El lugar propio es la forma concreta de habitar el mundo, simbólicamente, cuya plasticidad y flexibilidad es imprescindible para que no se rompan las costuras del espacio. Durante la adolescencia y la juventud, buscamos ese lugar hasta que lo hallamos y su vigencia es tan relativa como su sustancialidad. Somos individuos en tránsito que interrelacionados con otros y resultado de la refluencia -la mutua incorporación de unos en el ser de los otros- estamos a cada paso rebuscando eso que denominábamos el lugar propio. Y es que, a la postre, no hay nada semejante a ese lugar, sino una red de relaciones que nos posicionan a todos en relación con todos, que va renovando nuestras prioridades y nuestra comprensión del mundo.
Somos nómadas de nuestro existir y solo así podemos ir renovando el sentido de continuar existiendo. Instalarnos definitivamente en algún lugar nos despojaría de lo que nos impulsa a seguir existiendo. La itinerancia es la condición de posibilidad del querer vivir, y sin esta querencia no hay sentido, ni posibilidad de renovarlo. Así, no hay un sentido fijo y definitivo para poder vivir, tal vez sea la agilidad adoptando el sentido, que en nuestro fluir nos resitúa, la clave para no sucumbir a la desidia absoluta.
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