Cartas desde España
Bilbao
Caen aquí y allá. La geometría del odio no entiende de viviendas ni de cuarteles. La física del asedio solo entiende de expulsión, de vaciamiento. Los cañonazos nos enseñan la nueva geografía de Bilbao. Voy sumando: dos más dos, más seis, más doce. Voy contando pentámetros. Y las bombas que suman y cuentan conmigo. Ahora se enervan; ahora se apaciguan. Si no me doy cuenta casi que se enredan con el latido del corazón. El de un niño que oye –y ya no quiere escuchar– tras las paredes.
Fuerteventura
Gozo de este destierro, aprendo la sangre enrojecida de la isla, hecha tierra y orilla. Mi alimento es el mismo infinito que cantó Leopardi, atardecido en una lasca volcánica, en un trozo de España que se permite tener una península dentro, atada a su destino entre el mar. Las playas son una forma sinuosa de la memoria: aquí dentro, fuera de una península que se hunde, soy más que nada prisionero de mi propia paz, erguido como un faro en la guerra del alma contra la muerte. Una pausa. Respiro. La vida es eso: una pausa.
Salamanca
Llegan de todas partes: son como flores en los cajones, que me tiñen con su negritud el día y la noche. Cuando los revuelvo, buscando mis traducciones. Cuando ordeno mis destartalados poemas. Cuando quiero consolarme con mis pájaras de papel, con mis dibujos. No tienen sombra: su sombra soy yo, vivo todavía entre el aire de Salamanca, respiración aún, latido. Busco el escándalo de las bombas de mi infancia, pero aquí no lo encuentro: la dictadura de la paz se ceba en el silencio y solo lejos, muy lejos pero cerca del corazón, apenas quiero oír –pero sí escucho– cómo escupe el fusil el derrumbamiento de Atilano, la caída de Filiberto, el vencimiento de Salvador… El episodio es conocido, incluso antes de mi muerte. Creedme: solo recuerdo el roce de las guerreras entre las maderas del paraninfo. Las botas vilipendiando la tarima. Las gorras y los gorros flirteando con los viejos pupitres y los estrados. Todo transcurre ciego, lento. Oscuro, inevitable. Se me apaga el recuerdo como quien va girando la espita del candil. Pero no: ahí sigue, delante de este balcón íntimo y frío del último día de diciembre, mil novecientos treinta y seis. Se calla, guarda silencio al fin, el soldado atroz, el cíclope de gorro cuartelero. Y yo que quiero improvisar unas palabras, pero ahora, en este momento exacto de mi muerte, solo me recuerdo solo. Y gritando: ¡Viva la vida!

Miguel de Unamuno (1864-1936) Después de haberlo visto –casi calcografiado bajo sus lentes y su barba– desde muy pequeño en los libros escolares, tras la experiencia que han supuesto las lecturas juveniles y luego ya las relecturas más recientes de sus libros más queridos (La vida de Don Quijote y Sancho, La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir, la nivola Niebla…) cada vez me resulta más inexplicable don Miguel. Ha quedado amasada en cientos de páginas esa contradicción de la que hace un monumento casi cada párrafo suyo, pero se me resiste el marco convencional de estas anotaciones y prefiero visualizar en tres troquelaciones lo que se me figura su vida. Espero que os ofrezca una leve idea. Si no, basta con abrir cualquier libro suyo y leer una página. Él concita esa particularidad: está en todas.
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