Aunque pueda parecer estúpido, aún no sé qué responder cuando alguien, cualquier individuo, conocido o desconocido, tertuliano o encuestador espontáneo, me lanza la tan odiosa pregunta de «qué soy»; y no se refieren al género animal a que pertenezco, ni a cuál de las numerosas etiquetas genéricas que circulan me adscribo; se refieren, sin embargo, a cuál resulta ser mi dedicación, a qué dedico el tiempo para obtener sustento, asumiendo, eso sí, que algo he de tener para sustentarme,
pues soy, sobre esto no cabe debate, un espécimen social.
Hubo una etapa de mi profesión, prefiero decir de mi quehacer, en que respondía con notoria facilidad, y con un aire de orgullo en los ademanes, que yo soy un poeta.
Tengo grabadas en mi memoria las muecas que provocaba mi resuelta afirmación, casi siempre representadas tras una segunda pregunta, esa que se instrumenta fingiendo que no se ha escuchado bien la pregunta inicial, como las respuestas automáticas de los correos electrónicos cuando avisan de que un algoritmo ha generado el mensaje y no un humano, esa pregunta de aire travieso que se utiliza para ganar el tiempo necesario en que ingeniar una reacción apropiada: «¿Poeta?». Algunos
despliegan una representación teatral improvisada, un teatrillo, barroquizando su interés por tan sutil empresa, bien interesándose por el título de algún libro publicado, bien fingiendo recordar algo que le suena familiar de mi nombre. Otros se limitan a expresar una amable sorpresa, un «qué interesante» sin cuerpo ni alma; a mí estos me parecen los menos tóxicos. Finalmente, no falta
quien piensa, tal vez todos, que de tal cosa no se puede vivir, gesticulando elegantemente su compasión. Y no falta quien se permite expresar su cortante crítica en los precisos términos que le pasan por la mente, fiel al principio mal entendido de sinceridad y transparencia.
Como digo, hace tiempo que abría mis interioridades de poeta, de esta torpe forma, al público curioso. Pero hace tiempo que abandoné esta táctica que me llevaba a diversos desatinos, y no precisamente al aprecio ni a la consideración amable.
Ahora he adoptado otro enfoque cuando me acosan con la consabida pregunta de «usted qué es». Con la mayor calma que logro reunir respondo que soy literato. Dicho y hecho. No he logrado un avance notorio, sigo generando muecas, pero he de decir que las muecas dedicadas a un poeta son muy distintas de las muecas dedicadas a un literato. Las primeras, las que aciertan de lleno al poeta, son ácidas en el paladar y sulfúricas en la nariz, de taninos consistentes y un regusto marcado de cloacas de barrio. Las que homenajean al literato son temerosas, suaves en los labios, afiladas en la garganta y ambiciosas en la intención cuando acarician la expectativa de conseguir el obsequio de uno de los anunciados libros, claro, de forma gratuita. La obra de un literato puede llegar a paladearse si no amenaza la propia faltriquera; de lo contrario deja un amargor complejo en la
garganta. Una historia es, en fin, un potencial entretenimiento. Un poemario es siempre costoso, aunque se ofrezca sin precio alguno. He sobrevivido de esta forma, anunciándome como literato, que, aunque lo normal es que no se sepa qué significa, engloba discretamente la poesía como parte de la desordenada familia literaria.
Me he atrevido a escribir un breve libro en un estilo vecino a lo que denominan prosa poética, que viene a ser una narración con alma de poema o, si nos consentimos ahora un divertimento, es un poema que ha engordado por falta de ejercicio físico. El esfuerzo de abandonar la dulzura expresiva de los versos ha brotado en mí nuevas esperanzas de acariciar el reconocimiento como autor, y
he aparcado la poesía en el desván de mi mesa, en espera de tiempos mejores. El primer paso está cumplido. Articulo mis movimientos para dar el paso crítico de la promoción de mi obra, que he titulado Donde los oricalcos respiran. He dudado si descremar un título que más parece un verso
culterano que el inicio de una narración, pero he querido mantenerme fiel al instinto creador que me iluminó la arquitectura de tal expresión. Con un ejemplar impreso en papel bajo el brazo he acudido al domicilio donde un agente literario recibe a los potenciales suministradores de literatura en la editorial que lo emplea.
He sido conducido amablemente a una salita de espera donde otros dos visitantes esperaban turno: un joven con una carpeta sobre el regazo, repasando unos papeles escritos a mano, tembloroso y torpe, como haría un estudiante al punto de comparecer frente a un tribunal de oposiciones; y un sujeto de aspecto al menos veinte años mayor que yo, con un abrigo de paño gris amor tizado, relajado hasta el límite de cabecear por el sueño.
Cuando el toque de corneta avisó de la faena, el joven sudaba como presa de una fiebre fatal. El caballero del abrigo me miró con complicidad esbozando una son risa, balbuceando sin palabras esa raída expresión de «esta juventud», con la que la envidia generacional se compadece de los nuevos talentos. Cuando le tocó el turno a él, la suerte lo encontró durmiendo y le pasó de largo.
¡Qué decepcionante es el despacho de uno de estos agentes! De la sensación de decepción tienen buena parte de culpa las expectativas creadas por la incertidumbre y el pánico. Y algo de pimienta debe añadir la necesidad de ser considerado. Me senté delante de aquel personaje que esperaba sin mirarme, podría haberme desnudado y vestido de nuevo sin que se percatara de ello.
—Señor agente…
—¿Disculpe?
—Buenos días.
—¿Se refiere usted a mí? —Gesticulaba como buscando a alguien más en la sala. Quise reírle la gracia, pero era evidente que no bromeaba—. Si se refiere a mí, sepa que soy crítico literario, los agentes son otros —dijo señalando la puerta.
—Lo siento, no sabía…
—¿No sabía? Es usted un tanto novel, en otras palabras, novato. ¿A qué ha venido?
—Gracias, he traído mi nueva obra para que pueda, si usted lo considera oportuno, valorarla, y para su posible publicación en esta editorial, ya le digo, si usted considera…
—No se repita, haga el favor, que lo entiendo sin necesidad de circunloquios.
—Claro, perdone.
Gesticula con la mano requiriendo el manuscrito, y me descubre, por, fin con la mirada durante unos segundos antes de ojear la portada de mi colección de pliegos.
—¡Santa María, pero qué título es este! Porque esto que dice aquí es el título, supongo. Madre mía, Donde los ori calcos respiran. ¿Esto qué es? ¿Es un manual de biología, un animalario, una excentricidad de otro cuño?
—Es una historia de superación personal escrita en prosa poética.
Se vuelve a mí para explorarme científicamente por encima de sus gafas, acomodadas para acompañar el gesto en la punta extrema de su nariz afilada de cincuentón.
—Discúlpeme ahora la vulgaridad de mi lenguaje: ¡no me toque los huevos! —Se arroja a la despeinada tarea de abanicar las hojas con ademán de mirarlas como quien lee de pasada los titulares del periódico—. ¿Qué ha dicho que narra usted en esta historia?
—Es la historia de un escritor novel que busca la forma de abrirse paso en el mundo de la literatura y se ve acorralado por la falta de reconocimiento que obtiene.
—¿Y los oricalcos qué representan?
—Es una metáfora del valor encerrado en sus creaciones.
—¡Menudo enrevesamiento, santo Dios!
—Es lo que tienen las metáforas.
—¿El qué?
—Enrevesamiento.
—Igual no hablamos de la misma cosa. —Aunque está prohibido fumar en esa oficina, se dispone a encender un cigarrillo.
—Me refiero a la expresión oricalco como metáfora del valor literario de un individuo.
—Me empieza a parecer que aquí la única metáfora que hay es usted mismo. ¿No será usted uno de esos poetas que se creen que al partir en trozos las frases aparece ante sus ojos, y los de los demás, por supuesto, la verdadera poesía? —Una vez más la pregunta fatídica me acosa.
—Soy literato.-
—Está usted plagado de metáforas.
—Es a lo que me dedico.
—Ya veo. —Absorbe el humo a bocanadas largas.
—¿Y usted? —le lanzo la pregunta.
—¿Yo qué?
—¿Cuál es su metáfora? —Que yo pasara a la contraofensiva no le pareció de agrado.
—¿Qué le hace pensar que yo necesite una metáfora?
—Todo el mundo tiene una metáfora. Quizás usted no haya identificado aún la suya.
—Creo que nuestra entrevista está llegando a su fin.
Yo no me dedico a las metáforas, yo me dedico a las realidades palpables, a las creaciones auténticas, las que entusiasman a los lectores y producen interesantes beneficios a las editoriales. Yo me dedico a lo tangible, a la literatura real. Yo huelo el éxito de una novela a distancia; antes de que cruce mi puerta su cara ya he olido si lo que trae es valioso o un manojo de mierda. Tengo un instinto natural para el triunfo, lo presiento, lo persigo, lo convierto en dinero sonante. En este mundo no hay
lugar para las metáforas. Las metáforas son cosa de perdedores, losers, como se los llama por ahí.
—A mí me parece que usted esconde una metáfora.
El fuego que le abrasaba las sienes podía verse a distancia, como la lava de un volcán.
—Antes de pedirle que cierre la puerta cuando salga, le hago saber que si alguien tiene metáforas es usted. ¡Odio las metáforas! ¡Son inservibles, inútiles, improductivas! –
Toda narración debe eliminar las metáforas sin contemplaciones. Los lectores se pierden con ellas, y con ellos se pierden las ventas.
—Si elimina las metáforas, anula la música del texto.
—¡Usted no sabe lo que dice, ni entiende de literatura!
El éxito no necesita música, necesita acción, sangre, misterio, sexo; el éxito provoca el llanto. ¿Qué coño de música?
—Usted no tiene ni idea de música, por eso ignora lo que es una metáfora y, en consecuencia, es incapaz de discernir la altura literaria de una obra. —A estas alturas ya no tenía retroceso posible.
—¡Es usted un impertinente! ¿Sabe cuántos libros de éxito han pasado por mis manos? ¡Obras que alcanzaron decenas de miles de libros vendidos!
—Eso es a lo que se dedica, un tratante de ganado.
Incluso un tratante de ganado necesita su propia metáfora.
—¡Usted ha perdido la cordura!
—Y usted ha perdido la metáfora. Pero la tiene, y la teme.
—No está usted en una situación en la que aleccionarme.
—¿Y eso por qué?
—Porque de mí depende que usted publique estas hojas o que vayan a la basura.
—Creo que se equivoca parcialmente. Solo de la primera parte estoy en sus manos. Que mi historia acabe en la basura lamento decirle que no está a su alcance.
—Repito el gesto de la mano que observé en él para recuperar mis folios. Mi apreciado contertulio los arroja en la mesa como si el papel estuviera emponzoñado.
—Ha sido un gusto. El tiempo de la entrevista ha concluido.
—¿No le interesa saber cuál es su metáfora?
—Soy un crítico literario, ¿cree que puede darme lecciones de literatura?
—Creo que podría, pero no lo pretendo. Esa es su metáfora. —Su gesto poco amigable impide acertar si tiene alguna curiosidad por conocer mi respuesta.
—¿Cuál?
—En el bachillerato nos enseñaron que las metáforas se basan en varios elementos. Aquí estamos hablando de las bondades de mi obra para producir satisfacción y beneficios a la editorial que abona su salario, este es el primer elemento de su metáfora, su labor de comerciante. Pero cuando me insiste en que usted es un crítico literario, oficio que requiere un conocimiento amplio y desinteresado de cada pieza literaria que cae en sus manos, se descubre entonces el vehículo que forma el escudo de su realidad. Esa es su metáfora. Le debo, sin embargo, reconocer que encuentro dificultades en relacionar ese elemento de realidad que usted representa como tratante de manuscritos con la ficción comparativa del erudito de la literatura que pretende aparentar, capacitado para emitir enjuiciamientos sobre la calidad de cualquier escrito. Pero le anticipo que estoy convencido de que la distancia es tan breve que puede usted estar seguro de que su día a día en este miserable recinto no es sino una cómica metáfora.
—¡Váyase!
—Inmediatamente, no se preocupe. Ya lo veré por la calle.
Con una satisfacción que no había planificado, recogí mis papeles, me levanté y abandoné el despacho. Aquel hombre del abrigo gris esperaba, más desperezado, su turno. Crucé las mismas puertas hasta alcanzar la calle, para respirar profundo y abandonarme al entretenimiento de deambular sin prisa, hinchando mis pulmones con el aroma de la ciudad, la vida real que transcurre impasible, sonriente, como única verdad metafórica, indiscutible.
@Feliciano F. González
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