A veintitrés días de nacido este otoño de frío y lunas aún llenas.
La ruta que fue de la esperanza.
hoy bordea los abismos
pero camino.
Hubo un trueno.
Un enorme estruendo que conmovió las esencias… y fuegos en los cielos.
Tembló todo.
Temblaron las palabras, las caricias, hasta los besos más antiguos… la razón ósea, mineral, que era el sustento, tembló.
Junto al mar.
Vuelvo la cara al presagio, ignoro su verso turbio y le recito el cuento de la soga y el brocal.
Me vuelvo espeso, tanto que ya no vuelo –cómo amaba el aire cuando íbamos tomados de las alas y éramos ángeles protectores de nuestros pasos- pero aprenderé a querer la humildad del pie en el suelo, de la rodilla en tierra, del horizonte cercano.
Hoy no será.
Quizás mañana.
Con la siguiente luna tal vez oiga una voz que me llama, que sepa cómo pronunciar mi nombre. Dónde están sus acentos.
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