miércoles, mayo 13 2026

El tecnofeudalismo de la IA by Rafael Julivert Ramírez

Cada vez que entramos en una red social, buscamos algo en internet o compramos en línea, estamos trabajando gratis. Sí, así como suena. Entregamos nuestra información personal, nuestros gustos, nuestra ubicación y nuestro tiempo a unas pocas empresas gigantes como Google, Amazon o Meta. A esta situación, algunos expertos, como el economista Yanis Varoufakis, la han llamado «tecnofeudalismo». La idea es muy sencilla de entender: el internet actual se parece a la Edad Media. Las grandes empresas tecnológicas son los reyes o señores feudales, dueños absolutos de las «tierras» digitales, y nosotros somos los campesinos o vasallos que las trabajamos, regalándoles nuestros datos para que ellos se hagan millonarios.

Pareciera que, en lugar de navegar libres por la web, estamos encerrados en los castillos privados de estos gigantes tecnológicos, obligados a aceptar sus condiciones para poder comunicarnos. Sin embargo, no todos los pensadores están de acuerdo con esta historia de reyes y castillos. Críticos como Evgeny Morozov o Nicholas Vrousalis nos dicen que no debemos confundirnos: esto no es un regreso a la Edad Media, sino el mismo capitalismo de siempre, pero con herramientas mucho más poderosas y agresivas.

Según estos críticos, pensar que las empresas tecnológicas son como reyes perezosos que solo cobran impuestos es un error. En la vida real, estas empresas invierten muchísimo dinero en tecnología y compiten ferozmente entre ellas para ganar más dinero vendiendo publicidad y explotando el trabajo de la gente. Por ejemplo, pensemos en los choferes de aplicaciones de transporte: ellos trabajan para plataformas que dictan todas las reglas del negocio usando algoritmos. Llamarlo «feudalismo» puede sonar bonito, pero corre el riesgo de hacernos olvidar que el problema real es un sistema económico que sigue buscando hacer dinero a toda costa.

Se llame como se llame, lo cierto es que nos está haciendo mucho daño. Autores como Shoshana Zuboff hablan de un «capitalismo de vigilancia». Las plataformas registran absolutamente todo: qué miramos, cuánto tiempo nos detenemos en una foto, qué nos hace reír y con quién hablamos. Los algoritmos —que son como las instrucciones matemáticas ocultas detrás de las aplicaciones— usan esa información para mostrarnos contenidos que nos mantengan pegados a la pantalla. Lo peor es que descubrieron que mostrarnos cosas extremas, que nos enojan o nos asustan, es la mejor manera de que no soltemos el teléfono. Como resultado de esta «economía de la atención», nos estamos volviendo una sociedad más dividida, más solitaria y con menos capacidad para conversar tranquilamente. Nos tratan como simples números y estadísticas para vender anuncios.

A veces parece que surgen soluciones mágicas para liberarnos. Hace poco apareció DeepSeek, una inteligencia artificial de origen chino que es gratuita y «abierta» para todos, lo que asustó mucho a los grandes negocios de Estados Unidos porque arruinó su forma de cobrar caras suscripciones. Pero no nos engañemos. Herramientas como estas no destruyen el verdadero poder de los gigantes tecnológicos: su enorme capacidad de espiarnos y de influir en lo que hacemos y compramos. Además, estos sistemas abiertos tienen sus propios peligros graves, como el riesgo de que usen mal nuestra información personal sin protección o bajo la vigilancia de ciertos gobiernos.

Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Apagamos nuestros teléfonos para siempre? No. Aquí nos sirve mucho la visión del filósofo Edgar Morin y su «pensamiento complejo», que básicamente nos enseña a ver el panorama completo. Morin nos propone darnos cuenta de que la tecnología y nuestra vida humana están mezcladas, y que debemos rechazar que nos traten solo como un montón de datos.

La salida a esta trampa es organizarnos. Por ejemplo, podemos fomentar el uso de «software libre», es decir, programas creados por comunidades de personas para que todos los usen de forma gratuita y segura, sin que nadie espíe ni venda nuestros datos. Además, debemos exigir a nuestros gobernantes que pongan límites claros a estas empresas y protejan nuestra soberanía digital. Reclamar nuestra independencia significa dejar de ser simples «usuarios» obedientes de las redes para empezar a actuar como ciudadanos conscientes.


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