de poder y la creación de valores individuales. Era, pues, una manifestación más del nihilismo que no ofrecía una verdadera afirmación de la vida, sino una nueva forma de negación y nivelación.

En Humano, demasiado humano, en Así hablaba Zaratustra y en sus fragmentos póstumos aparecen frases como éstas: “El socialismo es la ilusión política que pretende distribuir la felicidad equitativamente, lo cual es una mentira peligrosa y destructiva para la cultura superior”. “El socialismo es una ilusión política y una nueva forma de despotismo, heredera de los valores cristianos de igualdad, que favorece la “moral de los esclavos” y la sumisión al Estado. Es una mundanización y una fe en el mundo que busca igualar a todos los hombres, lo que implica una limitación y una decadencia por representar el triunfo de la mediocridad y la destrucción de la cultura aristocrática. ¿Qué significa eso? Una corrupción del impulso vital y creativo de la humanidad puesto que trata de convertir a los seres humanos en meros engranajes de una maquinaria social estatalizada.

Desde un plano filosófico, el nihilismo profetizado por Nietzsche se asocia a la decadencia total de la cultura occidental, agotada de los valores que estaban representados en la metafísica, en el cristianismo y en la vieja moral. En los tiempos que corren, comprobamos cómo en nuestra sociedad la profecía del ateo Nietzsche se cumple plenamente. La corrupción de la conciencia ha superado límites inimaginables, contemplando cómo la realidad inmoral supera a la ficción más grotesca. La corrupción política es la expresión de una moralidad decadente en la que los ideales que durante siglos sostuvieron la sociedad se han vaciado de significado. El último hombre nietzscheano está en cuidados paliativos.

¿Estaría el vocero de Zaratustra tratando de profetizar la entrada suprema de la IA en la vida humana describiendo su idea del superhombre, así como prever el actual seísmo político que aterroriza al socialismo español? De ser esa su pretensión, la profecía del profeta ateo resultaría indiscutiblemente confirmada.

 


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