Sé perfectamente a qué desolación se enfrenta el lápiz, la tinta o el teclado.
Su cabreo en bucle,
su aflicción consabida por la debilidad que le supone enzarzarse al juego monográfico.
Conozco su alarido en el espacio,
la desazón sobrellevada disparando a placer palabras tan frágiles como mariposas.
Da igual que la existencia de un verso tenga o no sentido, que fracase en la pared blanca de
una hoja, que se eche a un lado para no ser visto.
Sobrevive un poema, asumiendo el escarnio de las muchas pedradas que se lleva.
Carezco del idioma versado de los muertos,
de la eternidad en trance de los vivos.
A partir de aquí; qué soy, qué me devora,
qué palabra indecisa me deshace.
Todo guarda una voz
sedienta de ser nombrada,
un lenguaje de túneles que viajan dispersos por el aire.
Soy artillero colgado de una estrofa, desmenuzando palabras del lenguaje. Y sé que hay
líneas ilustradas e ilustres que las peinan,
pero a mí sólo me llegan temblando o de puntillas, a tiempo o a deshoras…
Tengo entre los dedos lo que muere en mi boca, el afán furtivo de una nube apuntando
vocablos tartamudos que chocan y se rompen,
o posan su dulzura escurridiza sobre el papel desnudo.
@Juan J. Espinosa
@Imagen Pinterest
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