Llega diciembre y poco a poco se acerca la Navidad. Las personas generalmente están más de buenas, aunque algunas también más melancólicas. El fin de año es el tiempo perfecto para reflexionar lo vivido y soñar con el mañana, para cerrar ciclos y darse la oportunidad de empezar unos nuevos. Suenan villancicos, se escuchan risas, se dan regalos, pero también se siente la ausencia más que nunca. En medio de la vorágine de la felicidad, se asoma tenuemente la nostalgia.
La Navidad tiene esa costumbre de reunirnos con los que más amamos. A veces lo ajetreado de la vida nos impide estar constantemente presentes con quienes más queremos, pero en Navidad hacemos un espacio para convivir y compartir con esas personas que en nuestra vida significan más de lo que a veces somos capaces de reconocer. La familia y los amigos tienen quizá el lugar más importante en la agenda. Esto no es así siempre a lo largo del año, pues el tiempo con los que queremos se ve eclipsado por compromisos laborales o sociales.
Y ahí en medio de las reuniones decembrinas hay un momento casi imperceptible en el que recordamos a los que ya no están. Algunos hace muchos años que se han ido, otros quizá hace unos meses o unos días. En medio de la alegría de las fiestas, hay un silencio nuevo o distinto que nos recuerda que hay una silla vacía de alguien que se ha apartado de nuestra vida para siempre. Algunos lo han decidido por cuenta propia, a otros nos los ha arrebatado la vida, unos más tomados de la mano de la muerte han llegado a la vida eterna para esperarnos pacientemente.
Extrañar en esta época a los que ya no están es casi automático y aunque a veces tratamos de silenciar la ausencia, ella se hace presente, por medio de una palabra, un regalo, un gesto. Con el tiempo aprendemos a convivir con las ausencias, que nunca se van. Se vuelven memoria, se cuelan en la sobremesa, en un brindis con un nudo en la garganta.
Quizá la Navidad no se trate solo de celebrar lo que permanece, sino de hacerle un lugar al cambio. De aceptar que amar implica, tarde o temprano, aprender a sentarse a la mesa con quienes faltan y dar gracias por el tiempo en que tuvimos la oportunidad de sentir su presencia física, pero también dar gracias por el tiempo que tenemos la oportunidad de sentir su presencia de otra forma. Porque la Navidad es tiempo de amor… incluso del amor que duele.
Ciudad de México 18 de diciembre de 2025.
- Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com).
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours