jueves, septiembre 3 2026

Funeral en el río.- Crónica por Jesús Cello

En 1985 yo tenía un cuerpo joven de 22 años que se resistía a la tristeza por la sorpresiva muerte de mamá y buscaba en la furia salvaje de las calles y en los libros, la manera de enfrentar un destino incierto.
Una noche, caminando por las rutas solitarias del Litoral, buscando un viejo amigo de la Infantería de Marina, la luna me sorprendió siguiendo la luz de un fuego lejano hacia un camino interior oscuro y callado.
Así descubrí una cofradía de pescadores secretos, que se reunían cuando caía el sol cerca del río. Me fui acercando despacio a un grupo escaso de canoas silenciosas que se mecían discretamente mientras las estrellas pintaban de plateado las aguas tristes y un hombre muy anciano de larga barba blanca con una sartén en mano iba dorando unas cebollas, sacándoles la rabia con una paciencia ancestral.
Pregunté por Antunez, mi antiguo camarada de armas y me dijeron que una víbora yarara, saltó de las aguas del río y le comió los  ojos. La ambulancia nunca llegó y murió en su canoa, como un féretro marino a la deriva. Lo taparon con algas y camalotes y le clavaron dos antorchas ardientes en forma de cruz como él quería, para que el viento se lo lleve donde el viento quiera porque el viento sabe, decían parcamente casi todos mientras fumaban cigarrillos grandes de tabaco armado. Todos parecían fantasmas con cañas como lanzas y sus miradas vacías eran una invitación para que me vaya.
Cuando volví a la ruta le hice señas a un colectivo y subí justo que empezaba a llover y recordé su bravura en los montes bajo los truenos, cuando hizo retroceder una noche entera a los ingleses con su ametralladora. Un niño sube y me ofrece chocolates en una pequeña caja de cartón. Se los compro todos, solo para ver otra vez una sonrisa de esperanza.
@Jesús María Cello

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