Alvaro Agis Somolinos es investigador predoctoral en el Departamento de Literaturas Hispánicas y Bibliografía de la Facultad de Filología de la UCM (Madrid). Como él mismo dice, «lleva menos de una década ocupado en emborronar papeles con cualquier tontería». Ganó el II certamen literario de diálogo organizado por Dialogyca en 2023 con su texto Diálogo entre un buitre y un chacal. Sin duda, Alvaro Agis es una promesa firme de nuestra narrativa, que damos entrada hoy en nuestra sección de relatos breves de Masticadores.
El Vidrio.
Fuegos como sabios inventores
Nace en Candebia o Cendebia. Efectivamente, el pantano situado al pie del Monte Carmelo, donde muchos años después se le aparecerá la Virgen a un ermitaño. Discurre entre sus aguas turbias de arenas, que sin embargo brillan limpiadas por la corriente, relucientes como si un espejo tomara la forma de un río. Su nombre, tan mutable como su naturaleza fluvial, ha recibido el nombre de Belos y de Na’aman, pero estos son solo un par de tantos.
Unos viajeros, ignorantes de los misterios del río, se dispusieron a cocinar su comida sobre las arenas de la playa en que desembocaba. Chorros agrietados de transparencia emanaban de los fuegos. Una temperatura de unos 1500 º C alteró la estructura molecular de cada grano de arena que, de súbito vueltos a refrescar, quizá se transmutaran a estado vítreo. Una boca anhelante surge de debajo de la tierra.
Un viajero no tan ignorante había vivido desde pequeño en la boyante ciudad de Biblos. De niño solía pasear por sus calles centrales, observando los puestos del mercado y sus comidas calentadas con un rojo endiablado, sus ánforas de cerámica junto a los hornos ardientes. Su curiosidad le llevaba a colar la mano entre las yescas, sentir el pinchazo del fuego en su dedo índice y llevárselo rápido a la boca para enfriarlo con su saliva. A la luz de una hoguera familiar, había oído historias acerca de un hombre que, en una ciudad del oeste, había incendiado una de las ocho maravillas del mundo. Su nombre bajo ningún concepto podía ser revelado.
El viajero se enroló en tripulaciones mercantes para observar desde la proa las ondas marinas en tensión. El principio de Arquímedes les permitía atravesar distancias enormes y flotar sobre los mares. Para él el fuego siempre había tenido una capacidad transformadora inigualable en la naturaleza. En su barco llevaban como mercancía una sustancia detonante que, al más mínimo contacto con las llamas, arrasaría la nave y todos quedarían como pedazos de madera ardiente en medio del océano. La emoción de transportar dicha carga, el saberse alcanzable por las llamas en cualquier descuido, la amenaza acechante en las húmedas bodegas, le hacían sentir un ardor interior que le entretenía en los largos ratos de espera. Además, por las noches, soñaba con extraños experimentos. Un agua pantanosa que se calentaba con fuego alimentado de agua fluvial y que, evaporada y vuelta a condensarse, se volvía agua marina. El crecimiento desmesurado que alcanzaba un fragmento de sílice dejado en un ambiente propicio a la expansión del compuesto. La fusión de unos minerales que hacía surgir de entre sólido y llama una forma entre líquida y sólida, amorfa.
Al siguiente mediodía decidieron desembarcar en la costa cercana y justo dieron con la desembocadura del río. Ya la noche pasada habían acabado con los restos de las reses cocinadas haría unos cinco días, por lo que debían ponerse manos a la obra. El viajero no se movió un ápice del lado de la hoguera que estaban disponiendo. Ensimismado, observó pasmado el momento de encender la brasa. Casi al momento, de la madera seca surgían arroyos transparentes, hilillos viscosos como de araña. Sin pensarlo, guiado por un impulso superior a sus fuerzas, el viajero se apresuró a colocarse debajo del fuego y empezó a sorber el líquido caliente. Murió poco después entre delirios y dolores de esófago y laringe.
Un río de vidrio se creó desde ese día como afluente del de agua, y los dos refulgen al sol como dos espejos, siempre corrientes, maravillas del mundo.
Fotografía de Feliciano F. González
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.