Cuando tenía tres o cuatro años mi madre solía hacerme coletas con unos grandes lazos rojos. Me pintaba de colorete los mofletes y me ponía un bonito vestido de colores con falda corta. A mi madre le encantaba verme desfilar por el pasillo y yo hacía unos movimientos exagerados como las modelos de la tele. Mi madre me decía riendo: ¡Pero qué repipi estás! Y a mi me gustaba ponerme los zapatos de tacón de mi madre, que lógicamente me quedaban enormes.
Con nueve o diez años, mi madre me hacía una trenza. Me estiraba mucho el pelo y a mi me parecía que me iba a explotar la cabeza. Me pintaba las uñas de color azul y en la cara me ponía pecas y unos labios rojos carmín. Me ponía vestiditos de cuando ella era pequeña, que arreglaba para mí en la máquina de coser. Y yo, muy repipi, desfilaba por el pasillo y el salón.
Todo esto lo hacíamos cuando papá no estaba en casa. A papá, que era muy serio, no le gustaban estas tonterías. Y mamá y yo aprovechábamos cuando él estaba de viaje, que era muy a menudo.
Con trece o catorce años empecé a elegir yo mi propia ropa. Me gustaba vestirme a la moda de mi edad. Tal como veía en la forma de vestir de clase y en la tele a las personas de mi estilo. Pero siempre con un toque personal. Se llevaban los pantalones, más o menos largos; las camisas, más o menos anchas. Lo que el año pasado era tendencia, este año ya no gusta.
Mi madre me seguía haciendo o arreglando esos vestiditos tan monos que a mi ya me empezaban a parecer muy infantiles. Cada vez hacíamos menos “pases de modelos”, y es que cada vez mi padre viajaba menos. Sobre todo desde que le habían hecho jefe, y ahora mandaba de viaje a sus subordinados. Mi madre lo llevaba fatal, porque le encantaba hacerme modelitos y verme cómo me los probaba.
A los diecisiete o dieciocho me fui a estudiar fuera de casa. Y, aunque volvía a casa en vacaciones y fiestas largas, ya no volvimos a jugar mi madre y yo a los vestidos. Poco a poco fui espaciando las visitas a casa de mis padres. Acabé la carrera y me puse a trabajar. Me casé y tuve dos hijas preciosas y encantadoras. La mayor, Clara, se parecía mucho a mí: los ojos, la nariz, la sonrisa.
Aquellas navidades decidimos pasarlas en casa de mi madre. Mi padre había fallecido unos pocos meses antes y no queríamos dejar sola a mi madre. Fueron unos días de mucha emoción. Mi madre disfrutaba mucho saliendo de paseo con Clara y dando el biberón a la pequeña.
En nochevieja hicimos una gran cena en casa. Las niñas lo pasaron genial. Después de las campanadas, cuando más animados estábamos, mi madre se llevó a Clara a su habitación diciendo: ven, que le vamos a dar una sorpresa a tus padres.
Al rato volvieron de la mano. Clara con coletas y lazos rojos, llevando uno de los vestiditos de los de mi madre. Clara, emocionada, desfilaba delante de nosotros haciendo unos amplios aspavientos mientras todos aplaudíamos. Mi madre, llorando de alegría exclamó: ¡Ay niña mía, estás igual de repipi que tu padre!
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.