
Se encontraba en la habitación del hotel Golden. La ropa de cama estaba ajada. Comenzaba a anochecer y el frío se apoderaba de la sangre que recorría las venas, extremadamente marcadas debido a la delgadez. Miró en repetidas ocasiones al espejo y a la cerradura de la puerta. La imagen que veía reflejada le ocasionaba un dolor interno muy profundo. A cada ligero ruido en el exterior del espacio en el que se desgajaba su imagen respondía con una mueca torcida en su boca. Sujetó con la mano derecha la izquierda para evitar el temblor. Respiró hondo y se aproximó con intención de abrir. Pegó el oído a la puerta. Silencio. Giró el pomo. Sin ruidos. Abrió una chispa la hoja y asomó la mirada sesgada, nada. Pisando de puntillas metió medio cuerpo aprisionado por la escasa apertura y el marco de la puerta. Oscuridad. Ya estaba en el exterior. Tocaba correr lo más posible y no mirar atrás en ningún momento. Huir despavorido.
Unas garras se afilaban en el piso que daba salida a la calle. La lámpara de sobremesa del hall producía una sombra maléfica bajo el umbral de la sala de desayunos. Brillaban unos ojos rasgados. Se podía escuchar una respiración profunda y el resoplar similar al de un animal. El ruido del calzado del hombre en su bajada trastabillada por los escalones de madera puso en posición de ataque a lo desconocido. Una cabeza felina se insinuaba unos centímetros.
El mensaje de su amigo Peter, que encontró en la repisa de la habitación confesando su identidad licántropa, fue el detonante de la necesidad de escapar del lugar más tétrico en el que se había encontrado a lo largo de la vida. Era un bosque oscuro, de árboles grises por la humedad, niebla, viento y frio. Resultaba muy complicado escuchar un ave en la zona. Solo los cuervos negros eran los vigilantes de las tinieblas.
El despavorido protagonista corría de forma distorsionada en busca del cobijo de la espesura. Tropezaba y caía, víctima del agarrotamiento de los músculos deshidratados. En décimas de segundo su mente recordó a la familia que lo esperaba en Londres. Betty, la esposa, siempre condescendiente y falta de carácter. Tómas, el padre, con la mente fijada a una época anterior, treinta años menos en el almanaque de existir. Samy, su hijo, pelirrojo y lleno de pecas, inseguro y esquivo.
La sombra que seguía la diáspora lo alcanzó por la espalda. Un gruñido precedió el mordisco voraz. La realidad superó a la leyenda.
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