sábado, junio 20 2026

Mi nombre es Lara.- Capítulo 13 por Emecé Condado

Lunes, 21 de julio

Sigo en shock. No puedo pensar en otra cosa. Todo hoy me ha recordado a lo del sábado: las sábanas, el agua caliente, el ascensor, su sonido, el cierre metálico, las luces que parpadeaban mientras subíamos. Incluso el champú me sabe a piel ajena. He intentado concentrarme, pero es inútil. En la cabeza me revientan escenas como flashes de una película prohibida: el mordisco de Nora en mi cuello, el aliento de Jean en mi oído, el cuerpo de Simón pegado a mi espalda, mi cuerpo arqueándose entre los tres.

No he recibido noticias ni del uno, ni del otro, ni de la otra. Ese silencio me irrita. Me hace sentir boba. No me gusta sentirme un experimento sociológico-sexual, y me temo que es eso, precisamente, lo que soy. Mi jefa hoy estaba radiante; seguramente también ha tenido su propio festival de sexo con Sebas este fin de semana. Él, por cierto, llegado más tarde que el resto. Me ha saludado con un gesto
de complicidad. Me he pasado la mañana archivando papeles que no importan y fingiendo que estoy bien. Así ha transcurrido mi jornada laboral, mientras intentaba mantener a raya mis divagaciones.

Por la tarde he ido con mi madre de compras. No he escuchado casi nada de lo que me decía, aunque he fingido hacerlo. Por fin, ya en casa, me he hecho la cena sin ganas y me he servido vino. Mucho vino. Cuando he vaciado tres copas, han vuelto ellos. Los tres. En bucle. Y me jode reconocerlo, pero mi cuerpo todavía tiembla de placer cuando cierro los ojos.

Martes, 22 de julio

Hoy he llegado a la oficina con la sonrisa de protocolo, esa que te pones al igual que el maquillaje, pero que evita preguntas. Lucía me ha recibido con su tono habitual de inquisidora zen.

—¿Traes el informe de costes?

—Lo dejé ayer en tu mesa.

—Pues no lo veo.

—Lo busco.

—No hace falta, ya lo tengo. Pero deberías revisar tu organización, Lara.

Yo por dentro: Claro, Lucía, lo que debería revisar es por qué no he tirado la maldita impresora por la ventana todavía… o mejor dicho, por qué no te he tirado a ti.

Se ha pasado la mañana haciendo lo que mejor sabe: erosionar. Cada frase suya es como una lima de uñas, lenta, constante, hasta dejar tu capacidad de aguante al ras. Y, para rematar, Sebas ha aparecido con cara de “aquí no ha pasado nada”. Me ha saludado con esa media sonrisa suya, mirándome como si fuera para él una auténtica desconocida que le cae simpática.

Y yo por dentro: Sí, simpática. Una tía majísima. Y con un polvo que te cagas. Con dos, para ser exactos. Y sí, sé contar: uno y dos. Los condones que faltan de la caja casi nueva que guardaba en mi mesilla. Joder, si es que pienso dónde metes la polla, y me da un reparo de la leche.

He pasado el resto del día archivando cosas que no importan y respondiendo correos que nadie leerá. A media tarde, mientras compraba en Mercadona, un wasap de Sebas:

«¿Podemos hablar?»

No he contestado.

A los diez minutos, otro:

«Solo cinco minutos.»

Y después, una llamada.

Tampoco respondo.

He llegado a casa tarde, cansada y con la cabeza en ebullición. He cenado lo primero que he encontrado en la nevera —queso y remordimientos—, y me he metido en la cama intentando no pensar.

No hay mensajes de Simón. Ni de Jean. Ni de Nora. No paro de mirar el teléfono, de invocarlos con la mente. Si no a los tres, que menos que a uno. Pero nada. Volvemos al jueguecito del fantasma reincidente. Ese en el que Simón desaparece, como por arte de magia, y luego reaparece en pareja. O en trío, según el día.

@Emecé Condado


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo