jueves, mayo 21 2026

Martes negro.- Crónica por Jesús Cello

Ese martes plomizo y frío, Artemio Aranda se agazapo más de la cuenta para alzar una lapicera del suelo en plena Avenida Rivadavia, la Avenida del cipayo traidor como decía mi abuelo, y comenzó a sentir una lenta puñalada breve pero intensa y se incorporó como pudo aferrándose a las paredes
que chorreaban grafitis multicolores, como una acuarela urbana derritiéndose bajo la lluvia de la noche anterior, tratando de defender la compostura a duras penas, quedándose inmóvil, asustado y sorprendido, respirando profundo, contando lentamente hasta cien sobre un banco de plaza que le oficiaba de salvavidas de madera en el mar de la ciudad.

Recordó en ese preciso instante lo que su mujer le había pedido anoche a mitad de camino entre el ruego y el ultimátum de que deje de seguir arrastrando esa pesada maleta de ventas por toda la ciudad para llegar a ningún lado, en el medio de fríos extremos y calores agobiantes, recorriendo enormes distancias sin tiempo, que el cigarrillo y el café lo iban a terminar matando un día de éstos. Y Artemio Aranda le contestaba siempre de mal modo, con las palabras sucias del dolor, con la rutina implacable de la angustia que por favor lo deje morir en paz a su manera, hablando solo con la estatua del prócer que lo observaba desde las alturas con mirada aleccionadora.

Sentado en ese banco verde de plaza de pueblo, veía como una chica adolescente patinaba sobre el piso reo de cemento como si tuviera alas en los pies y el cemento no fuera cemento sino un espejo de hielo azul y otros niños eran felices a su alrededor jugando a las escondidas dentro de árboles muertos.

Y comenzó a recordar que tan solo a unos metros de ahí estaba el consultorio de su amigo médico de la infancia, cardiólogo de prestigio y compañero fiel de aventuras de juventud, tan alocadas como irresponsables, cuando la vida era tan solo una fila de hermosas mujeres interminables y noches eternas. Sabia que su amigo no le iba a mentir, que si tenía algo grave se lo iba a decir, no andaría con vueltas estériles, sin sentido.

Cuándo llegó a la puerta del ascensor comprobó que estaba roto a través de la lectura de un humilde cartelito escrito a las apuradas con las pertinentes faltas de ortografía que nunca faltan a la cita de la confusión.

Entonces Artemio Aranda comenzó a subir las escaleras de la resignación hasta el séptimo piso, como si fuera una montaña nevada de un invierno salvaje. El esfuerzo lo dejó exhausto, con el aire justo para saludar a una secretaria tan hermosa como rígida que le informó con un tono mecánico y seco, casi gutural, que el Doctor no lo podía atender sin turno previo, que vuelva el mes que viene. Artemio Aranda se hecho para atrás primero como tomando carrera para dar un salto al vacío con una contestación soez, pero agachándose levemente se acercó al oído de la secretaria hermosa y rígida y en un tono muy pero muy bajo, casi como un secreto cómplice, para que no pudieran escucharlo los pacientes que aguardaban casi como fantasmas sociales a sus espaldas, estoicos y silenciosos. Le dijo que si el Doctor no lo atiende ahora mismo, el mes que viene iba a estar muerto. La secretaria tomó el teléfono negro con desesperación y marcó rápidamente el número interno al instante el Doctor abrió la puerta y se abrazo emocionado con su viejo amigo.

» Hoy pensé en vos Artemio querido…»

» Te debe haber llamado mi corazón, me debo estar por morir …»

En el instante que el Doctor comienza a conectarle unos cables multicolores en el pecho, la mujer de Artemio Aranda se lleva la mano derecha al centro de su corazón y comienza a sentir un escalofrío por la espalda y una profunda angustia al mirar preocupada el reloj de la cocina y su esposo que no llega de costumbre. El rostro del Doctor de prestigio comienza a adquirir un rigor cada vez más trágico mientras el monitor importado comienza a enloquecer. En la casa de Artemio Aranda la mujer comienza a llamar a la policía y a los Hospitales y Sanatorios, mientras la ciudad se llena de sirenas desesperadas. Un viento fuerte cierra la puerta de la casa de Artemio Aranda.

Para siempre.

@Jesús María Cello


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