El retorno de los Césares
Avelino Muleiro
¿Y si el caos político actual no fuera un accidente, sino un destino inevitable?
Las sombras de Nietzsche y Spengler se alargan sobre nuestro presente al observar que Occidente se diluye en una hipertrofia tecnológica y en un vacío absoluto de valores. Nuestra civilización parece haber entrado en su “invierno” definitivo al descubrir el retorno de los líderes autoritarios. ¿Por qué la democracia se está vaciando de contenido? ¿Todavía queda espacio para esa redención que soñó Toynbee?
“Lo que cuento es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo que viene, lo que ya no puede venir de otra manera: el ascenso del nihilismo” (Nietzsche).
En 1989, Francis Fukuyama publicó un famoso libro titulado ¿El fin de la Historia? El autor entendía la Historia como una lucha de grandes sistemas opuestos -monarquía versus democracia o capitalismo versus socialismo- y advertía que esa historia había llegado al final porque un bando había ganado definitivamente al otro. Sin embargo, el final de la Historia no significaba que dejarían de ocurrir enfrentamientos, guerras, manifestaciones, protestas, etc., sino que la humanidad llegaría al final de las ideologías.
Antes de ese libro habían aparecido publicaciones que, en cierto modo, ratificaban el mensaje del politólogo estadounidense. Quiero centrarme en cuatro autores, de prestigio intelectual indiscutible, que avalan esa idea de Fukuyama: Nietzsche, Spengler, Toynbee y Huntington.
La Tesis de Fukuyama se apoyaba en la derrota del fascismo (en 1945) y en el colapso del comunismo (en 1989), por lo cual ya no quedaban alternativas ideológicas viables. Y así, la Democracia Liberal, sostenida en elecciones y derechos individuales, y el Capitalismo de Libre Mercado, eran el punto final del gobierno humano. Según Fukuyama, cualquier sociedad que quisiera ser moderna y próspera tendría que adoptar este modelo tarde o temprano.
Oswald Spengler (1880-1936) publicó en 1918 el primer volumen de La decadencia de Occidente, y un segundo, en 1923. En esa obra, el filósofo alemán ofrece una visión de la historia como una morfología de las culturas. Interpreta las culturas como seres vivos, que pasan por fases análogas a las estaciones del año: primavera (nacimiento/religión), verano (juventud/filosofía), otoño (madurez/lucidez) e invierno (vejez/decadencia). Y así, el desarrollo de una cultura está sometido a un destino biológico inevitable: nace, crece, se desarrolla y muere. Una cultura, como cualquier ser vivo, no puede elegir no envejecer ni morir.
Spengler hace una clara distinción entre cultura y civilización. La cultura representa la fase creativa y espiritual del ser humano. En la cultura, el alma de un pueblo está viva y se expresa en el arte, la religión, la filosofía y las formas políticas auténticas. La civilización, en cambio, representa el estado final y la muerte de una cultura. Se caracteriza por el materialismo, la urbanización masiva -las megalópolis-, el predominio del dinero y la expansión mecánica y técnica que lleva a cabo el imperialismo.
Arnold Toynbee (1889-1975), en su obra Estudio de la Historia, utiliza el concepto civilización como el agrupamiento cultural más amplio al que pertenece el ser humano, pero sostiene que el núcleo de una civilización es su cultura, y sobre todo su religión. Cuando una civilización pierde su alma cultural o espiritual, entra en una fase de lo que él denomina “estado universal” (una etapa en la que se fulminó el Imperio Romano), que no es el momento de su apogeo, sino el inicio de la decadencia.
La gran diferencia entre Toynbee y Spengler está en que éste es determinista y Toynbee es voluntarista. Para Spengler, si es invierno, tiene que nevar y no hay vuelta atrás; mientras para Toynbee, aunque Occidente esté en una fase de decadencia, en esa etapa que califica como «tiempo de tribulaciones», iniciado tras las Guerras Mundiales, el ser humano tiene libre albedrío. Y, por eso, si Occidente lograse una respuesta espiritual profunda con un retorno a los valores tradicionales, podría evitar el destino de Roma. Spengler cree en el destino y Toynbee cree en el pecado y la redención. Toynbee nos diría que la crisis actual es el desafío definitivo: o encontramos una nueva forma de convivencia espiritual y social o nos convertiremos en un museo viviente.
Samuel P. Huntington (1927-2008) argumentaba en su libro Choque de civilizaciones (1996) que, tras el fin de la Guerra Fría, el mundo dejó de pelearse por las ideologías (Capitalismo versus Comunismo), lo mismo que había afirmado Spengler. En su opinión, los conflictos del siglo XXI no serían entre países o clases sociales, sino entre civilizaciones. Por eso, los conflictos más violentos ocurren en los lugares donde dos civilizaciones chocan geográficamente, como en aquel momento sucedía en los Balcanes, donde chocaban la civilización Occidental, la Ortodoxa y la Islámica.
Existen conflictos globales cuando naciones como EE.UU. o China se involucran en las peleas de otros países para defender a los de su misma cultura. Huntington advertía que Occidente, liderado por EE.UU. y Europa, estaba perdiendo su dominio absoluto. Advertía que mientras Asia y el Islam están en evidente ascenso, Occidente se estanca.
El autor de Choque de civilizaciones proclamaba que los enfrentamientos más importantes del futuro se producirían en las fronteras entre Occidente y el mundo islámico, y también entre Occidente y China. Aseguraba que los valores occidentales como la democracia liberal y los derechos humanos no son universales y que intentar imponerlos a otras culturas genera tensiones y conflictos. Manifestaba con temor que las civilizaciones asiáticas crecen económicamente y que el mundo islámico aumenta demográficamente, y eso desafía el orden mundial actual.
Los pronósticos de Spengler sobre el invierno de Occidente, entendido como esa fase de muerte creativa y de destino fatal de la Historia, hallaron en el nihilismo de Nietzsche (1844-1900) un terreno pertinente y extraordinariamente fértil. Yo valoro a Nietzsche como un puente perfecto para acceder al pensamiento de Spengler, porque además de criticar la democracia como una forma de decadencia de la organización política y de censurar a la sociedad por entregarse al pragmatismo brutal y al espectáculo sin una meta espiritual, estaba convencido de que una vez que la cultura pierde su centro ante el nihilismo, lo único que queda es la voluntad de poder en su estado más puro y menos idealista. “Lo que cuento es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo que viene, lo que ya no puede venir de otra manera: el ascenso del nihilismo” (Nietzsche: La voluntad de poder). Es aquí donde emerge el César spengleriano, el dictador o líder autoritario que Nietzsche encarna en el “Último Hombre”, al que nos presenta en su libro Así hablaba Zaratustra.
El invierno y el cesarismo spengleriano
Spengler predijo en su libro que al final de la fase de la Civilización la democracia y el dinero serían desplazados por el Cesarismo. Cuando la política se vuelve puramente técnica y corrupta por el dinero, surgen figuras autocráticas y carismáticas (los «Césares») que gobiernan por la fuerza bruta y la voluntad personal, marcando el fin de la creatividad política.
El alma fáustica de Occidente, que Spengler atribuye a nuestra cultura, está en la etapa del invierno. La era de grandes descubrimientos científicos y de sublimes obras de arte ya pasó, porque ahora vivimos en una época de expansión técnica, de política de masas, como describía Ortega y Gasset, y de agotamiento espiritual. Estamos en un invierno por el que muchos siglos antes pasaron el alma apolínea de Grecia y de Roma, y el alma mágica de los judíos y del cristianismo primitivo, unas culturas que colapsaron en los fríos de sus propios inviernos.
La aparición de los Césares en el Imperio Romano supuso una profunda transformación política en Roma al pasar de una República dirigida por el Senado a un Imperio autocrático donde el poder residía en un solo hombre. El término «César» pasó de ser un apellido familiar (el de Julio César) a convertirse en un título que definía la autoridad máxima. El Senado seguía existiendo, pero su papel no pasaba de ser un mero instrumento consultivo y ceremonial. El César tenía la última palabra en la justicia y sus edictos tenían fuerza de ley absoluta. Su voluntad era realmente la Constitución.
La llegada de los Césares no fue un simple cambio de mando, sino que representó una metamorfosis radical en la estructura del Estado romano. Lo que comenzó como una República gobernada por el consenso del Senado, terminó convirtiéndose en un régimen autocrático centrado en una sola figura. Aunque la institución del Senado se mantuvo en pie, perdió su soberanía real. Dejó de ser el órgano decisor para convertirse en un cuerpo meramente consultivo y ceremonial. Roma pasó a un modelo político donde el Estado era, en esencia, la voluntad de un solo hombre.
Difícilmente podemos desoir los ecos de tan ilustres pensadores sobre la Historia de la Humanidad en el escenario actual. Por tal motivo, no podemos castrar la imaginación para impedirle proyectar la sombra renacida de aquellos Césares en las figuras que hoy gobiernan el mundo.
La actual hipertrofia tecnológica que prometía emancipación y libertad ha derivado en una dependencia casi biológica de dispositivos, algoritmos y redes sociales. La política, cada vez más sometida al imperativo personalista y autoritario de los gobernantes, y más supeditada a la imagen y a la inmediatez, parece incapaz de articular proyectos de largo alcance para el bienestar de la sociedad. Y así, el ciudadano, convertido en consumidor de estímulos y datos, se mueve entre la saturación informativa y una creciente sensación de vacío.
En tiempos de Spengler, uno de los signos centrales de la decadencia era el dominio del dinero y de las grandes potencias económicas sobre la vida pública. En su visión, el parlamentarismo degeneraba en plutocracia, y la democracia en un teatro donde fuerzas invisibles decidían lo esencial. Hoy, en un mundo globalizado, el poder de los mercados financieros, de las corporaciones tecnológicas y de actores no estatales condiciona de forma decisiva las decisiones políticas. La soberanía clásica del pueblo se fragmenta, y los Estados parecen administradores de procedimientos que no son capaces de controlar.
Para Toynbee, el «Cesarismo» del siglo XXI no sería una anomalía, sino un mecanismo de defensa de una civilización que ha agotado sus ideas originales. En cambio, para Spengler solo nos queda observar cómo el dinero se somete a la fuerza y cómo el Cesarismo surge cuando el dinero ha corrompido tanto la política y las instituciones democráticas hasta el punto de que la estructura institucional se vuelve irrelevante. Las leyes y las Constituciones siguen existiendo en el papel, pero carecen de espíritu. La política se convierte en una lucha de voluntades individuales y partidistas. El César de hoy no gobierna por derecho divino ni por mandato constitucional real, sino por su fuerza personal y su capacidad de movilizar a las masas.
Los estrategas autoritarios que todos conocemos solo necesitan inundar el espacio digital con su narrativa para que la verdad sea lo que más ruido hace. En una obra posterior, El hombre y la técnica, Spengler advertía que la tecnología dejará de ser una ayuda para el ser humano y se convertirá en una fuerza que lo esclaviza. Los Césares actuales se apoyan en la superioridad técnica, que exhiben desafiantes en los conflictos bélicos.
La política actual deja de ser un debate de ideas para convertirse en una cuestión de logística y propaganda. Cada día comprobamos una personalización extrema del poder y una deslegitimación perversa de los parlamentos, tribunales y toda clase de instituciones. El líder se identifica con el destino nacional. El cesarismo se impone precisamente cuando una sociedad deja de creer en sus propias reglas. Es en ese momento cuando surge una búsqueda de autoridad personal en un mundo donde las instituciones han perdido su fuerza simbólica. La democracia se ha vaciado de contenido. La nieve del invierno spengleriano hiela los músculos institucionales. Solo el mensaje de Toynbee nos puede redimir en estos “tiempos de tribulaciones” si somos capaces de impedir que el hielo invernal quiebre los cimientos de la libertad.
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