Nada hacía prever lo que ocurriría esa mañana.
Leo, un niño autista de siete años de edad, despertó de pronto y comenzó a llorar, reír, a gritar, a
correr, a mirar el mundo…
Había nacido en una oscura noche de julio, en pleno invierno, en la clínica del pueblo.
Su madre debió soportar intensos dolores durante el parto pues la partera no entendía el motivo por
el cual se estaba complicando tanto.
—¡Es como que no quiere salir!—dijo.
Cuando estuvo en los brazos de su madre Ana, llantos de emoción la invadieron…más el llanto del
niño no llegó. Los médicos lo revisaron y todos los controles arrojaron un perfecto estado de salud.
El problema fue que el llanto del niño nunca se escuchó.
Durante los siguientes días, la preocupación creció.
La mirada del niño no tenía expresión, estaba como perdida, comía, dormía, hacia sus necesidades,
pero no expresaba absolutamente nada.
Las controles periódicos afirmaban una buena salud por lo que comenzaron a evaluar algún tipo de
problema neurológico.
Al año, no había pronunciado sonido, no reaccionaba a las muestras de cariño y la expresión de la
cara siempre era la misma.
Lo llevaron a un especialista. Autismo era el problema.
Los problemas de lenguaje, comunicación, conducta social y comportamiento eran síntomas
inequívocos.
Luego de llorar toda la noche, sus padres decidieron dar todo para que su hijo sea feliz de alguna
forma, dándole todo el amor posible.
Fueron años difíciles, creció con la mirada siempre perdida en un vacío, sin amigos, escasa
comunicación, irritabilidad severa.
Y fue una noche en que escucharon los gritos de Leo y corrieron para ver que ocurría.
Lo que vieron al abrir la puerta los espantó.
Leo estaba de pie en medio del cuarto y sombras grotescas lo rodeaban.
La madre corrió a abrazarlo mientras el padre encendía las luces.
Leo no mostró ninguna sensación ni sentimientos. Se dejó abrazar mientras su padre lo llevaba a la
cama para que durmiera con la madre. Él dormiría en el sofá.
Al día siguiente, platicaron largamente sobre lo que habían visto.
—Esto es algo más, Javier, hay algo más, no es solo autismo, aquí hay algo oscuro detrás de nuestro
hijo. Y tenemos que averiguarlo.
—Tenés razón. Se me ocurre hablarlo con el padre Tomás. Si querés lo llamo para charlar con él.
—Por favor mi amor, llámalo—fue la súplica de Ana.
Quedaron en ir a la Iglesia a las siete de la tarde.
Antes de la hora pactada estaban allí.
Entraron por la puerta principal en el momento que estaba por terminar la misa.
Se sentaron en los últimos bancos y aguardaron a que finalizara.
Cuando los pocos feligreses que presenciaron la ceremonia se retiraron, el Padre los hizo pasar a su
oficina.
—¡Mi querida familia, que lindo verlos! ¡Qué grande está Leo! Aún recuerdo el día de su bautismo.
Justo se vino a cortar la luz. Raro. Cuéntenme que los trae por aquí.
Fue Javier el que contó lo que habían visto la noche anterior y explicó su teoría sobre que no era
solo físico el problema de Leo.
—Por favor, cuéntenme todo lo que hace el niño durante el día.
Fue Ana la que habló durante varios minutos.
Tomás escuchó todo con suma atención, luego miró al niño a los ojos e inmediatamente fue a buscar
un libro en su enorme biblioteca.
—Quizás sepa de que se trata esto, pero necesito confirmarlo—dijo mientras sacaba un libro lleno
de polvo de uno de los estantes
Lo sopló un poco, se sentó en su sillón y comenzó a hojearlo hasta que encontrar lo que buscaba.
Lo leyó por varios minutos sin decir palabra.
Al terminar cerró el pesado libro, lo dejó sobre la mesa y habló.
—Bien. Mis queridos amigos. Tengo una buena noticia y una mala.
La buena es que Leo no está enfermo.
Los padres se emocionaron profundamente.
—¿La mala cual es Padre?—preguntó Ana.
-Trataré de ser claro con un tema difícil, inexplicable, arcaico.
El Universo no es perfecto, nada lo es. Hay errores, muchos que jamás entenderemos.
Y que un niño nazca sin su alma es un error muy grave.
Leo es así porque nació sin alma. Es solo una maquinaria perfecta, su pequeño cuerpo, también su
mente, pero nada, es sin alma pues es el motor de los seres humanos. Con nuestra alma conocemos
el amor, el dolor, las tristezas, las alegrías y todo lo que nos hace felices e infelices.
Pero no quiero se preocupen, en cuanto cumpla los siete años, el error será reparado y Leo será un
niño normal. No es el primer caso ni será el último.
—Una pregunta Padre, ¿Qué fue lo que vimos, que eran esas sombras?.
—Al no tener alma, los planos bajos del astral, la oscuridad quiere aprovecharse de Leo y llevarlo.
Pero tranquilos, no lo permitiremos.
Fue entonces que se levantó de su asiento y saco de un armario vidriado, un medallón que se lo
colocó al niño mientras pronunciaba unas palabras en latín.
—Faltan seis meses para que cumpla los siete, ¿correcto? Bien. Cuídenlo mucho este tiempo que
falta. Esa noche tendrá un sueño y amanecerá a la vida cuando el sol entre en el cuarto.
Los padres se deshicieron en agradecimientos y se fueron a la casa.
Mudaron a Leo al cuarto de ellos, mientras Javier se hacia la idea de dormir en el sofá por varios
meses.
Pasó el tiempo. Era la noche del veintiuno de julio. El veintidós era el cumpleaños de Leo.
Sus padres estaban emocionados esperando a que se cumpliera el vaticinio del cura y lo dejaron
dormir en su cuarto.
Leo, al cerrar los ojos comenzó a soñar.
Estaba en una balsa en medio de un río de aguas mansas y cristalinas. En el cielo, había dos soles y
dos lunas. Las estrellas eran un colchón de plumas. El aire era cálido y abrazaba todo con candor.
Fue entonces que el niño miró al agua y se vio. Quedó sorprendido, era como si fuera la primera vez
que veía su reflejo.
Siguió su camino hasta que el bote se detuvo y una mano muy blanca y de dedos largos y delgados
tenia un alma, la de Leo.
Cuando Leo la tuvo consigo…
Los gritos de júbilo, alegría y llanto no se hicieron esperar.
Ana y Javier corrieron hacia el cuarto del niño. Por primera vez se mirarían los tres a los ojos,
sonreirían y se emocionarían. Se abrazaron por largos minutos.
El sol en esos momentos entraba por la ventana trayendo los sueños, las metas, las esperanzas, los
momentos tristes, alegres, los juegos, la risa. El pensamiento y el deseo.
Y el agradecimiento.
@Richard/25.
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