Su nombre es Catalina, una bella mujer que conocí por internet y era mi primera cita en muchos meses. El divorcio se había llevado veinte años de mi vida y la soledad se había adueñado de mí.
Hasta que la eché por la ventana. Acordamos encontrarnos en la Boca, allí donde la luna ilumina el Río de la Plata. Conversamos para conocernos mientras los perros vagabundos jugaban a nuestro alrededor para olvidar el hambre.
Las luces de los faroles en el camino de la costanera, nos regalaban penumbras, historia, nostalgia.
Se escuchaban los tangos que salían de restaurantes y viejos conventillos para sumergirse en las oscuras aguas del Río. Era tanta la armonía, que un momento me detuve y la besé sobre los labios por primera vez. Sentí que ella lo aguardaba. Caminamos de la mano, sonriendo tontamente como adolescentes: Nuestras miradas brillaban.
Cuando llegamos al conventillo más famoso, otrora hogares de inmigrantes, entramos. Catalina era tan curiosa de la historia como yo. El lugar estaba plagado de comercios vendiendo baratijas, discos de pasta, libros tapados por la tierra, fierros retorcidos, cuadros de dudosa procedencia y antigüedades. Al final del mismo estaba el bar El Callejón el cual mantenía la esencia del siglo pasado.
Al entrar, el humo del tabaco no permitía ver más allá de los pies. El olor a humedad mareaba
la ropa y el perfume barato nos hizo estornudar. Una vez que se acomodaron los sentidos, vimos que las mesas estaban ocupadas por solitarios borrachos durmiendo, por otros que bebían con prostitutas y algunos con parejas sin nada que decirse.
Nos sentamos en la barra y pedimos whisky. Miramos todo y escuchamos que, de algún lugar, venía la música de algún piano. En el fondo, sobre una frágil tarima de madera, estaba el pianista.
Era un hombre débil, de edad indescifrable, que tocaba solo melancolía. Sus hombros estaban vencidos por su tristeza y soledad. El olvido era su mayor dolor y seguramente era el de una mujer.
Las notas que tocaba eran grises, frías, vacías, sin vida, como su alma. Estaba perdido, sin deseo. Como buscando su muerte. Alcanzaba con ver encima del piano; varias botellas de whisky, decenas de paquetes de cigarrillos vacíos y papeles manchados con rouge de las prostitutas.
Ante tanta depresión, nos fuimos.
Ya afuera y con la luna otra vez sobre nuestras sienes, Cata preguntó:
─ ¿Qué cosa tan grave le pudo pasar al pianista para dejarse morir sobre el viejo piano?
─No lo sé Cata. Solo sé que la vida es de cada uno y la vivimos como podemos. Algunos pueden lidiar con enfermedades, perdidas familiares, amores. Otros no. Y su actitud solo genera indiferencia. Y creo que la música no merece estar amarrada al sordo instrumento, en un bar sombrío, con un músico agonizante, mientras los náufragos de las noches oscuras se ahogan en la orilla con una botella de vino.
Catalina me miró y me regaló el beso más hermoso que había recibido en muchos años.
─Vení, vamos a casa a resucitar la música.
Tomamos un taxi y bajamos a pocas cuadras del parque Lezama. Entramos al edificio y en el ascensor nos besamos y acariciamos. Al llegar al departamento, Catalina me pidió que la aguardara en el cuarto. Miré como cada rincón estaba decorado, con suma calidez y amor.
No me desvestí esperándola. Solo me quité los zapatos, las medias y me recosté en la cama. Fue entonces que entró al cuarto su maravilloso perfume. Detrás ella, vestida con una flor entre sus manos. Sus senos, algo caídos por el paso de las cinco décadas, eran deliciosos. Su piel era suave y sus manos parecían enfundadas en terciopelo.
Me acerqué y la besé.
Comenzó a desvestirme mirándome a los ojos mientras yo escondía detrás de sus orejas algunos cabellos blancos que se habían escapado de la melena rubia. Vimos juntos las estrellas, el infinito. Nos pusimos de cara al amor. En la cama, desnudos y con los dedos entrelazados, conversamos.
─ ¿Tenés heridas sangrantes?─me preguntó.
─Solo una y que sangrará hasta el día de mi muerte. ¿Vos?
─Muchas, recordá que soy mujer─ dijo en tono de broma y reímos.
─ ¿Para qué estamos Cata?
─El tiempo lo dirá. Vayamos despacio, buscando dar lo mejor de nosotros cada día.
No hizo falta más. La besé con profundos sentimientos que despertaban. Nos dormimos, abrazados a la vida, al amor, a un cielo azul que se abría…
Despertamos con el sol. Sonreímos felices pues cumplíamos diez años juntos. Nos besamos, nos dijimos mil veces” te amo” y comenzamos a mirar por la ventana como las hojas de los árboles temblaban con el viento y el sol dejaba de esconderse tras las nubes. Salimos a tomar un café con medialunas al bar. Entre sorbos de café y risas, ella encendió un cigarrillo y comenzó a hablar.
─Amor, la ciudad nos está olvidando, nuestras familias también. Los viejos amores ya no nos
recuerdan y muchos amigos se fueron. El tiempo seguirá con su derrotero y llegará el momento, en que el rocío del otoño mojará mis faldas, mis tetas caerán y las arrugas se adueñarán de mí. Las estrías serán ríos cruzando espacios infinitos. Quizás olvide donde dejo las cosas y se me caiga todo de las manos. Y cuando eso ocurra no quiero besos con gusto a muerto. Solo te pido que me perdones, que me digas que te vas al viejo Callejón y vayas, sin mentiras. A mí, déjame llorar todo lo que quiero. Y si querés irte no te detendré. Quiero verte con la maleta en una mano y con la otra saludándome, diciéndome adiós. Con una sonrisa, aunque sea triste.
Mis lágrimas cayeron sin piedad mientras ella solo miraba por la ventana con nostalgia.
─Cata, amor mío, nunca podría hacerte daño y alejarme de vos.
Quiero que sepas que cuando la tumba cierre mis párpados, solo quiero oler el perfume del primer encuentro, sentir ese primer beso, escuchar tu primer gemido de placer, gozar con tu risa. Quiero ver el último cielo con vos y luego, morir en tus brazos. Que nuestro amor permanezca cautivo en el desierto del universo para siempre, que la noche nos lleve más allá de los límites del tiempo.
La emoción arreció en aquel bar como si fuera lluvia. Nos tomamos de la mano y nos perdimos en esas callecitas francesas de Buenos Aires, con el sol escurriéndose entre las copas de los árboles y la brisa otoñal, con sus alforjas cargadas de perfume de jazmines y bellos recuerdos.
Caminando encontramos, en una de sus empedradas esquinas, al tango melancólico y sentimental, con vestido color rojo y traje negro, escondiendo las antiguas canciones de amor bajo los adoquines del siglo pasado, esos pequeños cofres repletos de historias.
@Richard.- Ricardo Mazzoccone
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