lunes, julio 6 2026

Mi nombre es Lara Capítulo 9 por Emecé Condado

Martes, 15 de julio

La oficina esta mañana parecía una pecera sin filtros: aire viciado, compañeros nadando en círculos, todos con la cara de haber dormido en vinagre. Yo he llegado y, nada más sentarme, la falda se me ha enganchado en la rueda de la silla. He pasado mis primeros diez minutos haciendo contorsionismo para liberarme sin enseñar más de lo debido. Cuando por fin me acomodo, allí está Lucía, en modo
Gran Hermano, oteando desde su despacho con esa cara de que va a pasar algo grave; yo sé con certeza que ese algo me va a tocar a mí.

Durante toda la mañana se ha dedicado a lanzarme puyitas: que si un correo mal contestado, que si la reunión a la que “casi” llego tarde (aunque estaba cinco minutos antes), que si mi tono al teléfono.

Pura gimnasia de desgaste.

Y justo al borde del mediodía, ha montado el numerito.

Lucía: ¿Me puedes explicar qué demonios es esto?

Levanta el informe como si acabara de pillar pruebas de un delito.

Yo: El informe de ventas del segundo trimestre, como me pidió ayer.

Yo por dentro: Sí, Lucía, es un informe, no el Santo Grial. Si quieres milagros, habrá que contratar a Dios en plantilla.

Lucía: ¿Y estas cifras? ¿Quién te ha autorizado a presentarlas así?

Yo: Están sacadas de la base de datos del departamento.

Yo por dentro: ¿Quién va a ser, mujer? Excel, nuestro amo y señor. Igual prefieres que me las invente con una ouija.

Lucía: ¡Y encima en azul! ¿Sabes lo que transmite el azul en un gráfico? Frialdad, desconfianza, cero emoción.

Yo: Lo tendré en cuenta para la próxima.

Yo por dentro: Pues la próxima te lo pongo en fucsia con purpurina, a ver si así notas “emoción” y se te quita la cara de acelga.

Lucía: No es un “lo tendré en cuenta”. Aquí no estamos para expresarnos, estamos para hacer las cosas bien. ¿Lo entiendes?

Yo: Sí, lo entiendo.

Yo por dentro: Lo entiendo, Lucía: tu furia siempre tiene una diana, y resulta que esa diana soy yo.

En ese momento entra Sebas. Camisa arremangada, sonrisa medio torcida, aire de quien venía a arreglar el origen del mal humor. Se queda de pie, presenciando la escena.

Sebas: Lucía, no eres justa. No deberías tratar así a Lara.

Silencio. El tipo de silencio que convierte un clip en un meteorito si se cae al suelo.

Lucía: Lara… ¿Cómo sabes tú su nombre?

Lo agarra del brazo y lo arrastra a su despacho. La puerta se cierra. Voces suben y bajan, discusión. Yo sigo en mi mesa, abriendo y cerrando el Excel como si realmente me importaran las celdas.

Cuando por fin escapo de la oficina, la ciudad es un horno. Llego a casa, me dejo caer en el sofá y abro una cerveza; el chasquido de la anilla es música celestial. Estoy feliz, feliz de verdad, porque la escena con mi jefa no podría haber tenido un final más perfecto.

Tan feliz que hasta se me olvida Simón, Jean y el teléfono.

Hasta que suena.

Mi madre, histérica, porque una de las gemelas sale con un chico. Aguanto la tormenta, cuelgo… y descubro dos notificaciones de WhatsApp.

Una de Simón.

Otra de Sebas.

Continuará…

@Emecé Condado


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