EL REY DESNUDO by Francisco Javier Fernández

Estimated read time 9 min read

Iba tranquilamente por la calle cuando me paró un señor municipal y con buenos modales y deferencia me dijo:

—¿Por qué va desnudo, no sabe que está actitud implica multa y detención?

Yo le miré desconcertado, le dije que no iba desnudo sino que llevaba mi nuevo traje, el nuevo traje del rey y con el dedo índice de mi mano derecha dirigí su mirada hacia la corona que portaba sobre mi cabeza.

—Ni rey ni hostias —me espetó otro señor municipal más alto, fuerte y joven que el anterior,  y desde luego mucho menos cordial-, si es una corona de papel del burger. Vístase inmediatamente y dígame su nombre para rellenar la denuncia por escándalo en vía pública.

—Entiendo que este sea su momento de pasear por la calle pero tiene que comprender que ir así no es lo más apropiado —volvió a dirigirse a mí el educado policía  ignorando al jovenzuelo que bufaba y mantenía una actitud desconcertada aunque marcial.

Lo cierto es que de la gente pasaba cerca de nosotros, algunos se reían y otros, sobre todo mujeres mayores de encogido andar y fácil santiguar, exclamaban y salían corriendo.

Traté de sonsacar al agente de más edad si el pararme se debía a mis borlas bien prietas, señale mi pubis, o a mi cetro, el cual moví de un lado a otro golpeándolo contra mis muslos, envidia de casas reales, obispales y que incluso el propio Emperador de Constantinopla había tratado de apropiarse en un descuido mío.

—A ver, como vuelva a mover el pene y señalarse los testículos usted y yo vamos a terminar muy mal y me va a obligar a hacer uso de la violencia —volvió a gritar el más joven, esta vez un poco más cerca de mí, a la vez que el otro municipal hablaba a una especie de galón grueso que llevaba en el hombro derecho, que más parecía un soporte para loros que un digno bordado de oficialía.

—Calmémonos —recuperó el agente de más edad el mando de la situación al ver que aún simple subordinado de cortas entendederas y que suplía su limitado coeficiente intelectual con voces y ejerciendo el acto coercitivo, yo no iba a plegarme, más cuando soy el rey—. José Manuel —se dirigió a su compañero —, por favor, vete a por una manta al coche que parece que va a llover y no queremos que a su majestad se le moje su nuevo traje —de mala gana el otro se alejó de nosotros.

Miré al cielo y vi un despejado azul luminoso y libre de cualquier nube. Se lo hice saber al amable policía y le expresé mi preocupación porque la temperatura era alta y poner una manta encima podría acarrearme una hipotensión por un golpe de calor.

—No se preocupe, la previsión es sol y buen tiempo hasta las doce del mediodía, a partir de ese instante: grandes tormentas de granizo, y ya sabe lo que baja eso la temperatura —me explicó con esa voz tranquilizadora y suave que tanto me relajaba, tanto que no me percaté de que otro coche de municipales llegaba y con él, bajo un estrépito de sirenas y luces, dos de policía nacional que me rodearon —. ¡Hay que joderse! —le escuché decir a señor agente —, a que vienen estos gilipollas!

—Llamé a refuerzos — le dijo el joven mal educado que no se merecía lucir el uniforme de los municipales a la vez que esbozaba una sonrisa al llegar a nosotros —. Toma la manta.

—¿Por qué me tiene que tocar el tonto? —volví a escuchar mascullar al policía mayor mientras movía la cabeza de un lado a otro —. Por favor, póngase la manta —y me la tendió —. No lo estropee su majestad que lo hicimos muy bien hasta ahora. Recuerde la previsión del tiempo. No querrá que su traje se arrugue por mojarse.

Empecé a sentir que un calor tomaba mi cerebro, que la luz cambiaba y los músculos de mis párpados vibraban. Tomé aire y comprendí que aquellas últimas palabras eran como una señal en clave de que estaba sufriendo un golpe de estado con la intención de derrocarme.

Miré a mi alrededor y vi como las fuerzas de seguridad del estado se mostraban belicosas y agresivas hacia mi persona: manos cerradas sobre los cintos con pulgares metidos entre estos y cuerpo o abrazando el chaleco antibalas. Me temblaban las piernas y los sonidos se distorsionaban en mis oídos. Así que cogí la manta, la supuse mágica y llena del poder de la invisibilidad. Me agaché, acurruqué en la acera y la puse por encima. Me imaginé a los perros traidores sorprendidos y seguros de su poder. Así que lentamente, como si fuese un caracol, me acerqué a la puerta de una cancilla de acceso a unos portales. Me paré junto a ella y esperé que alguien abriese la puerta. Oí risas y voces y escuché que hablaban de un loco que hacía el tonto cerca de mí.

Se oyó un gruñir de goznes, un chirrido me indicó que la apertura de la puerta se hacía realidad, supe que era mi oportunidad, rápido aproveché que era invisible y me deslice hacia el patio de armas, cerrando la puerta detrás de mí. Oí a los policías gritar algo de que intentaba huir y me ordenaban que abriese la puerta. Yo  me levante y avance erguido hacia la libertad. Un poco desconcertado porque habían detectado mi huida, seguramente por culpa de mi cetro q se movía con mis movimientos.

Estaba ya casi a la altura del portón de entrada al edificio que custodiaban aquellos muros cuando escuché que me llamaban. Yo seguí impertérrito, éste estaba cerrado, y busqué otro acceso.

Hallé una puerta abierta, entré y vi que ésta llevaba a las mazmorras ya que la oscuridad me fue cogiendo y descendía poco a poco. Algunas antorchas iluminaban tenues el camino y las carrozas que estaban allí guardadas. Dude si parar y ocultarme entre ellas, pero continué caminando hasta llegar al punto más bajo, allí busqué un lugar negro, húmedo y frío para esconderme. Ese lugar que ningún rey elegiría para estar. Puse en riesgo manchar mi nuevo traje pero el recuperar mi gobierno lo merecía. Vi el acceso a una celda abierto,  unas alfombras enrolladas se apilaban en ella, las moví y me oculté.

En unos minutos oí el ruido de botas militares golpeando el suelo, voces y gritos de alerta. Había haces de luz iluminando el exterior, alguno recorrió la superficie de las paredes, también donde se apilaban las alfombras. Contuve el aliento y luego cerré los ojos

Cuando los abrí ellos ya se habían ido. El silencio tomaba la espesura de los calabozos. Respiré pausado, pensé que esperar un rato más no me vendría mal. Fue cuando oí una voz ininteligible que se acerba lentamente. En un principio pensé que sería un carcelero o peor un verdugo con su hacha afilada. Presté atención.

—Majestad, mi rey —llamaba una voz conocida—. Majestad —inquiría —. Mi rey — repetía —. Tengo su corona.

Me percaté que en la huida la había perdido. Maldición, pensé, el cetro es el símbolo de justicia y orden, pero la corona es el del poder. Por eso había sido puesta sobre mi cabeza.

Salí de mi escondrijo y de la celda, en el pasillo me encontré a mi humilde servidor: el municipal mayor, mi Vellido Adolfo. Estaba solo.

—Su corona majestad —me dijo esbozando una sonrisa y tendiéndome el símbolo de realeza más exceso.

Me acerqué a él, la miré de cerca y vi mi nombre escrito dentro de ella: Alfonso, Alfonso VII acerté a completar, rey de León, Emperador en toda Hispania.

—Gracias —le dije y me la puse en la cabeza.

—Vinieron conmigo un hombre y una mujer muy leales a usted, de los más que hay en su reino, ellos le ayudarán a descansar —me señaló a un par de personas que vestían ropas coloridas y brillantes como bufones.

—¿Son castellanos? —le inquirí —. Creo que esta confabulación para derrocarme viene de mi hijo mayor, Alfonso, que ansia el cetro imperial.

—No mi señor, leoneses fiables —respondió el bravo municipal.

—Bueno, yo soy de Ourense y conductor de ambulancia —dijo el hombre aquel.

—Sabe que los gallegos son, como los asturianos, plenamente humildes y fieles a usted —salió al paso del comentario el fiel súbdito antes de que yo expresase mi desconcierto.

Asentí con mi cabeza y me acerque a la joven, que me ofreció una silla gestatoria para llevarme sobre ruedas. Luego me puso una manta para evitar ser visto por mis enemigos.

Subimos por diferentes rampas hasta la superficie, mi fiel escudero junto a mí. Le prometí el puesto de chambelán en mi nueva corte, cuando hubiese expulsado a los castellanos de ella y a mi hijo puesto en su sitio, aunque, en ese momento, sólo recordaba tener un hijo pequeño, de apenas diez años.

Al llegar a la salida del castillo el gran rastrillo se alzó ante nosotros y la luz del día me iluminó la cara.

En la calle pude escuchar los vítores de mis súbditos que desde las ventanas de la fortaleza y de sus casas me aplaudían. Los castellanos seguían fuera, rabiando porque el pueblo me quería y no podrían hacer nada contra mí.

Al lado de una carroza mi hombre de confianza me dijo que no temiese que él me seguiría a caballo, que la reina me esperaba en la corte y mi hijo con ella. Me sentí bien, seguro que era Fernando quien estaba con ella, aunque recordaba que le llamaba Alfonso, pero éste era traidor. Vaya lío de nombres.

La mujer me pinchó levemente con un alfiler y luego un sueño infinito me llevó hasta el descanso total.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours