miércoles, junio 3 2026

PERROS, ARENQUES Y DEMÁS PARIENTES by Esther Bajo

Los científicos descubren constantemente nuevas ramas en ese árbol en el que todos los seres vivos estamos conectados y algunas de esas conexiones o parentescos son de lo más sorprendentes, como que los humanos compartamos el 60 por ciento de nuestros genes con las moscas de la fruta.

También sabemos ahora que nuestra capacidad de comunicación no es excepcional sino, si acaso, diferente. Las ballenas, por ejemplo, no han descubierto el wifi, pero se comunican entre ellas a través de muchísimos kilómetros de océano y también los elefantes se hacen oír a grandísimas distancias y no se trata de lo que sólo percibimos como ruidos, sino de un lenguaje que consta de su propia sintaxis. No sabemos si murciélagos y algunos roedores debaten sobre filosofía o arte, pero tampoco podemos descartarlo porque se comunican con ultrasonidos que no están al alcance de nuestros oídos. Sí sabemos, por ejemplo, por un reciente estudio publicado en Science, que muchos animales tienen nombre propio, como los humanos: elefantes y delfines tienen sonidos propios por los que se llaman unos a otros y se contestan; también los titíes que, además, espían conversaciones ajenas y las cotillean con otros; ítem más, aprenden dialectos para comunicarse con otros grupos diferentes. Muchas otras especies, como los perros de las praderas, tienen formas de comunicación complejas y los investigadores que se dedican a escuchar a los animales –como Rob DeSalle e Ian Tattersall- aseguran que hay formas avanzadas de comunicación entre animales que bordean un verdadero lenguaje.

Al fin y al cabo, los humanos aprendimos a hablar porque nos enseñaron las aves, de quienes tomamos la dimensión melódica, y los primates, de quienes tomamos el contenido del discurso.

Los hay que no se callan ni debajo del agua y no sólo los mamíferos. Jorgewich-Cohen y Camila Ferrar han descubierto que, aunque no son muy parlanchinas, incluso las tortugas tienen un lenguaje difícil de captar pero del que han grabado hasta once vocalizaciones diferentes. Entre otras cosas, no es casualidad que las tortuguitas enterradas en la arena eclosionen al mismo tiempo, sino que se ponen de acuerdo entre ellas para emprender juntas la carrera hacia el agua y su supuestas malas madres, que se largan después de poner los huevos abandonándolos a su suerte, no lo son, sino que esperan a los recién nacidos dentro del agua y desde allí los llaman y conducen a aguas seguras… al menos las tortugas guacamayo y las tortugas cálao, que son las han sido paciente y profusamente estudiadas.

Y muchos peces se comunican también de las formas más dispares, utilizando la vejiga natatoria como caja de resonancia: con los dientes, con gruñidos… y hasta con los pedos, en el caso de los arenques. Un reciente número de National Geographic cuenta que, en 1944, los suecos oyeron unos sonidos como de fritura bajo las aguas del mar Báltico que atribuyeron a la presencia de un submarino espía y, tras protestar al Gobierno ruso, descubrieron que ese ruido lo hacían los arenques subiendo a la superficie para tragar aire que luego expulsan por el ano en pequeñas descargas: es su forma de hablar entre ellos.

La comunicación no se da sólo entre especies similares. Cualquiera que haya tenido un perro y un gato en casa ha podido observar lo bien (o mal) que pueden entenderse. Las ardillas, al parecer, saludan con la cola a las palomas; los chimpancés no sólo parlotean entre sí, sino también con los monos capuchinos y los delfines entienden el lenguaje de los tiburones.

Fresco de Giotto

Así las cosas, empiezan a no extrañarme las historias de Francisco de Asís, capaz de hablar con los lobos y las aves, o la de José de Cupertino que tenía la misma estrecha relación con las aves y también con las ovejas o nuestro Froilán, que se hizo íntimo de un lobo. Quizá sólo hace falta escuchar para entenderles y entenderse con ellos. Es una verdadera comunicación –bidireccional-, como sabe quien tiene un perro, un gato, un caballo…

Los últimos descubrimientos en zoosemiótica, paleantropología y neurobiología, utilizando Inteligencia Artificial y tecnologías de última generación, hacen pensar que el lenguaje humano forma parte de la propia evolución de las especies, de nuestra historia común como seres vivos, de modo que comprender al resto de los animales nos ayuda a comprender nuestro propio cerebro, a comprendernos.

Y es que el vínculo entre los seres humanos y los animales es algo ancestral, algo que proviene de lo más profundo de la naturaleza. Como persona que siempre ha tenido mascota y a la que le gustan los animales (bueno, la mayoría), no me gusta antropomorfizarles. Nunca he vestido a mi perro ni lo he paseado en carrito y me molesta la bienintencionada –pero, a mi juicio, desatinada- costumbre de sustituir el “comprar”, “hacerse con” o “tener” una mascota por “adoptarla”, más que nada porque soy madre adoptiva y me parece ofensivo tener que decir que ha adoptado hijos, perros y gatos englobándolos en un único acto.

 Respeto a los animales, por decirlo de algún modo, en su propia y personal animalidad, pero me disgustan las burlas o quejas contra quienes prefieren tener mascotas a tener hijos o quienes hablan con sus perros o, en definitiva, construyen una fuerte relación de amistad con ellos. ¿Por qué no? Además de una relación probadamente terapéutica, ha sido una parte intrínseca de nuestras vidas durante milenios. Según uno de los mayores expertos mundiales en Zooantropología, John Bradshaw, esa relación ha moldeado nuestras mentes y nuestros cuerpos. Los a menudo denostados dueños de mascotas están, al fin y al cabo, recomponiendo una relación armónica entre los seres humanos y la naturaleza, una relación de ayuda mutua entre especies en lugar del abuso y el maltrato.

Preocupémonos y sigamos denunciando los verdaderos problemas, que no son que en las familias haya más perros que hijos, sino que los hijos de muchas familias en distintos lugares del mundo estén siendo masacrados y que un número creciente de especies animales siga desapareciendo.


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