jueves, septiembre 3 2026

La modista y el anarquista por Ricardo Mazzoccone

La Belle Époque fue un período de esplendor, desarrollo y de mejoras significativas en las condiciones de vida de los franceses. Vio la luz en mil ochocientos setenta y uno y terminó de forma drástica con el inicio de la primera guerra mundial a catorce años del comienzo del siglo veinte.
Las artes tuvieron un impulso acentuado.

Corría el año mil ochocientos noventa y cinco y los hermanos Lumière proyectaban sus películas en el Grand Café, mientras el cineasta Georges Méliès, empezaba a usar nuevas tecnologías con el propósito de contar historias.

León Gaumont inauguraba años más tarde, un cine con tres mil cuatrocientas butacas. Era la edad dorada del cabaret, con la apertura del Moulin Rouge, establecimiento emblemático de la noche parisina y que sirvió de inspiración a pintores como Henri de Toulouse-Lautrec y Auguste Renoir, entre otros.

Los locales de música, bares y tabernas estallaban de clientes; intelectuales, jóvenes parranderos, trabajadores, pensadores, artistas, políticos, comerciantes. La prostitución callejera se organizaba alrededor de los cafés. Las «casas de tolerancia» o prostíbulos, tenían un enorme auge y los burdeles
eran el espacio de los artistas que buscaban renovar el tratamiento del desnudo femenino.

Y fue en un café de Paris, que Camille conoció a Jaques, un joven periodista, brillante y ambicioso, que trabajaba para el periódico Le Liber taire, de Sebastien Fauré, escritor, filósofo y anarquista francés. Se enamoraron a primera vista. Esa misma noche se perdieron en las oscuras callecitas francesas e hicieron el amor en un parque bajo la tenue luz de una farola a gas.

A los pocos meses se casaron y se mudaron a un departamento con ventana a la calle sobre uno de los bulevares parisinos. Jaques, además era escritor. Despertaba muy temprano, con la luz del
amanecer y le escribía una carta a su amada.

“Cuando pienso que puedo olvidarte y enamorarme de otra mujer después de ti, solo quiero ir a buscarte, hasta el fin del mundo si fuera necesario. Y si no te encuentro, morir”, escribió en una mañana de invierno.

Luego de encontrarla sobre su almohada, leerla y emocionarse hasta las lágrimas, Camille dobló aquella hoja blanca y la guardó en un libro de la enorme biblioteca de su amado. La joven era modista y tocaba el piano. En cada ocaso, con la llegada de la luna, hermosas melodías arrancaban de su alma para besar la de su amado…

Y el tiempo feliz llegó a su fin.

Camille guardó sus lágrimas en una maleta que no viajará a ningún sitio. No sabe como seguir viviendo, está convencida que solo la nada se halla en su incierto futuro. Los días son crueles, pero las noches son pesadillas pues su apacible resignación durante la luz, se convierte en un agudo y cruel desconsuelo entre las sombras. Al atardecer recorre la soledad del hogar vacío, llorando ante los viejos retratos marchitos. Mira el marfil amarillento y agrietado de las teclas del silencioso piano que
nunca más acariciará. Por momentos escucha los pasos de Jaques sobre el viejo piso de madera, ve
las huellas que deja. Huele su perfume, escucha su risa, los latidos de su corazón, siente la suave brisa de su alma. Sigue deambulando por el departamento hasta llegar a la recámara oscura y vacía. Enciende una mortecina luz y aparece el recuerdo de Jaques en la cama.

Está leyendo un libro, mirando la luna a través de la ventana o haciéndole el amor, al fulgor de las estrellas. Son tan vívidas las imágenes que no dejan a Camille respirar. Es entonces que de aquel silencio por falta de aire pasa a un estallido bizarro. Llora, grita, desgarra su vestido, queda desnuda. Sigue llorando. Llega al closet y abre la puerta. Ve su antiguo traje de novia, sin brillo, colgando de una percha como el condenado que murió en la horca. Acaricia la ropa de Jaques y la huele como tratando de descubrir donde se halla. Lo extraña como la luna al sol.

Se echa en la cama, fría, sin vida, sin alegría, sin calor. La soledad, con sus heladas manos, la aguarda para quedar cara a cara y darle un abrazo de amistad. Quiere quedarse y Camille no se defiende.
Mira los jarrones con flores secas, sabiendo que alguna vez fueron frescas y fragantes. Pero eso es un retrato de una vieja y lejana vida. Se mueve luego de un rato y abre el cajón de su mesa de noche para sacar las cartas que le había regalado Jaques. Están amarillas, pero solo por fuera. Dentro de cada una solo hay palabras de alegría, amor, calor, risas, emoción, comprensión, amistad, planes, proyectos…amor. Llora mientras las lee. Y sonríe también.

De pronto las deja, se levanta y corre enajenada por aquel cuarto, en un intento por encontrarlo.

─ ¡Es indecible el dolor de querer amarte y no poder hacerlo Jaques, mi amor!

¡Quiero tenerte dentro mío, quiero besar tu boca, mirarte a los ojos, acariciar tus heridas, amar tu alma! ¡Dime donde estás, no puedo vivir sin ti! ─, grita frente a los demonios que solo atinan a mirarla con sus ojos rojos.

Se serena tan solo un poco, agotada y toma el viejo libro preferido de Jaques, cuyo cuero está cuarteado y con olor a humedad. Al abrirlo encuentra una flor seca entre las hojas amarillas que marca la hoja número doscientos veintidós. Y encuentra una frase marcada. También una hoja escrita por su amado. Lee lo marcado en el libro.

“El tiempo recorre durante milenios la vida de los seres humanos. Esos hombres y esas mujeres que vivieron alguna vez serán olvidados después de muchos años. Se perderán en la inmensidad de los secretos del Universo. Solo uno recuerda a uno. Solo uno cabe en el alma de otra alma, dicen. Y se
recuerdan entre sí. Son los que se amaron en la vida y lo harán para siempre.”

Enjuga sus lágrimas y comienza a leer lo que escribió Jaques en aquella hoja de papel. Las letras están borrosas pero legibles. El tiempo no logró perderlas con sus oxidados colores. “Tu, Camille jamás serás olvidada, jamás te perderás en el desierto del tiempo. Porque eres la mujer que amé, amo y amaré. No sé hasta cuándo. No sé adónde voy. Nada sé. Pero desde donde esté, te amaré y juro por mi sangre que jamás te olvidaré” …

La mujer siente de pronto una enorme paz, una dulce melancolía y deja de llorar. Ahora sabe que Jaques la amará por siempre y ella sabe que no estará con ningún otro hombre en esta vida. Con aquella hoja apretada contra su pecho desnudo y las lágrimas recorriendo su cuerpo, se sienta en un sillón y se queda mirando por la ventana como caen gotas de agua azules. El amanecer que siguió a la noche no trajo poesía. Solo nostalgia. Es una mañana lúgubre y gris. Las aves no cantan, están de luto…

Cuando los sepultureros excavaron la tierra, Camille no podía creer que el muerto era su amado Jaques, asesinado por la oligarquía debido a un artículo donde pregonaba la igualdad de clases y golpeaba con palabras feroces a la aristocracia. Con la última palada de tierra sobre su féretro, el cielo comenzó a llorar sus tristezas junto a Camille.

El escritor, periodista, poeta y amante había iniciado su peregrinaje hacia un lugar donde quizás pudiera hacer realidad su quimera, esto es, un mundo mejor, sin distinción de clases, más justo, sin guerras, sin pobres. Más humano.

Sin Camille a su lado, pero con su amor en el corazón…

Al tiempo la mujer huyó de la ciudad Luz en un intento por alejarse de tantas desdichas. Todo le recordaba a él. Jaques era París. París era Jaques. Su destino fue Santiago del Teide en España. Se radicó en el pueblo de los Gigantes situado en las laderas del Acantilado del mismo nombre. Allí, con la serenidad del mar, la vista diaria de ballenas y delfines, y el gozoso silencio del Acantilado de los Gigantes, hizo las paces consigo misma.

Murió a los ochenta años. Se conectó con la vida a través de la música. Dio clases de piano a niños y adolescentes hasta un día antes de morir. Las tardes eran su único placer. Sus extensas caminatas a orillas del mar le devolvían momentos felices, recuerdos inolvidables.

Y fue en una noche de verano, mientras tocaba el piano que escuchó su nombre en la voz de Jaques.
Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro y cerró sus ojos.

Para siempre.

@Richard


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