Muchas cosas buenas pasan a la gente que tiene amigos. Eso pensaba hasta que acontecieron los sucesos que voy a relatar.
Iba montado en mis zancos, aclaro que soy artista callejero, y cruzaba una calle en la que había muchos autos estacionados esperando la luz verde del semáforo. Realicé mi acto frente a ellos, allá arriba hice malabares con los aros que subían, bajaban y los atrapaba para volver a lanzar. Cuando la luz amarilla estaba anunciando la proximidad de la verde, corté mi acto para pasar una gorra que llevaba atada a una cuerda. Un par de conductores me dieron monedas, pero el del auto amarillo miró hacia otro lado y apenas le dejé un poco de espacio aceleró con fuerza.
La vibración hizo que me tambaleara. Los aros salieron despedidos en varias direcciones. Caí de los zancos y fui a parar al asfalto sobre mis brazos. Una camioneta blanca pasó por encima de los zancos de madera y como si fueran frágiles ramas secas, los quebró.
Al componerme, noté el desastre. Me tomé la cabeza pensando que había perdido lo más importante de mi negocio. Hay muchos malabaristas por la ciudad, pero muy pocos, solo dos, puedo asegurar, sobre zancos.
Esa noche pasé un poco de hambre. Lo reunido en el día apenas me alcanzó para un café con leche con una medialuna. La noche fue fría y mis compañeros de vivienda tampoco habían logrado sacar mucho, así que tampoco hubo carbón para la estufa y dormimos casi apilados, en nuestras bolsas de dormir en el piso.
Pero nada nos hacía pensar en cambiar de vida. Era una especie de certeza de que, sin importar cuánto pudiéramos sufrir, no había en el mundo nada más que pudiéramos o supiéramos hacer. Alguien me dijo una vez que yo estaba revelándome contra mis padres, ellos tan formales, tan normales. Pero yo sentía que mi rebeldía era contra el mundo tan hipócrita.
Esa noche pasó como otras tantas. Uno de mis amigos nos dejó poco tiempo después: Sandro, quien llegó a la conclusión de que quería tener una casa, una novia y un perro y para eso debía cambiar los malabares con pinos por malabares con platos, trabajando de mozo. Todos lo ayudamos. Luis le prestó ropa en buenas condiciones, yo le di un par de zapatos que había conseguido en el puente de la estación, Fernanda le dio un perfume que no se sabe cómo consiguió.
Un par de meses después, Sandro se mudó, viviría solo en un departamento más cerca de su trabajo, en una zona céntrica de la ciudad. Quisimos seguir su ejemplo y mudarnos con él. Era seguro que en esa zona había más tránsito y nuestro acto prosperaría. Pero Sandro no quiso. Solo dijo que en el edificio no aceptaban artistas. El rechazo, la forma en que lo dijo, nos hizo pensar en otros motivos que no alcanzábamos a entender. Queríamos saber e insistimos, pero Sandro no quiso revelar nada.
Yo tomé la decisión de seguirlo y ver dónde viviría. No tenía nada que hacer y como mis zancos
estaban rotos, no podía trabajar. Así que nada perdía. Lo seguí hasta el trabajo. Me quedé por ahí dando vueltas, haciendo malabares con mis aros, de tanto en tanto, mirando de reojo hacia el lugar donde Sandro trabajaba, esperando el momento en que saliera para su nueva casa. Pero estuvo en el “trabajo” solo diez minutos. Lo vi salir y lo seguí hacía otro lugar. Al principio pensé que tenía que hacer una entrega a domicilio, pero no llevaba ningún paquete y tampoco el uniforme.
Al llegar a un edificio muy hermoso, entró. No llamó a ningún departamento, tenía llave de la puerta de entrada. Cuando lo vi desaparecer en un ascensor, me acerqué hasta la puerta y revisé los nombres que figuraban al lado de los distintos timbres.
¡Imaginen mi sorpresa cuando vi su nombre en el departamento 32 del tercer piso!
Me sentí confundido, comencé a sospechar cosas ridículas como que se había dedicado a la venta de drogas o cualquier otra cosa que le diera dinero fácil. Pero recapacitando, llegué a la conclusión de que Sandro no era un mal tipo, no podía imaginarlo haciendo cosas malas.
Pensando en esas cosas, no me di cuenta de que el conserje del edificio me estaba observando. Se acercó hasta mí y comenzó a interrogarme, ya que me veía sospechoso. Me preguntó a quién buscaba y le dije “a Sandro”, pero se me había olvidado el departamento en el que estaba al día.
El hombre, entonces, me preguntó de nuevo para qué quería al Dr. Sandro. Tratando de disimular mi desconcierto le dije que me dolía una muela. No sé por qué se me ocurrió que Sandro podría ser dentista, quizás porque se limpiaba los dientes obsesivamente cuatro veces
Di en el blanco, porque el conserje confirmó mi intuición diciendo que era muy buen odontólogo y lo podía encontrar en el departamento 32. Entonces se quedó esperando que yo presionara el timbre y no tuve más remedio que hacerlo.
La voz que emitió el portero eléctrico no era la de él, seguramente sería su secretaria. Más cosas inesperadas. Le dije que era Federico Lemos, amigo de Sandro, y quería hablar con él. El aparato permaneció mudo más de lo normal. Seguramente la secretaria había transmitido el mensaje y la sorpresa había dejado sin palabras a mi amigo. Finalmente, la voz me indicó que pasara.
Una vez que llegué al departamento me planteé para qué estaba haciendo eso. ¿Le reprocharía su doble vida? ¿Le diría que me había defraudado? Opté solo por preguntarle ¿qué era esto? Mi amigo me hizo pasar a su consultorio. Me indicó que me sentara en el sillón en el que sus pacientes lo hacían. Un poco incómodo por la inclinación del sillón, me dispuse a escuchar.
Me confesó que era dentista y que, a veces, se tomaba “vacaciones”. Le gustaba su trabajo, pero se tornaba pesado y cuando ya no aguantaba más, recurría a su afición de otras épocas: los malabares. Claro, ahora me cerraban sus largas desapariciones. Siempre que se iba decía que iría a probar suerte en otro barrio, pero luego volvía diciendo que había tenido algún problema o que lo había echado algún otro artista porque le había invadido su esquina. Sandro continuó su relato diciendo que se había vuelto artista callejero por consejo de un musulmán que lo había visitado en el consultorio y le había visto hacer malabares para atajar un torno que le había caído. El comentario le había resultado tan gracioso que un día se encontró pensando en probar suerte. Y le había ido bien, de hecho, disfrutaba mucho, tanto de recorrer las calles como de la compañía de nosotros.
No supe qué decirle. Sandro encarnaba esa doble vida que tanto me molestaba. Pero quizás, en su caso, no era por mala fe o con mala intención. Supe que no nos había contado su situación debido a que lo apenaba y pensaba que resultaría incómodo, así que le dije que guardaría su secreto a cambio de que me revisara la boca.
Tal fue su alegría que comenzó a contorsionarse y hacer gestos, al tiempo que sonreía sin decir ni una palabra. Y así fue como, conducto mediante, decidí darle una oportunidad a otra actividad que me daría de comer. Comencé a estudiar para mimo.
Yo sé que no tengo muy buen ojo para las profesiones. También sé que mi vida seguirá siendo
difícil. Pero ahora sé que, cuando uno no encuentra las palabras, los gestos se convierten en
los reyes de la escena y, para eso, nada mejor que un mimo.
@Mirna E. Gennaro
@Imagen Pinterest
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