jueves, junio 25 2026

LA DEMOCRACIA, ENTRE EL IDEAL Y LA MANIPULACIÓN DEL PODER Por Jorge Zenteno

En tus últimos aportes o interacciones me quedó la sensación de que piensas que mis críticas al sistema político y a la conducta corrupta de la mayoría de los políticos reflejan una postura de “derecha extrema”. Quiero aclararte que no es así. Mi intención no es derribar la democracia, sino entenderla con objetividad, ver sus límites y, sobre todo, señalar que solo será verdadera si la ejercen personas nobles, honestas y justas.

Querido Marcelo:

Permíteme explicarlo con un poco de historia, porque allí están las raíces de lo que hoy llamamos democracia.

En principio la democracia es una operación de marketing político

En la Atenas antigua, Clístenes impulsó las reformas que se consideran el inicio de la democracia. Pero lo que realmente estableció fue la isonomía, la igualdad ante la ley. Eso sonaba muy bien, pero no era para todos: solo participaban hombres libres con propiedades; las mujeres, los esclavos y los extranjeros quedaban fuera.

La palabra demos —“pueblo”— tampoco era un término noble; se acercaba más a “populacho”. De hecho, demos viene de unir demiurgos (artesanos) y geōmoroi (campesinos). Eran los que trabajaban con las manos, los “peores” frente a los aristoi (“los mejores”), es decir, los nobles que gobernaban.

Clístenes cambió esa narrativa: dejó de llamar a la gente común “los peores” y comenzó a llamarlos “el pueblo”. Fue una jugada política para legitimarse y evitar rebeliones, más que una transformación real del poder.

Siglos después, Aristóteles reflexionó sobre los sistemas de gobierno. Distinguió entre monarquía, aristocracia y politeia. La democracia, para él, era el gobierno de muchos, pero con riesgo de degenerar en manipulación del populacho por demagogos.

No rechazaba del todo la participación popular, pero creía que debía equilibrarse con el gobierno de los mejores.

El gran salto lo dio Pericles, que con gran carisma transformó la isonomía en “democracia”. Él vendió la idea de que Atenas era gobernada por el pueblo, aunque en la práctica seguía siendo una oligarquía ampliada donde las familias ricas conservaban el control.

Lo que cambió fue el discurso: Pericles usó la democracia como eslogan político, dándole a los de abajo la sensación de estar incluidos, sin que los de arriba perdieran sus privilegios.

Más tarde, Alejandro Magno, formado por Aristóteles, llevó estas ideas a otra escala. Su imperio era multicultural y necesitaba gobernabilidad. Para lograrla, promovió el griego como lengua común, fundó ciudades como centros culturales, adoptó costumbres locales y buscó fusionar culturas.

No gobernaba con democracia, pero aplicó el mismo principio: crear una identidad compartida que diera cohesión y legitimidad, sin quitar el poder real de las élites.

Hoy se dice que en democracia todos somos iguales ante la ley, y que el pueblo manda a través del voto. En teoría es hermoso. Pero en la práctica, pasa algo muy parecido a lo que ocurría en Atenas:

El poder real lo concentran unos pocos: partidos, cúpulas y élites económicas.

Los impuestos que recauda el Estado los pagamos todos, principalmente el pueblo trabajador.

El voto legitima al sistema sí, pero no lleva implícito un mandato, por lo que las decisiones clave se toman arriba.

Es decir: el pueblo es necesario para la legitimidad, pero no para el poder.

Mi conclusión

La democracia nunca fue, ni en Grecia ni hoy, un sistema de igualdad plena. Ha sido más bien una forma de gobernabilidad, una herramienta para que las élites mantengan el control con legitimidad popular.

Por eso, Marcelo, cuando critico a los políticos y funcionarios corruptos o cuestiono el sistema político, no lo hago desde un extremismo de derecha —ni de izquierda—, sino desde la convicción de que debemos mejorar la democracia para que no sea solo un disfraz de oligarquía.

La verdadera democracia solo será digna si está en manos de personas justas y honestas, que busquen el bien común y no sus privilegios personales. Defender la democracia a ciegas, sin reconocer sus límites, no es defender al pueblo: es defender a quienes se aprovechan de él.

Y como sé que nuestra amistad supera cualquier diferencia de ideas —porque ya son más de cuarenta años compartidos—, quería dejar por escrito esta reflexión, para que veas que mi intención no es destruir, sino construir una mirada crítica y sincera sobre lo que vivimos.

 

Con afecto,

Jorge


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