Estar atrapado dentro de un cuento que está por nacer es algo mágico que sucede con poca frecuencia, siempre es algo esporádico, poco común. Uno puede estar viajando a través de la noche en el interior de un sueño pero tarde o temprano el encantamiento onírico morirá y nosotros sentimos vagamente que hemos escapado a tiempo de esa pequeña muerte sin haberlo decidido siquiera. A veces he soñado que escribía un cuento brillante solo en segundos, un cuento que me demandaría cierta cantidad de páginas clásicas pero al despertar a la realidad la página en blanco sigue ahí intacta, yerma de ideas, sola y vacía como la noche anterior sobre el escritorio, desolada como un páramo.
Uno nunca sabe como entra a un cuento, yo me he rendido muchas veces tratando de explicar ese proceso. Hay una especie de tensión al principio, es lo único que puedo recordar porque prefiero culpar de todo a la irresponsabilidad, a la inconsciencia, a la pasión irrefrenable de escribirlo todo a través del ardor del deseo de extraer oro literario de roídas palabras oxidadas, aparentemente muertas y olvidadas.
Entonces siento otra vez el frío misterio de una puerta que se abre en la oscuridad de la mente hasta ver un rayo de luz casi imperceptible que me hace preguntas como una señal silenciosa. Entonces es cuando empiezo a caminar tembloroso e inseguro, con cierto temor también, porque no confesarlo, como una especie de vaga cobardía que se ahogara en las vanas palabras y en las imágenes difusas de algo que se acerca a mí y no sé lo que es pero debo desentramar.
A veces no es una puerta sino varias, ellas se multiplican en su afán de confundirme, hacer que me pierda en interminables galerías imaginarias plagadas de frases que se ofrecen como un don efímero, como un legado de una breve felicidad. Pero debo continuar, siento la sombra de pupilas hambrientas que me recorren en un camino blanco y solitario que no tiene fin, siento el tambor de suaves corazones que palpitan suspendidos ante el arribo sorpresivo de un desagradable punto final. A veces las palabras esperan ser elegidas en un rincón sin hablar, solo esperan su turno con una solemne educación y yo quedo atrapado en complicadas telarañas hasta que la historia se desata de la madeja donde estaba escondida y se escribe sola como las sentencias de un adivino.
Suelo escuchar al caminar por la calle las locuras infantiles que un niño le cuenta a su madre paseando de la mano, recuerdo ese beso mudo lleno de profundidades en los labios clandestinos de una mujer de ensueño. Recuerdo luchar con cada palabra para resucitarla de su mediocre condición a través de la poesía, batallar contra modestas incertidumbres sin tiempo ni medida, abrazándome sin rencor a la sutil indiferencia, por el solo hecho de escribir y nada más. Sin pretensiones, solo compartirlo con las estatuas de las plazas que me cuentan los secretos de la noche.
´@Jesús María Cello.
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